María es doctoranda en seguridad internacional, analista en contextos de conflicto, asesora en misiones médicas y humanitarias, y escritora. Combina su trabajo sobre el terreno —especialmente en ámbitos relacionados con la salud, la violencia y el desplazamiento forzado— con la escritura literaria y el ensayo narrativo.
Ha vivido y trabajado en distintos países de Europa, África y Asia occidental, y su escritura se nutre de esa experiencia migrante, así como de una mirada radicalmente humana sobre los sistemas de poder, la guerra y la intimidad.
En esta supervivencia fabricamos viajes a través de las palabras. Por eso escribimos. Por eso leemos. Para tratar de sublimar todo esto que nos pasa, que a veces no somos capaces ni de nombrar.
Pasé un día buscando historias en aquel barrio de El Cairo. Hacía mucho calor y el olor a basura era demasiado intenso. Cuando vi a Amira y a Michael les tomé una foto; ambos sonrieron y Amira empezó a hablarme como si yo perteneciera a aquel lugar.
La victoria de la violencia en Somalia se ve reflejada en los numerosos mercenarios que viven de matar periodistas por encargo, realidad que empecé a investigar hace un año.
A los 14 años la casaron y tuvo que dejar de estudiar. A los 16, dio a luz a una niña en un hospital de Nairobi. Lloró desconsolada durante días. –Yo quería tener un niño– repetía entre lágrimas. “¡Mi hija va a sufrir tanto! Lo siento, lo siento, lo siento…”, le decía a su bebé.
Para Mama Fatuma no era un día alegre: su marido acababa de divorciarse de ella. Se casó con él hace 25 años, pero había dejado de menstruar hacía unos meses y su marido decidió casarse con una mujer fértil.
Obama se fue, y el tráfico volvió a invadir las calles. Los atascos volvían a desesperar a cualquiera y las banderas estadounidenses empezaron a desaparecer poco a poco.
“De pronto un día te levantas y te das cuenta de que llevas doce años pensando que ser refugiado es temporal. Doce años”, reflexiona con amargura Halim desde Dadaab, el mayor campo de refugiados de África.
Los terribles ataques de los terroristas somalíes se ven favorecidos por la corrupción policial keniana y por un conlficto de intereses comerciales entre ambos países. Kenia, mientras, amenaza con deportar a 450.000 refugiados entre los que la mitad son mujeres y niños. Pretende cerrar el campo de refugiados de Dabaab.
Garissa es también lo que no hemos contado. Es ese militar que vendía información por un módico precio, sin ningún tipo de vergüenza. O los profesionales sin escrúpulos que fotografiaron los cuerpos de los fallecidos y vendieron las fotos.
Karimi, una de las supervivientes que permaneció escondida durante horas, ha relatado cómo los terroristas les ofrecieron ser liberados y aquellos estudiantes que les creyeron y salieron de la habitación fueron asesinados.
Se había dejado atropellar por tercera vez para que el conductor del matatu tuviera que pagarle una "indemnización" poco legal, con la que pensaba pagar la universidad de sus hijos. Lo tenía todo perfectamente planeado.
La mujer a la que le tocó mi regalo, el librito de Chimamanda Ngozi Adichie “Todos deberíamos ser feministas”, dijo: "Las feministas son ésas que enseñan el pecho, ¿no?". Otra contestó: "Y no cocinan".
He pasado una semana charlando furtivamente con pacientes y escribiendo cada vez que tengo un momento libre. Me escondo en el sótano del hospital, rodeada de camillas viejas y sillas de ruedas, y recopilo creencias sobre la locura, la vida y la muerte.
Podríamos estar en cualquier ciudad del mundo. Todo es amable, pero empezamos a conversar, relajados, y Mina nos cuenta como anécdota que le secuestraron la semana pasada. Adiós jazz, adiós ambiente amable, adiós maravillosa temperatura primaveral.