Siresa: paisajes pirenaicos del rey batallador

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje
Todavía hay pueblos donde se escucha el silencio. En Siresa, en el oscense Valle de Hecho, el viajero puede reconocer aún los ladridos de los perros, las pisadas de los lugareños y los lamentos de los goznes de las ventanas que escrutan al visitante. Esta pequeña localidad pirenaica en el camino al Valle de Oza sorprende por su imponente iglesia románica de San Pedro, vestigio del que muchos historiadores señalan como el monasterio más antiguo del viejo Reino de Aragón, donde uno de sus grandes reyes, Alfonso I el Batallador, fue bautizado y recibió su educación más temprana.

Su silueta preñada de siglos se recorta sobre los austeros tejados de pizarra y las chimeneas de piedra característicos del Alto Aragón. Desde la carretera, al viajero le sorprenderá desde un primer momento descubrir un templo de semejantes dimensiones en un pueblo tan pequeño, unas hechuras que hablan por sí solas de la importancia que tuvo en el pasado un monasterio, lamentablemente poco conocido, que fue declarado monumento nacional en 1931.

Asentado sobre un antiguo enclave visigótico, fue el conde Aznar Galíndez quien fundó el monasterio en el primer tercio del siglo IX, siendo su primer abad Zacarías.

Siresa está situada a apenas dos kilómetros al norte de Hecho, que bien merece un paseo por sus calles empinadas para admirar la perfección de sus casas de piedra. Hoy, Siresa vive a la sombra de su localidad vecina, convertida desde mediados de los setenta en destino turístico de temporada para los amantes de la naturaleza. Pero no siempre fue así. Asentado sobre un antiguo enclave visigótico, fue el conde Aznar Galíndez quien fundó el monasterio en el primer tercio del siglo IX, siendo su primer abad Zacarías. Situado junto a la calzada romana que unía Caesaraugusta (la actual Zaragoza) y el Bearn francés a través de la Canal de Berdún y el Valle de Hecho, la elección del emplazamiento auguraba ya el rápido esplendor que le deparaba el destino. Muy pronto, su biblioteca “ilumina todo el Occidente” y le convierte en uno de los focos culturales de mayor relevancia de la Península, como acreditó San Eulogio de Córdoba en una visita en el año 848. Por entonces ya vivían entre sus paredes más de un centenar de monjes.

Cenobio abandonado

La donación al monasterio en el año 864 de todas las tierras del Valle de Hecho, hasta los valles de Aguas Tuertas donde brota el río Aragón Subordán, no hizo sino afianzar su importancia. Pero el cambio de milenio le sentó mal y el avance de las tropas de Almanzor hacia Pamplona obligó a los monjes a abandonar el cenobio en el 999.

Junto a la escalera de acceso al templo todavía se conserva la principal razón por la que el monasterio pudo remontar el vuelo antes de enfilar su definitiva decadencia. Ahí se guarda la pila bautismal donde, según la tradición, recibió las aguas sacramentales Alfonso I el Batallador. Para los que, como el autor, se pierden en la maraña de ramas genealógicas de la realeza, conviene apuntar que el monarca, que reinó en Aragón a comienzos del siglo XII, encabezó en 1118 la conquista de Zaragoza, la Sarakusta musulmana, después de cuatro siglos de dominio árabe. Alfonso el Batallador asentó además con su política de reconquista-cruzada los cimientos del Reino, duplicando sus límites territoriales al arrebatar a las tropas musulmanas más de 25.000 kilómetros cuadrados.

El monarca todavía recordaría, en el momento crucial de la toma de Zaragoza, sus correrías por Siresa, donde fue educado bajo la tutela de la condesa doña Sancha, viuda de Ermengol III de Urgel. Pero cuando tuvo que afrontar ese Rubicón, no acudió al monasterio de su niñez a pedir al Altísimo por su victoria, sino al de San Juan de la Peña, cuya pujanza en el favor de los reyes de Aragón vino acompañada, precisamente, del declive del cenobio siresano. La puntilla llegaría con la construcción de la catedral de San Pedro de Jaca (que tomó su nombre del monasterio de Siresa) y, sobre todo, cuando en 1145 la antigua abadía pasó a depender de la diócesis jacetana. Apenas una docena de monjes permanecieron en Siresa. La Historia, como a tantos otros, les había dado la espalda.

Escondite del Santo Grial

Pero la iglesia románica (un euro y medio la entrada) que sigue admirando a los visitantes -y donde el viajero puede apreciar a simple vista el contraste entre la piedra caliza utilizada en el siglo XI y la mampostería con la que se acometió su restauración 200 años después- todavía guarda otro secreto. En una pequeña cavidad abierta en la fría piedra del ábside cuenta la leyenda que estuvo custodiado el Santo Grial en su peregrinar por tierras aragonesas, después de que el diácono oscense Lorenzo lo enviase a su tierra natal desde Roma, en tiempos del Papa Sixto, para burlar su incautación durante la persecución contra los cristianos emprendida por el emperador Valeriano. La invasión musulmana obligó a la Santa Reliquia a recorrer el Pirineo, incluido el monasterio de San Juan de la Peña, hasta asentarse definitivamente en la catedral de Valencia, donde se conserva todavía hoy.

El robo de Erik «el Belga»

El templo altoaragonés fue también objeto de la codicia del conocido ladrón de obras de arte Erik «el Belga». Su banda de amigos de lo ajeno robó en 1979 varios elementos de tres retablos de la iglesia. Parte de ese botín se recuperó años después. Quizá para recompensar ese revés, el destino deparó a San Pedro de Siresa una gratificante sorpresa: durante las obras de restauración de 1995 se descubrió una soberbia talla de nogal, el Cristo de Siresa, del siglo XIII, que ahora puede admirarse en el interior del templo.

Las leyendas tampoco han pasado de largo por este lugar. Según la más conocida, un pastor se sorprendió al encontrar en una cueva pirenaica a una mujer con cuerpo de serpiente peinándose frente al espejo. Junto a ella, relumbraban un buen número de tesoros. El hombre se apropió de un cáliz y echó a correr, pero la mujer serpiente salió tras él. Asustado, pidió protección a San Pedro a las puertas de la iglesia de Siresa, que se abrieron franqueándole el paso para cerrarse inmediatamente detrás de él. La arpía, enfurecida por el auxilio divino, descargó un violento coletazo contra el pórtico de entrada y se fundió con la piedra para siempre. En uno de los sillares, el viajero atento todavía puede encontrar su huella, un simple fósil para los más escépticos.

el camino
Desde Huesca, seguir en dirección a Jaca y Pamplona, bien por la N-330 (Puerto de Monrepós) o por la N-240 (Puerto de Santa Bárbara). Pasado Puente la Reina, donde los ríos Aragón y Subordán unen sus aguas, tomar un desvío a la derecha, frente a una gasolinera, en dirección a Hecho. Tras dejar atrás este último municipio, Siresa se encuentra dos kilómetros más adelante camino de la Selva de Oza.

una cabezada
En Siresa, frente a la iglesia, el Bar Pirineo dispone de habitaciones (su terraza frente al imponente templo, en todo caso, es una parada obligada). También puede decantarse por un albergue (974-375385) o por alojarse en la cercana localidad de Hecho. Para el que prefiera disfrutar de la animación de Jaca (40 minutos en coche), la Perla del Pirineo cuenta con una amplia oferta hotelera (www.jaca.es).

a mesa puesta
En la plaza mayor del propio Siresa está el restaurante Castillo d´Acher, que lleva el nombre de una montaña de la Selva de Oza con aspecto de fortaleza. Comida casera y sobremesa de las de antes. No perderse las alubias blancas con morro y oreja y, sobre todo, el cordero del Alto Aragón con patatas a lo pobre. Tfno. 974-37 53 13.
Si el viajero prefiere acercarse a Hecho, es obligado comer en Casa Blasquico, regentado desde hace más de 30 años por Gaby Coarasa. Atención exquisita y comida tradicional altoaragonesa (migas y cordero asado, por ejemplo). Tfno: 974 37 50 07

muy recomendable
Acercarse a la Selva de Oza, donde muere la carretera 15 kilómetros más al norte, es una experiencia inolvidable. Sortear la Boca del Infierno, una piedra extraplomada que parece va a desmoronarse en cualquier momento sobre la carretera, y entrar por fin en el valle no deja de sorprender al viajero por muchas veces que haga el recorrido y el autor, que ha repetido esa ruta decenas de veces, da buena fe de ello. Pasado el puente, unas mesas al aire libre a la sombra de un árbol centenario son el mejor lugar para contemplar el Castillo d´Acher y sus tonalidades cambiantes. Subir hasta la cima lleva más de tres horas y conviene informarse antes porque sólo se accede a ella a través de una pequeña canal que se abre en la muralla de piedra que rodea la cumbre de esta montaña achatada. Para los más atrevidos, se puede continuar por la pista en coche y llegar después a pie a Aguas Tuertas, nuestro particular Valle del Silencio, donde sólo el ganado no es forastero. Imprescindible madrugar.

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