Viajar en compañía

Yo he viajado en soledad algunas veces y he disfrutados de encuentros espontáneos, de noches divertidas y de la sensación de libertad que produce un mapa sin consensos. Pero también he tropezado de forma irremediable con el aburrimiento de un hostal vacío, de un trayecto mudo o de una cerveza sin amigos.

El viajero solitario entra en el hostal. Pide la contraseña de wifi, se acomoda en la habitación y deshace la mochila reposando los kilómetros del camino. Saca el ordenador, descarga las fotos de la jornada y contempla su autenticidad: él frente a un lago brillante, él al pie del camino, él con un hombre negro muy simpático, él y los elefantes. Se conecta a internet, selecciona un par de fotos y entra en Facebook para informar del lugar en el que se encuentra, como quien clava una bandera en el mapa de las ilusiones ajenas. Luego desembala con cuidado la cámara de vídeo. Esa mañana ha grabado una travesía interesante desde la ventanilla de un autobús. Intenta subir una secuencia a su canal de youtube, aunque falla la conexión. Baja a la recepción, pero es siempre igual, el encargado se encoge de hombros. El viajero ha forjado su paciencia a base de esperas, reconexiones, megabites y wifis de segunda mano.

El vídeo se carga al fin. Dos minutos de carretera y paisajes merecen la espera. Vuelve a Facebook y a Twitter y a no se qué otra red social, donde anuncia que esa misma mañana estuvo allí, que su viaje está vivo y ya pueden ver el vídeo. No decepciona a sus seguidores porque es preciso contar la historia en directo, acercar al público, compartir el día a día porque el viajero solitario también necesita, a fin de cuentas, viajar en compañía.

Es preciso contar la historia en directo, compartir el día a día porque el viajero solitario también necesita, a fin de cuentas, viajar en compañía.

Después baja a tomar algo en un restaurante muy modesto para no alterar su condición de intrépido. Pide pollo, porque es lo único que hay en el menú, y de postre una cerveza con la que recompensa la jornada. Se ha hecho tarde, es de noche y no hay nadie por allí con quien conversar. Vuelve a su hostal. Enciende el ordenador. Varios seguidores le animan a continuar viaje, tiene un montón de “me gusta” y un par de perfiles nuevos parecen seguirle en Twitter.

Apaga el equipo y se echa a dormir con una sonrisa.

El viajero acompañado también usa las redes sociales, pero no necesita de su omnipresencia. Al llegar al hostal habla con sus compañeros de viaje, comentan el día, se ríen porque, excepto para los locos y los mezquinos, la risa sólo tiene sentido si es compartida. Salen a cenar y después del plato de pollo y arroz brindan con cerveza. Alargan la sobremesa y se muestran las fotos del día: ellos frente a un lago brillante, ellos sonriendo al pie del camino, ellos con un negro muy simpático, ellos y los elefantes. Si hay una pareja en el grupo, tal vez se retire antes al hostal. En cualquier caso, comentan el estado del pueblo, su sencillez, verbalizan la magia del viaje, matizan los conceptos del continente, bromean sobre la desidia del servicio de habitaciones y preparan el asalto a la carretera del día siguiente.

El viajero acompañado también usa las redes sociales, pero no necesita de su omnipresencia.

Antes de dormir cargan sus equipos. También ellos quieren retratar el viaje con las cámaras, pero el viaje ya lo han compartido y no hay prisa. No reclaman seguidores, porque la travesía ya es plural. Los amigos con los que han compartido el pollo ya han dejado claro que “les gusta” esa aventura y los comentarios se han expresado cara a cara. Ese es su viaje en vivo, el resto será para siempre una historia en diferido, pues los recuerdos precisan de un tiempo para madurar y ser contados. No hay recuerdos en directo.

En mi opinión hemos sobreestimado la herramienta y estamos descuidando el objetivo. No veo preciso actualizar las experiencias, no aporta un gran valor salvo para aquellos momentos de interés periodístico y de actualidad colectiva. Los blogs y las redes sociales ponen el riesgo el propio viaje porque el objetivo, en muchos casos, es contarlo ahora, contarlo ya, lo que paradójicamente impide vivirlo en plenitud.

Los blogs y las redes sociales ponen el riesgo el propio viaje porque el objetivo, en muchos casos, es contarlo ahora, contarlo ya

Yo he viajado en soledad algunas veces y he disfrutados de encuentros espontáneos, de noches divertidas y de la sensación de libertad que produce un mapa sin consensos. Pero también he tropezado de forma irremediable con el aburrimiento de un hostal vacío, de un trayecto mudo o de una cerveza sin amigos.

En otras ocasiones he padecido lo contrario: el debate del grupo, las tensiones de la convivencia o la resignación que provoca ser minoría en un viaje democrático. Sin embargo me quedo con la reconciliación festiva, la música cantada a coro y las conversaciones de carretera.

Internet se ha llenado de viajeros solitarios ansiosos por dejar de estarlo. Algunos  viajan como una forma de desafío. Para mí los viajes no suponen un mérito, sino un privilegio. El placer de viajar no requiere del reconocimiento ajeno. Como me dijo un amigo: “viajo por viajar, no por haber viajado”.

Los viajes no suponen un mérito, sino un privilegio.

Como periodista soy responsable de contar historias de viajes, y en ocasiones asumo cierto protagonismo, pero nunca concedo a mi experiencia tanta importancia como para que no pueda esperar a ser compartida.

Viajar en compañía es más divertido y más complejo. La complicidad de los compañeros es la que enriquece la aventura, el grupo forma una sociedad auténtica, sin redes sociales donde en ocasiones queda enredado el verdadero sentido de un viaje.

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