Diez puentes que debes cruzar antes de morir

De San Francisco a Nueva York. De Estambul a Estonia. De Nepal a Praga. De Jaca a las selvas de Uganda. Cruzamos diez puentes imprescindibles. ¿Cuáles son los tuyos?
Puente de Brooklyn en Nueva York
Golden Gate (San Francisco)

Es un puente engullido por la niebla. Alejado del centro, está tomado por los coches que atraviesan la bahía para enlazar con el condado de Marin o a la inversa. El peatón se siente un extraño caminando por sus 2,7 kilómetros de longitud. Aquí el viento siempre sopla con fuerza (el Golden Gate se construyó para superar ráfagas de hasta 160 kilómetros por hora) y, al menos cuando yo lo visité, hacía bastante frío, el frío que escupen las traicioneras corrientes del Pacífico. No llegué a la otra orilla, lo reconozco, sobre todo porque no sabía cómo volver sin tener que atravesar otra vez el puente, el tercero más grande del mundo de un solo vano. Y bien que lo lamenté, porque las vistas de San Francisco y de Alcatraz desde Marin deben ser espectaculares. Si la niebla no lo impide.

Puente Galata (Estambul)

Es el símbolo de una ciudad, Estambul,  acunada por dos continentes. Lo atravesé de noche y todavía brillan en mi memoria las pequeñas fogatas de los pescadores que asaban sardinas en latas de aluminio mientras sus cañas se asomaban al Cuerno de Oro. Los ambulantes vendiendo tulumbas (churros caramelizados), castañas pesadas en balanzas o mejillones rebozados, pistachos… qué sé yo. Era una estampa de otro tiempo, de una Europa que se despide camino de Asia cruzando un puente que es, además, lugar de encuentro y epicentro de mitos y leyendas. Debajo, además, alberga una animada vida nocturna. Es casi obligado probar el pescado fresco en alguno de los restaurantes que se reparten a la sombra de sus pilares.

Puente de San Miguel (Jaca)

Es el recuerdo de mi infancia, de las noches de invierno desde la ventana, de los paseos de mi padre la tarde de Nochebuena. Es, además, bellísimo, y no puede tener mejor telón de fondo, con la Peña Oroel guardándole las espaldas. Desde la Baja Edad Media ha visto pasar paciente bajo sus piedras el curso del río Aragón. Ahora lo atravieso siempre que tengo ocasión, porque es parte de un agradable caminata alrededor de Jaca que une los paseos de la Constitución y el de las Canteras.

Puente del río Narva (Estonia)

Pocas fronteras más bellas que ésta en los confines orientales de la Unión Europea. Dos castillos medievales, el de Ivangorod en Rusia y el de Hermann en Estonia y un río entre ellos, el Narva. Y el puente fronterizo. Y una estatua de Lenin arrinconada en los jardines del castillo estonio, blanco de los excrementos de las gaviotas, testigo del pasado común de ambos pueblos. Recorrer, a orillas del Báltico, los 215 kilómetros que separan Tallin de Narva es, además, una delicia.

Puente de Brooklyn (Nueva York)

Puente entre los puentes en la ciudad de los rascacielos. Si volviera a Nueva York y sólo pudiese hacer una cosa sería cruzarlo a pie de nuevo de punta a punta, desde Brooklyn a Pier 17. Lo mejor es bajarse en la parada de metro de Hight Street, al otro lado del East River, y caminar en dirección a Manhattan. Sin prisas, con la delectación de quien sabe que está pisando una postal. Frente a nosotros, uno de los “skylines” más impresionantes del mundo y la sensación inevitable de habernos colado en un fotograma.

Puente portugués sobre el Nilo Azul (Etiopía)

Este viejo puente portugués sobre el Nilo Azul en la garganta de Jemma no es un enclave turístico al uso. No hay senderos empedrados ni barandillas de madera. Tampoco catalejos de monedas. El sendero es precario y lo mismo te cruzas con un paisano con un kalashnikov a la espalda que con una pandilla de adolescentes porfiando por guiar tus pasos al mejor precio. Las aguas del Nilo bajan por aquí constreñidas por las piedras, que las encauzan hasta lanzarlas al vacío en busca de la meseta que se extiende 600 metros más abajo. Ojo al cruzarlo. La ausencia de protección a los lados desaconseja cualquier tropezón.

Puente de Carlos (Praga)

Uno de los clásicos (cuyo lugar bien podría ocupar también el Ponte Vecchio de Florencia o el London Bridge, por citar otros de los imprescindibles). Lo crucé en pleno enero sobre las aguas heladas del Moldava. No es que hiciera frío, es que llegabas al otro extremo, en Malá Strana (la Ciudad Pequeña) con los músculos entumecidos y la cara agarrotada buscando a la desesperada un cafetín o una tienda de souvenirs para intentar entrar en calor. Sus 30 estatuas te susurran la historia de la ciudad. El principal reclamo turístico de Praga es peatonal, así que no hay que preocuparse por los coches. No os olvidéis de pedir un deseo junto a la estatua de San Juan Nepomuceno, a quien martirizaron echándolo al río en el siglo XIV.

Kibale Forest (Uganda)

No figura, desde luego, en ninguna lista de puentes célebres, pero cruzarlo significa tener la fortuna de adentrarse en la selva de Kibale en busca de sus chimpancés salvajes, una de las experiencias más sobrecogedoras que he vivido. El lugar es idílico, y nos obligó a detener el todoterreno para intentar asimilarlo más allá del paisaje atolondrado que se sucede a través de las ventanillas. Este puente es una de esas sorpresas que los caminos africanos, incómodos e interminables, te deparan a veces. Y mi pequeño homenaje a los 50 años de independencia de la Perla de África.

Puente de la Amistad en Kodari (Nepal)

No lo olvidaré nunca. Tras un apasionante viaje por el Tíbet, lo crucé a pie junto a mi mujer arrastrando las maletas. Es una frontera, ésta entre China y Nepal, que obligatoriamente hay que atravesar caminando, perseguido por la nutrida chiquillería en busca de los últimos yuanes del viajero. Kodari es un pueblo colgado de un barranco y por encima de este Puente de la Amistad, un eufemismo que ni siquiera propicia que los coches vayan y vengan de uno a otro lado, cae una cascada de agua que acentúa aún más si cabe la estampa agreste de esta frontera que, de todos modos, me gustaría volver a cruzar. Porque ir o regresar del Tibet siempre es una magnífica noticia.

Puentes sobre el Sena (París)

Cuando pienso en París, la ciudad de la luz, siempre la recuerdo en blanco y negro. Y me imagino paseando a orillas del Sena, cruzando sus puentes, no en bateau (pasé un frío del demonio), sino caminando por sus márgenes sin prisas. He estado varias veces en la capital francesa. La primera llegué en barco desde Portsmouth y sin un duro en el bolsillo. Siempre me han cautivado sus puentes, sobre todo al atardecer, cuando la luz amenaza con dejar desamparada a la ciudad. Hay que estar ahí para comprobarlo.

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