Belleza, de cera en Japón

La regla de la delicadeza
Mujer en Kioto. Javier Brandoli

Japón es delicado cuando no se desborda, se contiene, y no deja emerger el demonio de una soledad que allí es pandemia y produce unas filias que se confunden con fobias. Hay pocos países que me generen la curiosidad y fascinación que me genera Japón. Fui dos veces y puede que no fuera ninguna. No terminas de entenderlo. Es como si estuviera cubierto todo por una fina seda que levantas y descubres que hay otra, y otra, y otra… hasta que todas juntas entiendes que tienen el grosor de las mantas de lana de las estepas.

Japón es comedido en su belleza, como si ésta más que de una voluntad naciera de una exigencia. Eso dictan sus poemas, sus famosos haikus, en los que las palabras se miden para evitar caer en el pecado del exceso. «Bellos copos de nieve, ninguno cae fuera, de ninguna parte», dice uno de los más célebres. Y no les hace falta decir más. Como esa mujer que encontré en Kioto sentada mirando el jardín. Su cuerpo era un cedro, su cuello era cera y su kimono se abría como si se deslizara sobre la madera. Todo tenía un orden en su postura, en su gesto. Belleza. Japón.

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