Iguala: la vida gana en el pueblo de la matanza

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Había dos banderas enormes mexicanas. Una colgaba de una montaña, arriba, sacudida por el aire que baja del cielo; la otra estaba en el centro de la localidad, sobre un mástil rígido y alto, desde el que se podría contemplar la tierra seca de las colinas de los alrededores en estos tiempos de carencias de lluvias. El valle entero parecía un páramo desnutrido en esta temporada. Aquí se elaboró el primer plan de Independencia de España y se creó actual bandera de México por Agustín de Iturbe en 1821.

Tras una larga avenida se llega a un peaje. El día es limpio y se ve a algunas personas trabajar en un árido campo cercano y a unos vendedores esperar junto a un arcén qué pase algo. No sé el qué, porque ese Domingo de Resurrección pareciera que cualquier antojo estaba en retirada.

Luego había otra gran avenida que tomamos a mano derecha, tras una gasolinera, y pasamos por debajo de la gran bandera del mástil y no mucho más lejos, como a tres frenadas, vimos dos campos de fútbol  en los que se jugaban dos partidos: en el primero el balón era más grande que las piernas de algunos de los jugadores y en el segundo lanzaban una falta. Había público mirando y una chica, cerca  de un poste, tomaba con calma un helado.

Usaba un micrófono el hacedor de promesas y escuchaban de pie sus víctimas

Al pasar un arco que daba la bienvenida a la localidad, a la izquierda, un grupo político que no conocía celebraba un mitin electoral. Habría unas cincuenta personas bajo una carpa discreta. Usaba un micrófono el hacedor de promesas y escuchaban de pie sus víctimas.  Vimos entonces algunos carteles, viejos y gastados, que colgaban de algunas farolas, en los que se ofrecía una recompensa de un millón de pesos para los que dieran alguna pista de dónde encontrar a 43 personas. Allí estaban una a una las fotos de los 43 desaparecidos, aunque el tiempo las había deteriorado y no se veían bien.

Después pasamos por la puerta del ayuntamiento y no pudimos evitar que algo se nos moviera por dentro. Era una mezcla entre asco y sorpresa de que aún estuviera en pie. En esa zona había más comercio. Las tiendas, como todo en aquel lugar maldito, tenían una estructura fuerte. No era aquella localidad un sitio que nos pareciera pobre, aunque puede que nosotros, tras tanto tiempo y viajes por los países africanos hayamos relativizado mucho ese término.

En la plaza aparcamos junto a un mercadillo que parecía improvisado por los días de fiesta. Había algunas casetas, compramos un raspado de fresa y negociamos si comprábamos unas gafas de sol que decían que eran verdaderas. Había algunos niños jugando en el centro, ancianos sentados en los bancos de los alrededores y gente paseando y hablando de sus rutinas. Nada era extraño.

Muchos vendedores han recogido esta misma mañana y se han ido

Luego fuimos a la Iglesia y encontramos a decenas de personas que se preparaban para escuchar misa. Hablaban con calma y vestían con decoro. Fuera un grupo de jóvenes cristianos se daba las manos en coro mientras realizaba ciertos rezos. Había allí más puestos de fiesta, aunque nos dijeron que menos que otros años. “Muchos vendedores han recogido esta misma mañana y se han ido, sin esperar que acabé la Semana Santa, ante la falta de negocio”.

Fue justo detrás del templo donde encontramos referencias de la masacre. Vimos unas pancartas de protesta y entrevisté a unos hombres que bajo una carpa me hablaron de aquella repugnante miseria que llevará como una cruz para siempre este lugar. El “profesor checo”, que así le llaman, un sesentero de sonrisa tierna, lleva desde el 7 de octubre allí plantado pidiendo justicia. No se ha movido, va cada mañana a su puesto de guardia y con una pasmosa naturalidad comienza a colgar sus cientos de carteles en los que se denuncia todo contra todos para que nadie se olvide. Luego, cuando le pregunto cuándo abandonará y regresará a su vida anterior, me dice como si el tiempo fuera relativo a los hechos que “cuando aparezcan los chavos”, sin que pareciera que alberga una duda de que eso no fuera a ocurrir.

Tras escuchar y anotar sus historias y quejas nos volvemos al coche. Antes paramos en un aparcamiento que permite usar sus baños por cuatro pesos. La señora que los lleva nos dice que acaba de abrir pero que tendrá cambio porque ella es previsora y siempre se trae unos pesitos de casa para estas vicisitudes. Hay una total y normal calma.

El rastro de algunas balas perdidas en la fachada que se han señalado con círculos rojos

Lo último que hacemos es tomar una calle larga en la que nos han indicado que en la esquina encontraremos unas flores y dos cruces que colocaron recientemente. “Allí mataron a dos de los chicos”, nos indican. Mientras avanzamos cuesta creer que en aquella vía pudiera pasar algo que no sea el sobresalto creado por meter la rueda en alguno de sus baches. Llegamos a la esquina. Hay unas flores que comienzan a secar, dos cruces y el rastro de algunas balas perdidas en la fachada que se han señalado con círculos rojos. Ahora el sentimiento de que se te agita algo en el pecho es un poco más fuerte. El simbolismo allí te es realmente violento. Es una avenida grande, pasan algunos coches y un señor, a unos diez metros, está sentado en el suelo, bajo una sombra, junto algunas frutas que vende.

Tomamos de nuevo la carretera a Taxco. Justo a la salida hay un control militar. Los soldados fuertemente armados han creado una especie de trinchera con unas piedras. Detrás hay un hombre con una ametralladora. Pasamos despacio sin que nos detengan. Parece un escenario de guerra, el primero que realmente indica que allí algo es anómalo.

Salimos de Iguala de la Independencia, el pueblo maldito en el que la pasada noche del 26 de septiembre comenzó una cacería en la que murieron aparentemente 46 estudiantes. En la matanza están involucrados el anterior alcalde y su esposa, los narcos locales y la Policía Municipal. Los familiares, que niegan la versión oficial de la Fiscalía, involucran también al Ejército.

Iguala está en el estado de Guerrero, uno de los más míseros del país, con históricas y altas tasas de pobreza y analfabetismo, donde se produce el 50% de la heroína de México, segundo país tras Afganistán en plantación de amapola. Tras aquellos ataques volvió algo la calma pero en las últimas semanas los grupos narcos han recobrado su actividad para controlar el importante enclave y en marzo  ha habido 19 víctimas.

Nos dijeron que estaba prohibido ir allí por nuestra cuenta

Nos dijeron algunos que estaba prohibido ir allí por nuestra cuenta, que era muy peligroso, que era una zona de que debíamos evitar o andar con mucho cuidado. No pasó nada aparentemente peligroso, no observamos ninguna anomalía especial y no nos sentimos en peligro nunca. La muerte es cabrona y dura, pero la realidad es que la vida es mucho más poderosa y siempre gana. Pese a que falten 43, pese a que falten miles, siempre se recompone y gana.

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