Viajar, cocinar y escribir. En el año 2003 decidí que ese era el modo de vida que quería llevar. Así que hice mi petate y me marché a vivir a Sri Lanka.
El flechazo fue instantáneo y desde entonces no he parado de recorrer Asia de punta a cabo. Viajo para conocer gente, su comida y a mi mismo.
La curiosidad me ha llevado desde las cumbres del Himalaya a las estepas de Kyrguizstán, pasando por los tugurios de Phnom Phem o las calles destruidas de Jaffna. Busco en los fogones, rastreo historias, cocino con quien me enseña y nunca dejo de probar un curry ardiente.
Simplemente The Hungry Traveller…
Pegados a las paredes hay bancos de madera con esteras de paja, y muy cerquita del fuego la cama de los dueños de la fonda. Calendarios, imágenes de Shiva y Durga, un pequeño altar familiar lleno de incienso, arroz, polvo de bermellón, y pétalos de flores.
Pero si de comer se trata, de comer seriamente, te recomiendo que te olvides de estas calles un tanto plastificadas y de sus restaurantes donde, oh sorpresa, no encontrarás a ningún turco, sino únicamente turistas. Lugares donde los menús son caros, previsibles y, demasiado a menudo, cocinados sin el ingrediente principal, el amor.
Desde 1983 a 2009 los atentados, los coches bombas y las muchachas suicidas fueron la norma diaria. Y con ellos una sensación de miedo generalizado. Todo en la ciudad quedó detenido. ¿Todo? No. En una pequeña explanada una vieja tradición se mantuvo ajena al temor y la prudencia de aquel tiempo; los domingos del Galle Green Face.
Mientras pedimos la primera botella de racksi2 le pregunto a Rohit porqué los bares newaris están mucho más sucios que una zapatería o un colmado. Como no sabe qué responder encoge los hombros y bebe un sorbo de vino de arroz.
Comer en la calle es mucho más que simplemente “comer”. Es una experiencia para todos los sentidos. No se trata solo de calle o restaurante, sino de romper jerarquías, de ponerse todos al mismo nivel, de sentarse codo con codo al lado de personas que no conocemos. Es un mundo para ver y ser mirado.
Ya he comido frutos secos, dos cafés, mordisqueado un poco de piña picante y tragado una empanadilla de atún y patata. Estoy gordo y feliz. Seguimos ganando altura, y la selva se va despejando, dejando paso a los campos de té. Cascadas, mujeres que recogen hojas, factorías blancas, pueblitos minúsculos y templos hindúes.