Ruta VaP (VII): el tiempo virado de Malaui

Por: J. Brandoli, texto / Fotos, el grupo
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A Malaui uno tiene casi la tentación de entrar de espaldas. Llegar a la frontera, girar el coche y recorrerlo marcha atrás para entenderlo. El país sufre de ese mal que desangra África que es soportar a sus voraces líderes tras haber soportado a su voraces colonias. Están tan preocupados en vivir como occidentales que desprecian a sus necesitados pueblos: tan distintos, tan pobres, tan africanos.

Sus necesitados pueblos: tan distintos, tan pobres, tan africanos.

El año pasado entré en este país, preparando esta ruta, el mismo día que había muerto su presidente, Bingu wa Mutharikha. Una de esas dolencias africanas que sólo extirpó la muerte y que ha dejado el país deshecho de un pasado en el que había menos libertad para vivir mejor.  La sucesora, Joyce Banda, entonces vicepresidenta y  a la que el hermano del fallecido presidente intentó por todos los medios arrebatar el poder, es sin embargo una esperanza. Hace las cosas con un cierto simbolismo, como vender coches oficiales y aviones privados para dar de comer a su famélico pueblo, pero se agradece que se tire de raciocinio, que algunos tacharán de demagógico,  cuando varios millones de personas carecen de maíz con el que comer (hay oficialmente una hambruna en el país). Será casualidad, pero resulta que es mujer. En este continente parece que ellas podrían arreglar todas las mierdas que hacen ellos si las dejaran.

Sin embargo decidimos ir de frente, con nuestros coches en fila y por tanto dejamos de entender porque aquí la lógica está virada. Nosotros, que íbamos detrás del coche de Víctor, asistíamos a la grotesca ceremonia de la corrupción, la que te obliga a aceptar lo inaceptable para poder llegar en hora al destino. La secuencia era tal cual: paraba un policía cada 30 o 40 kilómetros a Víctor y veíamos sacar por la ventanilla unos cigarros, zumos o bolígrafos para seguir la marcha. “Ya tenemos preparados los paquetes que ofrecer”, me contaban las chicas mientras parábamos a comprar algo de comida en un mercado de carretera. Llegaron a perfeccionar la técnica y ya casi sobraban las palabras tras el buenas tardes. Salía una mano y continuábamos.

Un británico y una neozelandesa que tenía una historia de amor de película

Así llegamos a Cape Mc Clear, al maravilloso Lago Malaui. Volvimos a alojarnos y acampar en el  Chembe Eagles Nest. Lo vi distinto, algo deteriorado. No sé, quizá fuera influencia de lo que percibía en todo el país. Hace 15 meses me pareció un sitio brillante y ahora lo encontraba algo triste. Pregunté por la pareja que llevaba entonces el lodge, un británico y una neozelandesa que tenía una historia de amor de película. Él fue su guía de safari. Se enamoraran años atrás y decidieron quedarse en África. ¿Por qué aquí?, les pregunté entonces. “Sólo tienes que mirar esto?, me contestó élmientras señalaba el lago con la rotundidad del enamorado. Ella le miraba con calma, a su lado.

De eso hacía más de un año. La última vez que los vi ella estaba completamente borracha en la barra del restaurante y él parecía haber desaparecido. Me di cuenta de que fumaban alguna droga también y me pareció que el aburrimiento les llevaba a vivir en algún exceso su eterno amor. Sin embargo, el tiempo me volvió a enseñar que es un mal gestor si se buscan historias reales.

Tenían discusiones muy fuertes y especialmente ella estaba alcoholizada

“Ya no viven aquí. Han vuelto a sus países a tratarse por alcoholismo. Tenían discusiones muy fuertes y especialmente ella estaba alcoholizada. Luego alguien creo que me dijo que estaban de nuevo juntos en Londres. Espero que no, se hacían mal el uno al otro, espero que no hayan vuelto”, me explica la nueva directora, una finlandesa que lleva nueve años viviendo a la orilla de este maravilloso lugar en el que en esta ocasión nos faltó algo de suerte con el clima.

Los días llegaron y se fueron tapados en nubes. El lago es menos brillante bajó una capa gris. Nuestros viajeros decidieron entonces andar y se perdieron por el pueblo, entre barcas de pescadores y niños que sonríen con vehemencia. Comimos con pausa en nuestro pequeño campamento y saboreamos una inolvidable tortilla de patata que nos cocinó Txarli. Fueron jornadas tranquilas que creo que debe tener todo viaje.

Había que soldar una pieza y no había el soldador que necesitábamos

Sin embargo, la tranquilidad se quebró en mi coche. Víctor descubrió una avería que fue creciendo en intensidad ante la falta de recursos de Malaui. Nadie tenía nada ni nadie sabía cómo arreglarlo. Había que soldar una pieza y no había el soldador que necesitábamos. Recuerdo que aquella noche la amable finlandesa me llevó al poblado y me explicaba que es complicado dirigir allí un hotel: “Llevo varios meses sin pechuga de pollo. De pronto me llama mi contacto en Monkey Bay y me dice que la ha conseguido. Tenía 5 kilos nada más, era toda la que había en la ciudad. No hay vinos ni otras muchas cosas, cada vez es peor”, me contaba. La mujer, recién nombrada en el cargo, tenía además un motín de empleados que estaban midiendo las fuerzas de la nueva jefa. Ser una mujer sola que dirige algo en África no es fácil.

El coche mientras amenazaba con quebrar el viaje. Víctor pasaba horas buscando soluciones. Conseguimos un taller local que se haría cargo de soldar la pieza y decidimos hacer dos viajes para llegar hasta el parque nacional de Liwonde, siguiente parada en el país. Primero fueron las chicas hasta allí, al fabuloso Bushman´s Baobab Lodge. Su dueño, un viejo conocido sudafricano, estaba completamente borracho. Recibió al grupo diciéndole a Mónica de broma que esta noche dormirían juntos y luego nos recibió a nosotros, horas después, demasiado  etílico para saber si era capaz de dormir con alguien.  Antes, los chicos disfrutamos de unas buenas cervezas frente a una puesta de sol del lago, una de esas imágenes  que vale un viaje, enredados en alguna conversación profunda.

Su dueño, un viejo conocido sudafricano, estaba completamente borracho

Estábamos por fin ya  todos en el Bushman´s Baobab tras una larga jornada de incertidumbres. Cenamos con velas y disfrutamos de un vino junto a la hoguera en la que estuvo a punto de caer nuestro loco amigo sudafricano. Una perfecta metáfora del país: simpático, con demasiados excesos y riesgo de hacerse cenizas.  Llevábamos menos tres noches en Malaui.

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Comentarios (1)

  • Rosa

    |

    Ay,ay, pobre Víctor lo que sufrió por su coche… Y también por nosotros.
    Javier no has contado el por qué también se le llama al lago Malaui el “Lago de las estrellas”, es una bonita historia que casi te hace,cuando lo contemplas, retroceder en el tiempo a la época de los exploradores.
    En cuanto a Mónica ya estábamos allí las chicas para salvarla de las garras del etílico sudafricano en caso de que necesitara ayuda.

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