Cambio camiseta de Raúl por dos litros de gasolina

Si algo he aprendido de algunos viajes que he hecho antes es que en la aldea más perdida del rincón más perdido una camiseta de fútbol te puede sacar de un apuro

Las dos cosas más absurdas que me han ofrecido para meter en mi maleta y vivir un tiempo por África son, por riguroso orden de absurdez, una navaja multiusos que me ha dado una amiga y una brújula que me han regalado otros amigos (sin rencor, de verdad). Sin embargo, sí me llevo en mi más radical pragmatismo (todo el mundo que me conoce sabe lo práctico que soy) toda mi colección de camisetas de fútbol. Si algo he aprendido de algunos viajes que he hecho antes es que en la aldea más perdida del rincón más perdido una camiseta de fútbol te puede sacar de un apuro. En realidad, se convierte en un pasaporte que demuestra que hablas el lenguaje universal: Ronaldo, Messi, Drogba, Torres, y sirve también  para que te encasillen  geográficamente (nacido en la Premier League, por ejemplo).

Un amigo me dijo en una ocasión que en determinados sitios regalar una camiseta puede convertirte en intocable. Yo me llevo tres del Real Madrid y una de España, que creo que casi no me he puesto en mi vida y que estaban ocultas en un cajón del armario, como alubias mágicas que usar en mi ruta. Seguro que en alguna ocasión, cuando comience mi viaje por varios países africanos, necesitaré que alguien me ayude con un pinchazo, o vaya a por gasolina o me diga en qué planeta vivo. Ese es el momento de sacar tu camiseta, ponértela y que el tipo en cuestión te diga “nice, ¿Real Madrid?”. Tu le miras, evalúas si es el momento de gastar una alubia y si la respuesta es afirmativa le regalas la elástica (por supuesto le explicas que para ti es un tesoro y que es original y que la llevó puesta Kaka en su bautizo).

Con esta camiseta de España pienso ver a Casillas levantar la copa del mundo en Sudáfrica

De las cuatro alubias que me llevo, dos son para consumo rápido (estoy dispuesto a dársela al guardián de algunos de los lugares elegidos con los que pienso tropezarme a cambio de que alargue un poco el horario de visita), pero las otras son dos joyas. La de España porque con ella voy a ver a Casillas levantar la copa en Sudáfrica; la segunda porque me la regalaron firmada y dedicada por Raúl (en la parte de la espalda, porque en el pecho se equivocó y se la dedicó a un tal Antonio). Estas dos camisetas se cotizan a alto precio: cama donde dormir para momentos desesperados, coche al que subir en momentos desesperados o tienes cara de que si no negociamos que te lleves libremente la camiseta que te “no regalo” voy a vivir un momento desesperado.

Dicho esto, aclaro,que me faltan tres días y medio para irme y tengo la sensación de haberme olvidado de olvidar algo.Mi maleta es ahora un montón ropa desordenada. Mi pasaporte tiene ya el sello que me permitirá estar en Sudáfrica hasta el 30 de julio. Me falta sólo comprar más baterías para las dos cámaras. En mi siguiente entrada ya podré contar que tiene que ver la Ciudad del Cabo que imaginé con la que me he encontrado. Ya no hablaré de maletas y comenzaré a hablar de algunas huellas… Lo que no diré es que el viaje ha empezado; empezó cuando comence a soñar que me estaba marchando.

P.D. Entienda el lector el “consejo” también como una metáfora. Llevar una cantimplora vacía no sirve para beber; hay que poder llenarla.

P.D. II. Un muy buen amigo, José Rubio, que no había leído el blog, acaba de venir a mi casa a regalarme la camiseta de la selección. Yo tenía una de los tiempos de Zarra… Casualidades

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