Lhasa: la antigua ciudad prohibida del Tíbet

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje

“Tengo por los más felices que haya vivido nunca los días en que, con mi miserable hatillo al hombro, vagabundeaba por montes y valles en el maravilloso país de las nieves”. A veces, una simple frase es suficiente para cruzarse medio mundo en busca de unos paisajes soñados. El viajero, mientras vuela de Katmandú a Lhasa, la capital del Tíbet, no deja de dar vueltas a esas palabras de Alexandra David-Néel, la primera mujer europea que consiguió entrar en la ciudad prohibida, disfrazada de mendiga, en el ya lejano 1924. El avión sobrevuela el Everest, al que los tibetanos se refieren como Qomolangma (“Madre del Universo”), y el pasaje se alborota intentando capturar una fotografía de la imponente mole nevada, afortunadamente despejada de nubes por completo. Esos pellizcos en el estómago que suelen anticipar experiencias inolvidables cosquillean ahora con más insistencia que nunca.

Al llegar a Lhasa (3.595 metros de altitud) después de bordear el caudaloso río Tsangpo, la descomunal fachada del palacio de Potala, la antigua residencia de invierno del Dalai Lama, emerge como un castillo medieval digno de nutrir las páginas del Amadís de Gaula. Es de esas imágenes que nunca se olvidan, que se graban en la retina del visitante con la rapidez del más potente disco duro. Sus edificios blancos y rojos que nacen de la misma roca, las decenas de diminutas ventanas que parecen vigilar a toda la ciudad, sus relucientes techos dorados, las zigzagueantes murallas, los desafiantes chörten (monumentos funerarios de forma cónica)… El viajero se queda absorto contemplando lo que el gran explorador austríaco Heinrich Harrer definió como “uno de los castillos más imponentes del mundo”. El autor de “Siete años en el Tíbet” (inmortalizada en el cine por la superproducción protagonizada por Brad Pitt) escribió atinadamente que en el Potala “todas las cosas evocan el pasado”. ¿Qué mejor destino, pues, para un espíritu inquieto seducido por la historia y los viajes? “La mejor de las fotografías nunca podría dar una idea de su apariencia imponente”, dejó dicho la aventurera parisina David-Néel. Y tiene razón. Por eso hay que venir a admirarlo in situ.

El avión sobrevuela el Everest, al que los tibetanos se refieren como Qomolangma (“Madre del Universo”), y el pasaje se alborota intentando capturar una fotografía de la imponente mole nevada

El actual edificio fue levantado hace tres siglos y medio por el quinto Dalai Lama en el mismo emplazamiento, la colina de Marpo Ri, donde el antiguo rey Songtsen Gampo construyó a mediados del siglo VII su palacio, arrasado después por los mongoles. La visita al Potala sobrecoge al viajero, que aturdido por el intenso aroma a mantequilla de yak, con la que los fieles alimentan incansablemente las lamparitas de ofrendas, admira las estupas funerarias de los antiguos líderes espirituales del budismo tibetano. La tumba del quinto Dalai Lama, una mole de 3.700 kilos de oro y quince metros de altura, deja a los visitantes con la boca abierta mientras a sus espaldas, un monje budista cuenta acuclillado los billetes de las ofrendas y de las propinas de los turistas.

Jokhang: la Meca del budismo tibetano

Pero el lugar de Lhasa que rezuma más espiritualidad es, sin duda, el templo de Jokhang, situado frente a la populosa plaza de Barkhor, a espaldas del dédalo de callejuelas donde actualmente se encuentra el barrio tibetano de una ciudad “colonizada” por ciudadanos chinos de la mayoritaria etnia han. Construido a mediados del siglo VII, el corazón espiritual del Tíbet fue saqueado durante la revolución cultural. Los dos cervatillos dorados que custodian la Rueda de la Ley coronando el techo del edificio religioso transportan al viajero a tiempos pasados de una cultura, la tibetana, que ha sobrevivido, pese a los embates del gigante chino, en un ambiente tan hostil como bello: a la sombra de las montañas más altas del planeta.

Haciendo girar sus molinillos de oración con un rosario de cuentas en la otra mano, recitando sin cesar el universal mantra budista (“aum mani padme hum”)

Los peregrinos recorren el kora, el circuito de peregrinación que rodea los principales centros espirituales del Tíbet, con arrebatada fe en sus dioses. Haciendo girar sus molinillos de oración con un rosario de cuentas en la otra mano, recitando sin cesar el universal mantra budista (“aum mani padme hum”), postrándose en el suelo cada pocos pasos los más devotos, llegan de todos los puntos del Tíbet para cumplir con su peregrinación, como los musulmanes en la Meca o los católicos en la tumba del apóstol Santiago. Pero, paradójicamente, este remanso de religiosidad es, también, el epicentro comercial de Lhasa. Todo el recorrido (que debe realizarse siempre de izquierda a derecha) está repleto, a uno y otro lado, de tiendas y chiringuitos de souvenirs regentados en su mayoría por ciudadanos chinos que han ido desplazando a los tibetanos autóctonos. Pero si el viajero es capaz de abstraerse de las voces de los comerciantes y las súplicas de los niños, y consigue asomarse a su interior, la experiencia es realmente enriquecedora.

La huida del Dalai Lama de Norbulinka

Si el Potala era el hogar habitual del Dalai Lama, el palacio de Norbulinka fue, desde finales del siglo XVIII, su residencia de verano. En las estribaciones del invierno, el líder espiritual tibetano se trasladaba al conocido como Parque de la Joya, un recorrido breve que era todo un acontecimiento anual para los habitantes de Lhasa.

Aunque muchas de sus dependencias están cerradas al público, darse una vuelta por sus vastos jardines y tumbarse a la bartola a la sombra de un árbol es una experiencia muy placentera, aunque sólo sea por pisar el lugar desde el que huyó al exilio el actual Dalai Lama, Tenzin Gyatso, en marzo de 1959 ante la inminente invasión china. Las habitaciones que ocupó se pueden visitar aún. Están prácticamente como las dejó hace medio siglo. Al viajero le sorprende descubrir un inodoro en el baño, cuando todavía hoy sus compatriotas evacuan mayoritariamente en cuclillas, un detalle que explica bien a las claras por qué la monarquía teocrática que encarnaba el Dalai Lama en una sociedad feudal en pleno siglo XX estaba condenada a desaparecer.

Cincuenta años después, ser sorprendido con una foto del Dalai Lama en el Tíbet todavía puede acarrear la cárcel, o al menos eso es lo que te susurran los que logran vencer el miedo a ser delatados ante las autoridades chinas. Pekín ha traído carreteras, trenes, turismo y muchos millones de inversión al Tíbet, es indudable, pero el Gobierno chino debería preguntarse por qué pese a ese innegable esfuerzo no ha conseguido ganarse el cariño de los tibetanos.

el camino
El viajero voló con la Thai hasta Bangkok y luego tomó un avión a Katmandú, la capital de Nepal. Desde ahí Air China organiza vuelos diarios a Lhasa. Otra posibilidad es llegar por tren desde Pekín. El viaje dura 48 horas y conviene reservar billete con bastante antelación.

una cabezada
El Yak hotel, en la principal avenida de Lhasa (100 Dekyi Shar Lam), está situado a medio camino entre el Potala y el Barkhor, el epicentro comercial de la ciudad. Evitar las habitaciones cercanas a los baños, porque el olor a orines puede llegar a ser bastante molesto.

a mesa puesta
Durante los días que permaneció en Lhasa, el viajero no encontró mejor opción que el Dunya, situado junto al Yak hotel, un establecimiento regentado por un alemán afincado en la ciudad desde hace años. Los noodles son especialmente sabrosos y degustarlos en la terraza con una cerveza “Lhasa” bien fría es un verdadero placer.

muy recomendable
Es muy gratificante dedicar unos minutos a disfrutar de las magníficas vistas que ofrece la azotea del Jokhang, con el Potala en la lejanía y rodeado de las verdes colinas que circundan Lhasa. Después de inundarnos de espiritualidad, caminar unos pasos hasta el célebre Makye Amye, en el mismo circuito del Barkhor. Lo mejor es reservar mesa en el piso de arriba, desde donde se contempla el incesante paso de peregrinos a través de sus ventanales. El cordero con patatas al estilo tibetano no defraudará al viajero. Una advertencia: pasarse con la cerveza puede acarrear una noche de perros, porque el alcohol casa muy mal con la altitud y el dolor de cabeza llega a ser insoportable.
Ahí van unos cuantos libros para conocer la historia de Lhasa: “Viaje a Lhasa”, de Alexandra David-Néel; el célebre ”Siete años en el Tíbet”, de Heinrich Harrer, y el magnífico ”Las montañas de Buda”, de Javier Moro.

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