Hay libros que se leen como quien recorre un mapa. Y hay otros que se parecen más a una sobremesa porque están llenos de desvíos, silencios cómodos y preguntas que no se cierran, sino que empujan a otras nuevas. Carbonara con nata, de Javier Brandoli, pertenece claramente a esta segunda categoría: un libro que pone el foco en la belleza que crece de las fisuras del mundo, y deja al lector saciado, pero no del todo. Siempre hay espacio para el postre, para otro café, una historia más. Eso es lo que nos regala el autor: relatos que abren otros relatos. Historias que nos recuerdan que la vida y la literatura están llenas de posibilidades que estallan —como minas— cuando transitamos sobre ellas. Un libro que, al terminarlo, deja claro que la conversación no ha terminado y que la mesa sigue puesta.
Durante años, Brandoli ha habitado ciudades, conflictos y rutinas con la mirada de un periodista que pone el foco en la dignidad humana. Su capacidad para renunciar al gran titular y al enfoque sensacionalista, y para situar en el centro a las personas que confían en él sus historias, atraviesa sus textos. Uno lee y siente que forma parte de ese cuidado, de ese respeto que hace del mundo un lugar más habitable. Javier sabe mucho, y sin embargo construye sus relatos sin imponerse desde la certeza, dejando espacio al lector para que tome sus propias conclusiones. No nos dice qué pensar, simplemente señala dónde ocurre lo que ocurre y nos invita a mirar.
El título, provocador y casi irreverente, funciona como una declaración de intenciones: lo aparentemente trivial puede contener una verdad profundamente compleja
El título, provocador y casi irreverente, funciona como una declaración de intenciones: lo aparentemente trivial puede contener una verdad profundamente compleja. Como si contar el mundo exigiera aceptar que siempre hay algo que se nos escapa, que toda mirada es parcial, que toda historia podría haber sido otra. Y que, incluso cuando creemos tener la receta, cada uno acaba haciéndolo a su manera —aunque incomode, cabree o eleve la tensión.
A partir de ahí, la conversación se abre:
1. El título Carbonara con nata llama la atención desde el primer momento. ¿En qué momento apareció ese nombre y por qué sentiste que debía quedarse?
Vivía en Roma, era 2022, y estaba a punto de irme a vivir a Bangkok cuando surgió la idea del libro que viene de un blog que escribí en El Confidencial durante tres años. Una cosa tan simple como la carbonara, lo explico al final, simboliza lo complicado que es entender y relatar el mundo. Sin embargo, tanta gente me dijo que el título era muy malo y se prestaba a confusión que llegué a quitarlo. Una reunión con los distribuidores, que les encantó, lo recuperó. Y estoy feliz porque el libro nació con esa idea, aunque quizá, como me dicen algunos, acabe en los estantes de libros de recetas.
2. El periodista suele moverse entre la observación y la implicación personal. ¿Cómo encuentras el equilibrio entre contar lo que ves y no convertirte en el centro del relato?
Mi anterior libro, El Macondo Africano, contaba un relato más personal: yo en medio de ese sur de África que me fascinaba y sorprendía. En este libro quise ser sólo el vehículo conductor. La obra recoge decenas de voces muy valiosas de personas que he tropezado. Ellos son las protagonistas. He trabajado mucho en el libro, han sido más de tres años y ha habido al menos seis ediciones acabadas. En la primera Carbonara con Nata quizá yo estaba demasiado lejos, era casi una sucesión de crónicas periodísticas, y finalmente fui encontrando más el ritmo y la forma de introducirme en el relato. El libro parte de la certeza a la duda, que es el camino que he recorrido yo escuchando esas voces.

3. Has trabajado en contextos muy distintos, desde ciudades europeas hasta escenarios de conflicto. ¿Hay algún lugar que haya cambiado especialmente tu manera de mirar el mundo?
Supongo que todos. Ha sido un proceso. Pero diría que yo me empeñé en que fuéramos a Bangkok ya con la idea de escribir este libro. Hablé con Francesca, mi pareja, y empujamos por ir allí para tener la experiencia de vivir en todos los grandes continentes y acabar la obra. Y creo que esa Asia, que la viajé mucho, ha sido el lugar en el que más he aprendido y observado que hay otras formas de ordenar la vida.
4. El periodismo suele centrarse en lo extraordinario. ¿Crees que la vida cotidiana tiene también su propia forma de épica?
El libro desde luego intenta ser una oda a eso. A mí lo que más me fascina es la cotidianidad. Un problema del periodismo es que es un negocio cuya clientela paga por un producto que le debe de informar/entretener. Y las rutinas entretienen poco. Yo me di cuenta que los reportajes y noticias que contaba de los países, lo sentí muy especialmente en Sudáfrica y México, no reflejaban mi día a día. Hasta en medio del horror hay una cotidianidad. La resilencia humana me fascina.
Me di cuenta que los reportajes y noticias que contaba de los países, lo sentí muy especialmente en Sudáfrica y México, no reflejaban mi día a día
5. Después de tantos años viajando y contando historias, ¿ha cambiado tu manera de entender la palabra “normalidad”?
Ha cambiado mi forma de entender todo. Dudo de todo. Nunca en mi vida he temblado tanto ante un teclado como me sucede ahora. Reviso, pienso, contrasto… Y generalmente termino y sigo dudando. ¿Qué es normal? Depende del útero del qué caes y dónde caes y tu respuesta sería distinta. Y si recapacitas eso, que es casual, debes empezar a dudar todo.
6. La escritura de viajes tiene una larga tradición literaria. ¿Qué autores o lecturas han influido más en tu forma de narrar el mundo?
Leo a muchos autores distintos. Cada vez que cambio de país me pongo a leer del lugar al que llego. Por cariño, diría que Javier Reverte, pero eso toca la fibra personal. En todo caso, el libro de viajes que más me ha estimulado es “El camino más corto”, de Manu Leguineche, pero no soy capaz hoy de abstraerme a la polémica posterior de que haya fragmentos inventados. Luego, hace muchos años leí “Desde el lago del cielo”, de Vikram Seth, y me marcó una frase que dice: “A veces me parece que vago por el mundo para acumular material para futuras nostalgias”. Debato mucho sobre eso, sobre el sentido actual de viajar.
Luego, hay libros como “De las ruinas de los imperios”, del indio Pankaj Mishra; “Para combatir esta era”, de Rob Riemen; “Dead Aid”, de Dambisa Moyo; o “Los Muertos y el periodista”, de Óscar Martínez…,por decir algunos, que me han estimulado mucho e influido en Carbonara con Nata. No son algunos libros de viajes, pero te hacen moverte a otras ideas y mundos. Y por último, yo querría haber escrito “El Antropólogo Inocente”, de Nigel Barley, que no tengo claro si hoy se publicaría, o “Nápoles 1944”, de Norman Lewis, una obra maestra de la crónica. He soltado carcajadas mientras los leía, y nada me parece más difícil que provocar eso narrando realidades tan crudas.

7. A menudo el periodista llega, escucha y se marcha. ¿Qué ocurre con esas historias cuando el viaje termina?
Nosotros hacemos retratos de un momento, de unas circunstancias y de unos protagonistas concretos, que a veces son casualidades. Tropiezas con uno y no con otro con el que si quizá hubieras hablado el artículo que mandas sería diverso. Por eso hacen falta corresponsales, gente que vive en el terreno, que puede volver y sopesar esas palabras casuales. El pulso de un lugar no se puede entender desde un hospital o una trinchera. La vida es lo que pasa en los mercados, transporte público, bares de copas, entrando a un taller, mirando desde tu ventana a la calle…
8. El viaje suele presentarse como una forma de descubrimiento. Después de tantos años recorriendo el mundo, ¿sigues sintiendo esa misma curiosidad inicial?
La curiosidad sí, la adrenalina o emociones es lo que algo ha cambiado. Sería hipócrita decir que no. Perdí cierta inocencia que ayudaba a generar mariposas. Yo fui lento. No tuve ni el valor ni el talento de irme casa con 20 años a recorrer el mundo. Yo todo lo he hecho pasito a pasito, pero no me paré y por eso acabé yendo tan lejos. Pisaba, me sentía seguro, y pisaba de nuevo. A veces echo de menos a ese tipo al que subirse a un minibus en Ciudad del Cabo le parecía algo reseñable y lo escribía en su blog. Pero la curiosidad sí la mantengo. Yo soy periodista porque soy curioso. El periodismo me obliga a interesarme por lo que no me interesa nada, y eso me entretiene mucho. El periodismo me ha quitado pereza en algunos viajes.
Cada vez me gusta más volver a los sitios que ya estuve. La nostalgia triste tiene que ver con el presente triste, no con el ayer.
9. Cuando vuelves a un lugar años después, ¿qué te interesa más observar: lo que ha cambiado o lo que permanece igual?
¡Qué buena pregunta! Supongo que busco más lo que permanece igual, busco mi rastro para sentirme de nuevo en casa. Lo que sí ha cambiado mucho es que he dejado de creer en una frase de Joaquín Sabina que dice “al lugar que has sido feliz no debieras tratar de volver”. Cada vez me gusta más volver a los sitios que ya estuve. La nostalgia triste tiene que ver con el presente triste, no con el ayer.
10. ¿Qué errores se cometen con más frecuencia al intentar comprender un país que no es el propio?
Los que traías ya en la maleta.
11. Un lector termina Carbonara con nata y cierra el libro unos segundos en silencio. ¿Qué te gustaría que se llevara consigo?
Unas enormes ganas de viajar.
