De Etiopía a Uganda: viaje a las Fuentes del Nilo (I)

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Pocos lugares a lo largo de la historia han atraído con tanta fuerza la imaginación de geógrafos, emperadores y exploradores como las Fuentes de Nilo. El secreto del nacimiento del gran río africano trajo de cabeza a la humanidad durante 2.000 años. Ciro, Alejandro Magno y Julio Cesar no fueron capaces de desentrañar el misterio. Ptolomeo las situó en las Montañas de la Luna, en la región africana de los grandes lagos (actualmente la cordillera de Ruwenzori) . No andaba muy desencaminado. Pero la gloria estaba reservada a John Hanning Speke, quien en julio de 1862 descubrió las Fuentes del Nilo Blanco en el lago Victoria, en Uganda.

La otra gran corriente que alimenta el río, el llamado Nilo Azul, nace en el etíope lago Tana. Si nos fiáramos del agua que aportan uno y otro ramal, éstas deberían considerarse las verdaderas fuentes, pues más del 80 por ciento del caudal del Nilo llega de las tierras altas de la antigua Abisinia. Un español, el jesuita Pedro Páez, nacido en el madrileño pueblo de Olmeda de las Fuentes, tuvo el honor de ser el primer europeo en llegar a sus fuentes en 1618, casi dos siglos y medio antes de que Speke resolviera el misterio del Nilo. La historia fue ingrata con él y un petulante escocés, James Bruce, se autocoronó como el descubridor de las Fuentes del Nilo Azul. Pero los diarios de Páez no dejan lugar a dudas. Él llego antes.

Un petulante escocés, James Bruce, se autocoronó como el descubridor de las Fuentes del Nilo Azul. Pero los diarios del español Pedro Páez no dejan lugar a dudas. Él llego antes

Para cualquiera que haya buceado en las crónicas de la edad de oro de la exploración africana, hay algunos lugares marcados inevitablemente en rojo en el mapa de los sueños por cumplir. Uno quiere pisar Chitambo, donde está enterrado el corazón de Livingsonte; llegar a Zanzibar, punto de partida de las grandes exploraciones; alcanzar Ujiji, donde se produjo el famoso encuentro entre Stanley y Livingstone y, por supuesto, remojarse algún día en las Fuentes del Nilo. Hace unos años, dos viajes distintos a Etiopía y Uganda me llevaron por fin hasta ellas, tan distintas y tan mágicas a la vez. Las dos, cada una a su manera, dejaron en mí un recuerdo imborrable.

Aunque oficialmente es el lago Tana el lugar donde nace el Nilo Azul, los etíopes sitúan el verdadero nacimiento un poco más al sur, en Gish Abay

Aunque oficialmente es el lago Tana el lugar donde nace el Nilo Azul, los etíopes sitúan el verdadero nacimiento un poco más al sur, en Gish Abay, donde se encuentra el manantial del que ellos llaman “el pequeño Nilo”, el mismo que irrumpe con sus aguas en el Tana y, manteniendo su caudal, gira hacia el este y abandona el lago camino de Jartum, en Sudán, donde se junta con su hermano proveniente de Uganda, y, más allá, de Egipto. Tenía por tanto que dirigirme allí si quería ver cómo brotaba el gran río sagrado.

Desde la capital, Adís Abeba, se puede llegar en el día por carretera hasta Gish Abay, aunque quizá sea más aconsejable hacer noche en Debre Markos. Antes de llegar a Bahar Dar, a orillas del lago Tana, hay que tomar un desvío a mano derecha en la localidad de Tilili, a apenas 40 kilómetros de las fuentes. Andu, nuestro conductor, nos confiesa que no ha estado nunca aquí antes. Sorprendentemente, el nacimiento del Nilo Azul no es todavía un lugar turístico.

“Cerca de la fuente, en el lado de arriba, vive gente”, escribió el jesuita. Y sigue viviendo. Nada más percatarse de nuestra llegada, acuden en tropel a darnos la bienvenida

Es mediodía cuando alcanzamos nuestro objetivo. Un cartel  indica el camino, 300 metros a través de “un vallecillo que se convierte en un campo grande”, como lo definió el propio Pedro Páez. “Cerca de la fuente, en el lado de arriba, vive gente”, escribió el jesuita. Y sigue viviendo. Nada más percatarse de nuestra llegada, acuden en tropel a darnos la bienvenida. Bueno, y también a cobrarnos el precio de la entrada, que debemos negociar como si de un armisticio se tratase. Somos los únicos turistas así que no tienen prisa. El trato se cierra finalmente en 50 birrs (menos de cuatro euros).

Caminamos ladera abajo, hacia una pequeña capilla circular donde los fieles, envueltos en sus gabis y bidones en mano, acuden a llevarse el agua a la que atribuyen, como no podía ser menos, propiedades curativas. Nuestras pisadas escupen agua, el agua que alimenta al gran río africano. Me siento pletórico. Las Fuentes del Nilo Azul están cercadas por una valla. Es “tebel”, lugar sagrado. Según me explica un monje, han canalizado el manantial hasta una caseta, donde brotan unos chorros que aprovechan los fieles para remojarse desnudos en busca de la sanación de sus males de la carne y del espíritu. A partir de ahí, el pequeño Nilo discurre por un estrecho caudal, de poco más de un palmo que, poco a poco, se va ensanchando por el idílico valle.

La caseta donde los fieles se remojan en las aguas del Nilo no puede ser más precaria. Guardan cola para descuerarse y cumplir con la tradición. Siento el impulso fugaz de hacer lo mismo

Sorprendentemente, el monje nos deja entrar en el recinto sagrado, donde según cuenta sin pestañear nace el bíblico río Gehon. A estas alturas ya llevamos detrás de nosotros una estela de decenas de niños alborotados por la presencia del hombre blanco.

El suelo está embarrado y la caseta donde los fieles se remojan en las aguas del Nilo no puede ser más precaria. Guardan cola pacientemente para descuerarse y cumplir con la tradición. Siento el impulso fugaz de hacer lo mismo pero la mirada de Belén, mi mujer, me disuade al instante. Me conformo con refrescarme la cara ante la mirada complaciente del monje y sus acólitos.

Parece un milagro que este riachuelo sea capaz de sobrevivir durante 6.000 kilómetros; que durante miles de años estas aguas hayan regado la fertilidad de un gran imperio, el egipcio; que el destello de un caudal tan poderoso se produzca, precisamente, en un país que cada cierto tiempo se muere de sed.

Un puente de troncos parece querer devolvernos a tiempos de Páez. El lugar no ha cambiado mucho desde entonces y ahí reside buena parte de su magia

Al otro lado de las vallas, el río discurre plácidamente por un cauce que parece hendido en la pradera con un cuchillo de cortar mantequilla. Un puente de madera, apenas unos troncos atravesados de lado a lado, parece querer devolvernos a tiempos de Páez. El lugar no ha cambiado mucho desde entonces y ahí reside buena parte de su magia. Los niños te ofrecen espantamoscas elaborados con crines de caballo. Todos han salido de sus casas a observar a los extranjeros. Sentirte extraño es una de las aspiraciones de cualquier viajero. Huimos de la rutina y cuando nos sentimos intrusos tenemos la certeza de que el tedio queda muy, muy lejos. Entonces no hay más remedio que esbozar una sonrisa.

Sentirte extraño es una de las aspiraciones de cualquier viajero. Huimos de la rutina y cuando nos sentimos intrusos tenemos la certeza de que el tedio queda muy, muy lejos

“Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearan ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César”, escribió Páez con modestia tras convertirse en el primer europeo en llegar a las Fuentes del Nilo Azul. Casi 400 años después, yo estaba pisando esos mismos lugares descritos por el misionero jesuíta. Y estaba feliz.

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Comentarios (7)

  • Juan Antonio

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    Muy bueno el relato, Ricardo. Gracias. La verdad es que estoy deseando visitar África¡¡¡¡ Mientras tanto con vuestros relatos me estáis trasladando parajes y lugares a las retinas de mi memoria, que seguro aflorarán cuando los visite.

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  • ricardo coarasa

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    Así nos ha pasado a todos, Juan Antonio. Primero hemos soñado con visitarlos a través de libros y reportajes y luego hemos podido cumplir ese afán. Seguro que Africa no te deja indiferente. Gracias por tu aliento

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  • Kawil

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    No me hace falta viajar hasta las fuentes del Nilo Azul. Después de leer este artículo, siento que ya he estado allí! Bravo.

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  • ricardo

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    Pues un placer haber sido capaz de emocionarte Kawil. Muchas gracias por seguirnos

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  • Marta

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    Me pasa como a Ryszard Kapuscinski , escritor y periódista polaco que decia que le gustaria transmitir lo que és África , a veces es una personalidad triste, a veces impenetrable, pero siempre irrepetible.

    La primera vez que la vivi, me senti como un amanecer de tonos ocres donde los sentimientos ahogan las palabras, los recuerdos, las fustraciones y devoran esa parte tan intima que solo en soledad somos capaces de profanar.

    Precioso el articulo muy desde el fondo, se nota.

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  • ricardo coarasa

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    Gracias, Marta. Tu reflexión me ha traído muy buenos recuerdos. África, desde luego, te empuja a escribir, con sus virtudes y sus defectos, sin necesidad de edulcorar la realidad para ahormarla a nuestros sueños. Ojalá vuelvas pronto a experimentar esas sensaciones en suelo africano. Bs

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  • Carlos L

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    Ricardo,

    Muy buen artículo y reflexiones muy interesantes.

    Supongo que conoces el fabuloso libro de Javier Reverte «Dios, el diablo y la aventura» que narra la biografía de pedro Paez.

    Un saludo

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