Bienvenidos a la guerra (parte I)

Extracto del documental “Palencia-Singapur, el viaje de los tres océanos” (1999)

La mañana del 28 de septiembre de 1999 las fuerzas chechenas abandonaron la región de Daguestán rendidos al poderío militar ruso que había desplegado  sus tropas en esa región castigada del mundo. Esa misma mañana, Alberto Fernández, Pedro Martínez y yo viajábamos en un Ford Mondeo lleno de pegatinas de patrocinadores por los caminos que se acercaban a la frontera entre Chechenia y Daguestán.

Habíamos leído noticias sombrías que contaban la guerra, pero creo que ninguno de los tres éramos conscientes de que aquellos periódicos hablaban del lugar donde nos encontrábamos. Nosotros estábamos de paso, con una sonrisa inquieta, mezcla de la inexperiencia, la emoción y la incertidumbre. Pretendíamos contar la historia de una carretera que nos llevaría de la ciudad de Palencia hasta Singapur, pero aquella carretera despareció con brusquedad. En lugar del asfalto, un desvío indicaba una ruta a ninguna parte. Estábamos solos, conduciendo un turismo español por caminos de arena en una zona en conflicto. Poco a poco fueron apareciendo otros vehículos, otros conductores nerviosos que se miraban unos a otros, augurando emboscadas en cada encuentro.

No tardamos en quedarnos con el coche varado, la rueda hundida y la cara de idiotas, como náufragos de un turismo desubicado.

No tardamos en quedarnos con el coche varado, la rueda hundida y la cara de idiotas, como náufragos de un turismo desubicado. Nuestra presencia allí era tan irracional que varios coches pasaron de largo, suspicaces, sin acabar de entender qué hacía allí aquel vehículo plateado con matrícula de Madrid. Pero siempre hay un ángel en cada travesía, siempre un gesto honorable que reconcilia al viajero. Un grupo de transportistas de sandías se detuvo para auxiliarnos. Estaban excitados, mirando el reloj. Pronto se haría de noche y no convenía perderse en mitad de la nada con los chechenos clamando venganza alrededor.

Un armenio llamado Pasca se acercó a nosotros con determinación. No dijo nada, en primer lugar porque no le entenderíamos y en segundo porque no había tiempo para debates. Se puso al volante del Mondeo y el resto empujamos el vehículo para sacarlo de allí. Nos indicó con un gesto que entráramos y arrancó a toda velocidad, sin dejar de mirar el espejo retrovisor, al horizonte cada vez más opaco y a ambos lados del camino. Su seriedad nos asustaba y tardamos varias horas en alcanzar de nuevo una vía asfaltada. Luego recuperó su coche y se despidió sin un adiós, perdiéndose en la noche.

Pronto se haría de noche y no convenía perderse en mitad de la nada con los chechenos clamando venganza alrededor.

Un control militar serenó nuestra ansiedad. Decenas de coches estaban aparcados allí, al refugio de las armas, para pasar la noche protegidos por las fuerzas de la madre Rusia. La gente hablaba en susurros o dormía. Vimos a Pasca, el armenio, que estaba junto a su coche, aún nervioso. Me acerqué a un militar de dos metros al que le hacía gracia que hubiéramos ido a parar allí. Apenas hablaba inglés, pero sobre un papel trazó un mapa para situarnos y dibujó con una elocuencia un tanto macabra varios hombrecillos armados disparando a lo largo del camino que nos separaba hasta la provincia de Daguestán. Señaló con el dedo esos dibujos y añadió: “chechenos”. Luego indicó la carretera oscura que se perdía más allá de aquel control militar y se encogió de hombros como indicando: “tú mismo”.

Parecía una insensatez seguir camino aquella noche, pero la situación se había complicado porque si en dos días no salíamos de Rusia, caducaría nuestro visado y entonces tendríamos serios problemas.

La noche era negra como la guerra y nos sentimos solos, desamparados, contando las horas.

Aún así, consensuamos quedarnos allí hasta el amanecer. Fue entonces cuando Pasca nos dijo que él pensaba seguir, que era posible que al día siguiente cortaran toda comunicación con Daguestán. Estaba alterado y nos aconsejó con gestos que le siguiéramos. Luego sin mediar palabra, nos regaló una de sus sandías y arrancó. No teníamos tiempo para valorar la situación. Un “vamos” bastó para para alentar nuestra osadía… y le seguimos.

Pocos kilómetros más tarde perdimos la referencia de Pasca. La noche era negra como la guerra y nos sentimos solos, desamparados, contando las horas y tratando de no pensar en aquellos dibujos de hombrecillos armados apostados a ambos lados del camino.

No sabíamos con exactitud dónde estábamos y encontramos cierto coraje, o consuelo o ambas cosas escuchando a todo volumen El loco de la calle de El Úlimo de la Fila. Una manera, tan absurda como cualquier otra, de combatir el miedo.

Una barrera en mitad de la carretera, custodiada por dos tanques, nos devolvió de bruces a la realidad de aquel lugar.

Yo iba en el asiento de atrás, incómodo, agarrado a la sandía de Pasca. Me sentí tan fuera de lugar como la propia sandía y en un arrebato, abrí la ventanilla y lancé aquella fruta por la ventana para aligerar tal vez el ánimo.

El alba apareció dando una tregua a nuestra ansiedad. La luz puede llegar provocar un efecto extraordinario en las almas lánguidas.

El día devolvió cierto tránsito al camino y alejó los fantasmas del conflicto. Pero  una barrera en mitad de la carretera, custodiada por dos tanques, nos devolvió de bruces a la realidad de aquel lugar. Dos soldados armados nos ordenaron parar y fue tal el sobresalto que amagué con levantar los brazos en señal de rendición incondicional.

Entonces miraron el coche con mucha atención, escrutaron las pegatinas, vieron los asientos de cuero y se miraron entre ellos sin acabar de entender nada.

-¡Tourist! -dijimos como disculpa.

-¿¡Tourist!? -respondió uno de ellos conteniendo la risa y señalando los tanques con gesto de incredulidad- ¡This is war! (¡Esto es la guerra!)

 
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