Esta no es una foto bonita, una de esas postales de los viajes, pero esta foto cuenta una historia:
Aún, junio de 2019, había combates en algunas partes del país. Nos colamos en Damasco, Siria, como dos intrusos que se meten a merodear por la guerra. Nosotros éramos turistas, o periodistas disfrazados de turistas, y encontramos una ciudad muerta deseosa de revivir. Éramos lo únicos turistas que caminaban por las calles. De los comercios, cuando nos veían pasar, salían personas que nos daban las «gracias» por regresar y nos decían «bienvenidos». La gran Damasco, la ciudad que conquistara Alejandro Magno, aramea y asiria, con sus columnas romanas, sus palacios Omeyas, sus iglesias cristianas y sus mezquitas chiitas y sunitas, era un laberinto. Los soldados, tras sus alambradas y sus metralletas, bebían te o café con el desinterés de una vida que había podrido ya sus almas. Las gentes parecían ansiosas de que les dieran la oportunidad de recordarse libres. Los mercados olían a menta y cuero viejo. Los museos languidecían. Los cafés tenían sus vasos secos.
Y entonces vimos aquel coche aparcado en la calle, con su enorme unicornio inflado encima, que nos recordó que la vida sigue siendo más poderosa que la muerte por mucho que se empeñen sátrapas y extremistas. Eso al menos he aprendido viajando e informando por este mundo. Siempre, siempre, hay alguien en medio del mismo infierno que inventa unicornios de colores. Eso les permite sobrevivir.
