Las playas redondas de Morrocoy

Nos asomamos a la costa venezolana para rendir un último homenaje al Caribe antes de emprender camino hacia el interior del país. Nos esperaban kilómetros de tierra y el sofoco de la selva pero el país donde nace la cordillera de Los Andes tiene una carta interminable de sensaciones.

Una barca nos estaba esperando para surcar un mar de postal perpetua. En el imaginario colectivo, el Caribe se presenta como unas vacaciones azul turquesa o verde esmeralda, porque la quietud del mar tiende a asociarse con el brillo de las piedras preciosas. Los cayos de Morrocoy está bañados más bien en verde, un verde encendido, hipnótico, que atrae sin remedio a los turistas. El chapuzón es un acto instintivo, un arrebato de libertad.

Las islas son pequeñas, lo que aumenta la sensación de náufrago con sombrilla, de ser privilegiado en plena conquista estival.

Las islas son pequeñas, lo que aumenta la sensación de náufrago con sombrilla, de ser privilegiado en plena conquista estival. Y encada cayo, en cada pedazo de tierra existe una anillo de arena que la rodea. Las playas son circulares, no tienen fin y uno puede pasear su emoción dando vueltas sobre una arena blanquísima. Incluso hay una isla que sólo es playa, pues ni una palmera da sombra a las tumbonas.

Resulta agradable arribar en barca a tu destino. Es como colarse en las playas por el otro lado, sin esperas, ni parkings. El tráfico era fluido, pero sonriente, pues nadie se impacienta sobre las olas.

Incluso hay una isla que sólo es playa, pues ni una palmera da sombra a las tumbonas.

En una de las islas, los niños volaban comentas y las mujeres se bronceaban rendidas a un sol amable, en complicidad con un mar más amable todavía. Sin embargo, por mucha isla que fuera, llegué a sentir la impertinencia del turismo, un concepto del que uno tiende a pensar que no forma parte, que son los otros, su presencia masiva y ruidosa, los que están de más. Lo cierto es que nuestro barquero tuvo la lucidez, o la osadía, de alejarnos del gentío.

Una de las islas es menos accesible y permanece desierta. Hasta allí decidimos llevar nuestro equipo de cámara porque grabar soledades es más sugerente. Entonces desembarcamos y en ese momento fuimos millonarios, con nuestra isla y nuestro mar sin compartir sus playas redondas.

Los cayos de Morrocoy fueron nuestro último Caribe, el descanso previo y el adiós a un mundo de calendario. Muchos venezolanos navegan esas aguas el fin de semana, se empapan de mar y caracolas, mientras en la costa, los pecadores apuran su porvenir en las redes de pesca.

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