Irak huele a cerrado. Es un país instalado en el desván del mundo, que está deseando ventilarse. Quiere abrir las puertas del miedo para airear ese olor a guerra, a confinamiento, subir las persianas para iluminar la penumbra de sus tiranías.
El país tiene demasiadas cicatrices, pero intenta compensar su aspecto en ruinas con una sonrisa abierta al extranjero. La terminal del aeropuerto de Bagdad es como un gran abrazo donde sellar un visado en el que todo suena a bienvenida. Un “Welcome to Mesopotamia” queda impreso en el pasaporte.
Al salir a pasear la ciudad, en ese momento donde tienen lugar las primeras impresiones, uno se da cuenta, por ejemplo, de que los jóvenes tienen una barba perfecta y unos tupés extraordinarios, que las mujeres van a su aire, muchas cubiertas, pero otras no. Anduve como se anda por calles nuevas y ajenas a nuestro modo de entender la vida. Saludando a cada paso a tenderos y transeúntes, todos encantados de posar su sonrisa y su tupé delante de la cámara.
Y uno no sabe muy bien cómo acaba perdido en los zocos de la ciudad, laberintos de un tiempo que no existe
Y uno no sabe muy bien cómo acaba perdido en los zocos de la ciudad, laberintos de un tiempo que no existe. Hay buitres desplumados en jaulas callejeras, acuarios llenos de pececillos de colores. Hay pasadizos abigarrados con ornamentos de cobre, donde los artesanos siguen tallando relieves de Torres de Babel, y el visitante puede encontrar inscripciones árabes, arpas de la antigüedad, medias lunas y hasta crucifijos perdidos entre objetos del islam. Hay corredores estrechos de aparatos eléctricos iluminados con miles de lámparas de colores y hay tiendas de frutas y de especias y de turbantes y de fundas de móviles y de zapatos…. Y hay libros, muchos libros.

La calle Al-Rashid fue en su día el centro más lustroso de la capital. Hoy las fachadas apenas se tienen en pie, pero cuentan al viajero que allí hubo un tiempo más esplendoroso. Y en las aceras, hay mesas con libros viejos que conviven con el olor a falafel, los puestos de kebab, o las terrazas donde te sirven el té, muchachos con su tupé insolente apuntando al cielo.
En Bagdad se erigen estatuas a sus poetas y la madrasa de Al-Nizamiyya resiste, todavía, como templo del conocimiento. Es una escuela de educación superior, fundada hace casi mil años, reconocida como la mayor universidad del mundo en la época medieval. En 1258, las huestes de Gengis Khan entraron en la ciudad arrasándolo todo a su paso. Saquearon la madrasa y, cuenta la leyenda, que al arrojar todos los libros al Tigris, el río se tiñó de negro.
Saquearon la madrasa y, cuenta la leyenda, que al arrojar todos los libros al Tigris, el río se tiñó de negro.
Irak es la cuna de la escritura lo que la convierte, por tanto, en el lugar donde nace la Historia. Basta con entrar en su museo nacional para entender que este es un pueblo que se ha levantado sobre los cimientos de civilizaciones como los asirios o los sumerios. Bagdad es la capital de un país que está en el centro de la región más caliente del planeta.
Navegando el río Tigris en una barca, observando las aves que sobrevuelan los puentes o las terrazas apostadas en las orillas, uno tiende a olvidarse del horror de bombas y la tensión acumulada en siglos por tantos enfrentamientos. No me cuadra en este lugar la bronca de chiítas y sunitas acusándose de aquel matiz que les condenará al infierno.

Pero para entender la realidad de hoy, hay que detener el paso en alguno de los cafés, donde no dan café, sino té, entre el humo de las shishas. Entré en el célebre Shabandar Café, como quien cruza la puerta de un vórtice temporal. Es un local donde se cuenta la historia de la ciudad y entre sus tragedias, destacan los retratos de 5 hombres en la entrada. Mohammed Al-Khashali es el dueño del local, un anciano respetado que ya sobrepasa los 90 años. Cada día se sienta entre los rostros enmarcados de sus cuatro hijos y uno de sus nietos que fueron asesinados en 2007 en un atentado con un coche bomba situado en la entrada del local. Su mirada es la mirada de los viejos de Irak, afable y triste. Cansado, pero resistiendo aún a un futuro que se les apaga. Los jóvenes, sin embargo, se reúnen para hablar de Palestina o ver al último influencer en Instagram.
Los jóvenes, sin embargo, se reúnen para hablar de Palestina o ver al último influencer en Instagram
Acudí solo al Shabandar Café y pedí un té entre el aroma de la shisha, que crea una atmósfera de tertulia. Frente a mí, un hombre joven, me miró con esa amabilidad árabe, que invita a la conversación espontánea. Se llamaba Salam, que en árabe es un saludo y su actitud combinaba con su nombre, pues con su gesto te habría las puertas a la charla. Fumamos y bebimos té en el aquel café, mientras Salam hablaba en un inglés perfecto de su visión de Irak. Relató con una sonrisa invencible todas las guerras y las tiranías, desde Sadam Hussein, hasta los ataques de los estadounidenses, la guerra civil y las atrocidades del ISIS.

“¿Cómo es posible que con tantas tragedias los irakíes sois tan hospitalarios y amables con los extranjeros?” Pregunté. “Precisamente por todo lo que nos ha tocado sufrir, te puedo asegurar que no hay pueblo en el planeta con más ganas de vivir que el irakí.”
Aspiré una bocanada de humo, en silencio, intentando asimilar su respuesta.
