Dos horas en Amsterdam

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Contraindicaciones: este reportaje no debe administrarse a viajeros que quieran conocer Amsterdam en profundidad, ni siquiera a quienes busquen un puñado de consejos para recorrerla. Este post no tiene más aspiración que orientar a quienes, como el autor, sólo dispongan de un par de horas en la ciudad, a caballo entre dos vuelos, y no quieran languidecer en el aeropuerto.

Efectos secundarios: en los lectores que busquen información detallada sobre Amsterdam, rincones desconocidos o paseos que no hay que perderse, la lectura de estas líneas puede provocar desasosiego, un adarme de decepción e, incluso en los más airados entusiastas de la ciudad, un arrebato de contrariedad. VaP no se hace responsable de cualquiera de estas reacciones.

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Era la sexta vez que estaba en Amsterdam. Bueno, para ser sinceros, era la sexta vez que estaba en el aeropuerto de Amsterdam. Todas en idas y venidas de viajes africanos. En Schiphol me sentía casi como en casa, con la familiaridad de quien ha gastado ya unas cuantas horas por sus terminales, e incluso era capaz de apreciar las mejoras en sus instalaciones.

En esta ocasión, sin embargo, la espera entre vuelo y vuelo iba a ser prolongada. Cinco horas, si todo iba bien. Pensé que sería una buena oportunidad para dar una vuelta por la ciudad. Contando con el embarque y siendo previsor, supuse que dispondría de un máximo de tres horas para merodear por Amsterdam, así que busqué en internet qué podía hacer en tan poco tiempo. No encontré nada. Por eso escribo este post: para que quienes, como yo, se encuentren en idéntica situación, sepan que hay una alternativa al wifi del aeropuerto para entretener el tránsito (con perdón) aeroportuario.

Hay una alternativa al wifi del aeropuerto para entretener un tránsito (con perdón) de unas horas en Schiphol

Sí di con información detallada sobre la conexión en tren entre Schiphol y la estación central de Amsterdam. Viajes muy frecuentes y apenas veinte minutos de trayecto. Era todo lo que necesitaba saber. En medio folio, volqué algunos datos sobre lugares que ver en un recorrido a pie por el centro, temiéndome que no me daría tiempo a un paseo sosegado.

Aterricé en Amsterdam, tras dos semanas en Kenia, con un pedazo de mi corazón todavía vagando por la sabana, con tierra masai en la suela de mis zapatillas, con el sol del Índico amaneciendo sobre mis nostalgias y los atardeceres de fuego alumbrando los rescoldos del mal de África. No sabía si estaba preparado, así de sopetón, para apreciar los encantos de una de las grandes ciudades de Europa, esa vieja puta que nos cobija.

Aterricé con el sol del Índico amaneciendo sobre mis nostalgias y los atardeceres de fuego alumbrando los rescoldos del mal de África

Una vez en la terminal, y ya con mi tarjeta de embarque en la mano (la traía puesta de Nairobi, pero hay numerosas máquinas de autocheking que agilizan el trámite), y todavía indeciso, me acerqué a un mostrador de información en busca de un poco de entusiasmo. La amable señorita no me transmitió ni un gramo, pero al menos escuché que me daba tiempo. “Depende de usted”, se cruzó de brazos.

Bajé las escaleras en dirección a la planta inferior dispuesto a comprarme un billete de ida y vuelta a la estación central. Pero las máquinas expendedoras sólo aceptaban tarjetas (esta afirmación no es una verdad absoluta y puede deberse a mi torpeza, desorientación o falta de hábito). Perdí unos minutos intentando sobreponerme al primer contratiempo. Después, me dirigí a la taquilla y compré un “one day ticket” por 8,30 euros (que permite hace en el mismo día el trayecto de ida y vuelta). Pagué en efectivo, mi reencuentro con el euro tras dos semanas de schillings kenianos y dólares.

Me acerqué a un mostrador de información en busca de un poco de entusiasmo, pero la amable señorita no me transmitió ni un gramo

Con el billete en la mano y sin ningún torno que obligase a validarlo, bajé al andén que me habían indicado. El tren pasaba dentro de diez minutos, pero revisando el itinerario anunciado en las pantallas me hice un lío y recordé (en qué momento) algo que leí en internet sobre un viajero despistado que había terminado en Utrecht. Cuando llegó el tren, lo dejé pasar. Subí de nuevo a los andenes a asegurarme. Me subí al siguiente, veinte minutos después, y a las cinco de la tarde estaba en la estación central de Amsterdam.

La luz del atardecer invitaba a hacer fotos. Las obras a las puertas de la estación, no. Caminé sin rumbo disfrutando de esa imperecedera primera impresión de una ciudad desconocida. Pero, ¿a dónde ir? El tiempo se me echaba poco a poco encima mientras seguía a cuestas con mis dudas entre el trasiego de coches, bicicletas y peatones. En una ciudad con 100 kilómetros de canales, pensé, quizá lo más natural era navegarla. Me acerqué a un embarcadero, en la boca del río Amstel, junto a la iglesia de San Nicolás. En un cartel anunciaban un “boat trip” dentro de diez minutos. Pregunté cuándo duraba. Una hora y cuarto. Me aseguré, por si acaso, de que el recorrido era circular para no acabar en la otra punta de Amsterdam. Así era. Valía sólo 15 euros. Saqué un billete.

¿A dónde ir? En una ciudad con 100 kilómetros de canales, pensé, quizá lo más natural era navegarla

La embarcación era uno de esos “bateaux” turísticos que frecuentan el Sena. Mi cuerpo parecía resistirse a subir a un medio de transporte que no fuera un 4×4. Al bajar las escaleras tropecé y casi me llevo por delante la mesa con los auriculares. Unos pasos después, me golpeé con la cabeza en el techo. Treinta segundos me habían bastado para que todo el pasaje supiera que había un torpe a bordo. Pero yo, acostumbrado en los últimos días al techo elevado del todoterreno, sabía por qué no había agachado la cabeza.

Me senté, abrí la ventana, saque la cámara y el blog de notas y me dispuse a disfrutar de un atardecer en Amsterdam navegando la ciudad. El audioguía se encargó del resto, desgranando los hitos a izquierda y derecha según avanzábamos. Pero donde señalaba la esclusa más antigua de la ciudad, yo buscaba un leopardo; hacia donde parecía estar el mercado de la pulga, escudriñaba intentando adivinar la silueta de un eland; por las aguas del Herengracht creía ver cocodrilos y, cuando la embarcación agitaba las aguas en centenares de ondas bañadas en la luz del atardecer, siempre esperaba que asomasen los ojos y las orejas de un hipopótamo.

Hacia donde parecía estar el mercado de la pulga, escudriñaba intentando adivinar la silueta de un eland y por las aguas del Herengracht creía ver cocodrilos…

No estaba preparado para enfrentarme a Amsterdam. Tendría que volver en otra ocasión y con más tiempo. Y estaba seguro de que lo haría. Para eso sí servirían mis dos horas en la capital de Holanda. La cámara de fotos terminó por dictar sentencia. Se agotó la batería. Ni siquiera el canal de los cerveceros me rescató de África. Enseguida, me hizo añorar una Tusker.

Pdta.- A las siete de la tarde, sin novedad, me subí en la estación central al tren que me devolvía al aeropuerto. Antes, me acerqué a información para preguntar el andén. No hizo falta. La cantidad de extranjeros con la misma duda en la boca debe ser tan descomunal que habían colgado un cartel bien grande para que no llegásemos a perpetrar la pregunta. “Tren a Schiphol vía 14A” (incluía los minutos a los que salía cada hora). Me sentí avergonzado. A las 19:17 estaba en el aeropuerto. Me quedaba todavía una hora para embarcar.

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