Molucas II: las joyas de Tidore y Mare

Islote de Coral, junto a Mare. Javier Brandoli

El ferry que salía desde la isla de Ternate a la isla de Tidore debía salir a las 7 de la mañana, luego nos avisaron de que sería a las 8, y finalmente partió a las 9 cuando apareció finalmente un tipo en una moto cargada de bolsas y cajas al que se ve que esperábamos. Todo en orden. Se va y se viene, ese es el objetivo. El cuándo es irrelevante, no es un fin.

El mar es una sábana azul. A nuestro alrededor emergen como hongos algunas islas con sus volcanes, siempre los volcanes, que hacen del paisaje algo diverso. No son islas, son montañas que flotan. Yo me siento un poco Juan Sebastián Elcano, o intento imaginarme la epopeya que debió ser para aquellos hombres llegar a la Especiería, Las Molucas, el destino de aquel viaje que para ir huyendo de la muerte acabó circundando el globo. “La primera interacción de los castellanos con las Islas Molucas tuvo lugar el 8 de noviembre de 1521 con la llegada a Tidore de los navíos Trinidad y Victoria, pertenecientes a la expedición Magallanes-Elcano”, explica el libro Una alianza en el Mar de Célebes, escrito por los españoles Juan Carlos Rey y Antonio C. Campo, y el indonesio Nurachman Iriyanto.

La primera interacción de los castellanos con las Islas Molucas tuvo lugar el 8 de noviembre de 1521

Juan Carlos, mi amigo, escritor e investigador de la historia de Las Molucas (ya hablé de él en el artículo anterior sobre la isla de Ternate) me va narrando algunas historias en la proa de la nave. Conoce esa isla, como todas las del entorno, porque ha hecho de ellas un oficio. Las investiga y estruja.

“En esas aguas fondeó Elcano. Investigué su ruta y la descripción de su viaje y debió fondear más o me nos allí”, me dice tiempo después de desembarcar, ya en Tidore. Señala de pie al mar sobre los aún robustos muros del Fuerte español de Tahula o Santiago de los Caballeros. El esqueleto del castillo, de inicios del siglo XVII,  está casi intacto. Desde allí se contempla todo el  horizonte. No ha cambiado mucho de lo que observaron aquellos marineros que iban con Elcano. Esa es parte de la magia de las Molucas, que el tiempo del ferry y el tiempo de la historia, es parecido: un medio, no un fin.

Isla de Tidore desde el fuerte de Santiago de los Caballeros. Javier Brandoli

Tidore es completamente distinto a Ternate. Nada más descender del barco entiendes la diferencia. Todo es tranquilo, ordenado, no hay apenas suciedad por ninguna parte, las fachadas de las humildes casas están limpias, la hierba de sus entradas asemeja al cabello de los militares, recortado, firme, igual. Tidore es muy bello. Es un pequeño paraíso sin turistas, sin hoteles donde pernoctar, con sus barcas de pescadores esperando a salir a faenar.

Tidore es muy bello. Es un pequeño paraíso sin turistas, sin hoteles donde pernoctar, con sus barcas de pescadores esperando a salir a faenar.

Paramos a ver una placa conmemorativa de Elcano, visitamos algún museo donde Juan Carlos va a regalar unos dípticos explicativos en varios idiomas de la historia. “Intento fijarla, que se sepa que esas fortalezas son españolas”, me explica. Pasamos entonces por dos cálidos y ceremoniosos encuentros con autoridades del pequeño museo local que tras varios rodeos se solucionan rápido cuando Juan Carlos explica que los folletos son gratis, los paga él.

Luego trepamos hasta el Fuerte Torre, un bastión español levantado por el burgalés Hernando de la Torre que llegó aquí en 1528 con la expedición capitaneada por García de Loaisa. Un muro se ha derrumbado. Necesita un cierto mantenimiento. Sus defensas miraban al mar, el peligro venía de allí, de las naves portuguesas y holandesas. Los españoles intentaron establecerse en Tidore, pero los lusos, tras diversas batallas, los acabaron en un primer momento echando. “Durante la primera mitad del siglo XVI, el norte de Las Molucas se convirtió en campo de batalla de una guerra entre ibéricos al otro lado del mundo, o más bien una guerra entre sultanatos malucos con sus respectivos aliados ibéricos. Ternate y Portugal contra Tidore y Castilla. La sutileza de esos combates es difícil de definir. Al final, la fortuna favoreció a los primeros”, narra el libro “Una alianza en el Mar de Célebes”.

Restos del fuerte espan?ol Dodinga, en la isla de Halmahera. Javier Brandoli

Hay en todo caso otra obra anterior también de Rey con otros autores, “Las fortalezas de las Islas Molucas, Ternate y Tidore”, que detalla cada uno de los numerosos castillos que se levantaron en la zona. En ocasiones, las peleas eran a escasos metros ya que españoles, lusos y holandeses llegaron a levantar sus castillos a poca distancia para guerrear por las especias.

Tras visitar el mercado y picar alguna cosa, partimos a la especial isla de Mare. Esta vez viene también con nosotros Dede, un joven estudiante de historia en la universidad de Ternate al que Juan Carlos tiene cariño, y Ojhi, que nos ha hecho de chófer en todas las islas Tiene familia en Tidore y Mare, así que nos hará de cicerone.

Los holandeses, tiempo después, llamaron a la isla “Potterbacker” (alfareras)

Partimos en una barcaza pesquera. El cielo es azul, el sol pega con fuerza, y el mar sigue sin mecerse. Mare es una isla especial. Los portugueses llegaron allí en 1512 y encontraron que las mujeres tenían una tradición alfarera en la que cocían las vasijas de arcilla sin horno. Los holandeses, tiempo después, llamaron a la isla “Potterbacker” (alfareras).

Barca de Tidore a Mare. Javier Brandoli

El trayecto en barca es un festín. El cielo es azul arriba, el mar es azul abajo. Un espejo por el que atravesamos dejando una estela de espuma detrás. Frente a nosotros hay una isla pequeña, con un puerto pequeño y una montaña pequeña. “Tenemos suerte, creo que las mujeres van a cocer las vasijas”, anuncia Dede.

Bajamos del bote y encontramos un muelle con una techumbre para aguantar la espera de las barcas bajo el sol. Es una pequeña población en la que las fachadas están pintadas de colores, las calles son estrechas y tranquilas, y las gentes nos miran con el asombro que se observa al viajero inesperado. Nos acercamos al lugar donde el grupo de mujeres, efectivamente, se prepara para cocer un numero grande de platos y vasijas.

Mujeres alfareras de Tidore. Javier Brandoli

Ellas, desde hace siglos, son las que moldean la arcilla y la cuecen. Los hombres sólo van a buscar los materiales a la montaña cercana. “¿Son japoneses?”, nos explica Dede que le preguntan varias mujeres. Los japoneses son el mal, el recuerdo de cicatrices muy profundas de la II Guerra Mundial. Las tropas niponas se comportaron salvajemente en China, Corea, el sudeste asiático… y algunas de aquellas señoras mayores lo vivieron. El extranjero les genera desconfianza, japoneses podemos ser todos. “Los japoneses fueron muy duros aquí. A mi tía la casaron con 9 años porque los japoneses sólo se llevaban a las vírgenes”, me comenta Dede.

Los japoneses fueron muy duros aquí. A mi tía la casaron con 9 años porque los japoneses sólo se llevaban a las vírgenes

Nosotros observamos la escena. Ellas ponen una cama de hojas de palmera seca, cáscaras de coco y maderas. En el medio arrojan sus vasijas de arcilla, y recubren todo de nuevo. Ponen algo de gasolina y le prenden fuego. “Potterbacker”, pienso yo. La gasolina es lo único nuevo, el resto es una tradición centenaria que se mantiene en un mundo no contaminado del turismo y la tecnología.

Salimos de nuevo con la barca. Esta vez nos dirigimos circundando la isla a un islote de coral con un chamizo en el medio que conoce Juan Carlos. El agua es allí de vidrio, se le ven las entrañas. Es un mar espectacular de nácar. Nos acercamos a una extraña puerta oriental de madera con una plataforma y un techo. “Cualquiera puede venir aquí y disfrutar de esto”, nos explica Dede.

Islote de Coral en Mare. Javier Brandoli

Bajamos entonces a una isla hecha de corales. Abusamos generalmente en la crónicas de la  palabra paraíso. Aquello es otro más. Un sitio vacío, sin vida humana alrededor, y con una abrumadora vida marina bajo las olas quietas. “Este es uno de los mejores lugares para bucear en el mundo”, me explica Juan Carlos. Y yo echo de menos no haberme traído mis escarpines y poder sumergirme en esas aguas.

Nos encaminamos de nuevo a Tidore. En el camino vemos otros dos islotes de coral. En una ha crecido un arbusto o palmera. Regresamos a la isla de la calma, de la tregua del tiempo. A Molucas y sus especias. De vuelta a Ternate las mezquitas cantan. El puerto ebulle. La noche llega y la vida se enciende en su mercado, en sus tabernas.

Islote de Coral junto a Tidore. Javier Brandoli

A la mañana siguiente vamos en barca, tras 45 minutos, a la isla de Halmahera. Es la más grande de todas. Inmensa. Llevamos un guía al que explicamos que no somos turistas, que venimos a reconocer el terreno para quizá crear un viaje. Y el tipo, como sucede tantas veces, oye sin escuchar y se limita a ver a dos turistas a los que ordeñar la cartera. Todo lo que le proponemos le parece que está muy lejos. Asegura que el Google Maps miente, que todo tomará mucho más tiempo de lo que ahí dice. (Luego sabré por Pascal, un francés del que ya hablé en el anterior post de Ternate que venía de recorrer Halmahera, que él que mentía era nuestro guía).

Nos da un paseo bobo por un camino rural absurdo, vemos los restos de dos fuertes españoles hechos añicos, nos lleva a un manglar que el llama playa sin especial encanto ni condiciones para hacer actividad alguna, y nos coloca frente a un póster que conmemora la estadía allí de Alfred R. Wallace.

Y el tipo, como sucede tantas veces, oye sin escuchar y se limita a ver a dos turistas a los que ordeñar la cartera

El naturalista y geógrafo inglés vivió en Las Molucas y su trabajo tiene la importancia del de Charles Darwin y su teoría del origen de las especies. Ambos investigaban a la vez lo mismo, y dicen que Darwin al enterarse de los trabajos de Wallace se apresuró a publicar sus estudios.

La famosa línea de Wallace nace en parte de sus estudios en Las Molucas y alrededores. En Ternate también vimos un mural conmemorativo junto a la que fue su casa. El científico británico descubrió que la fauna y flora era distinta, pese a su proximidad geográfica, por el crecimiento del mar que incomunicó ambas zonas. “La línea pasa entre las islas de Bali y Lombok, al este de Java; continúa entre Borneo, que deja al oeste, y las Célebes (a través del estrecho de Macasar) y pasa al sur de Filipinas. Al noroeste de la línea la fauna es la característica del Sudeste Asiático; al sudeste es la australásica, que se extiende sobre Nueva Guinea, Australia y muchos archipiélagos del Pacífico sudoccidental”, dice la Wikipedia.

Mural de Wallace en Ternate. Javier Brandoli

Pero un póster de Wallace, una manglar y un sendero entre arbustos no nos parece suficiente. Nuestro guía, sin embargo, nos dice que ya se ha acabado tras dos horas la ruta. Nosotros hemos pagado por la jornada completa. Discutimos, recortamos el gasto y regresamos a Ternate con la sensación de haber perdido el tiempo en una burda estafa.

Esa tarde empieza el Ramadán. La ciudad se va apagando. A la mañana siguiente el silencio se lo ha comido todo. Nos vamos al aeropuerto para volar a Jakarta. Airbatik ha cancelado el vuelo sin aviso (la compañía no nos ha devuelto el coste de los billetes de un vuelo que no existió). Molucas y el tiempo, ya saben. Milagrosamente conseguimos subirnos en el único otro vuelo que va a la capital.

Despegamos y medito si esto puede ser un viaje con turistas. Vinimos a investigar eso. En VAP no hacemos viajes industriales, ofrecemos artesanía, como las alfareras de Mare. Hay muchas agencias que venden viajes de factoría. Los hacen otros y ellos sólo meten su recargo. Nosotros venimos aquí, tocamos el terreno, decidimos si podemos aportar algo, si es viable. Juan Carlos es la clave, es un lujo su conocimiento, pero quizá no es suficiente para ofrecer algo rentable para nosotros, bueno para ustedes.

Por ahora dejamos en suspenso la ruta en Molucas y Sulawesi. No parece que haya condiciones para traer a gente hasta este mundo perdido. Quizá hasta sea mejor así, quizá Molucas necesite olvidarse del mundo para conservarse, para no ser Bali. Quizá Molucas sobrevivió a la fiebre de sus especias y ahora, inquietas, todo lo que les queda es esconderse para preservarse lejos del globalismo que arrasa con todo y que empezó justamente Elcano cuando atracó allí.

Notificar nuevos comentarios
Notificar
guest

0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
Tu cesta0
Aún no agregaste productos.
Seguir navegando
0