Chott el Jerid: el último refugio del “zorro del desierto”

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje
Las postreras líneas de la guerra del desierto entre los aliados y los soldados de Hitler y Mussolini se escriben en el sur de Túnez en 1943. Durante seis meses, el tablero de ajedrez de la Segunda Guerra Mundial también abarcó este país del norte de África. El mundo puso entonces sus ojos en la costa septentrional del continente negro, donde las tropas del general Erwin Rommel, apodado “El zorro del desierto”, pugnaban por establecer una “cabeza de puente” con la Europa meridional, mayoritariamente en manos de las potencias del Eje. “Viajes al Pasado” propone en esta ocasión un recorrido por los escenarios de los estertores de esa dolorosa contienda.

Para eso hay que abandonar por unos días la comodidad de las playas de centros turísticos como Hammamet o Monastir y poner rumbo al sur, a la puerta del Sahara, siguiendo las huellas de las escaramuzas de las tropas de Rommel y Montgomery en lugares como Gabes, Douz, Chott el Jerid, Nefta o Gafsa.

A apenas ocho horas en coche de la capital, en la costa del Golfo de Gabes asoman los restos de los búnkeres donde alemanes, italianos, británicos y americanos se batieron el cobre. En este punto, la carretera huye del mar y se adentra en un secarral pedregoso de matorrales y arroyos secos que no tiene nada que envidiar a los Monegros. Parece como si alguien se hubiese divertido con un lanzallamas chamuscando toda la zona. Pero la desolación también tiene su virtud y estos parajes han sido el escenario ideal para filmar secuencias inolvidables de películas como “El Paciente inglés”, “La Guerra de las Galaxias” y “En Busca del Arca Perdida”.

La dictadura del desierto

Las casas trogloditas excavadas en la tierra por la tribu bereber de los matmata (más de 300 en su día, hoy apenas una treintena) resisten en este árido paisaje lunar sin más horizonte que el peaje a los turistas en forma de propinas. Los jóvenes hace tiempo que han dado la espalda al desierto y prefieren buscarse la vida en la cercana isla de Djerba o en los hoteles de los destinos turísticos del norte de Túnez. La sentencia de muerte de estos trogloditas del siglo XXI está escrita hace tiempo y sus moradores lo saben. Quizá por eso se dejan fotografiar por los visitantes aceptando unas monedas que les ayudan a prolongar esa lenta e inexorable agonía.

La sentencia de muerte de estos trogloditas del siglo XXI está escrita hace tiempo y sus moradores lo saben. Quizá por eso se dejan fotografiar por los visitantes aceptando unas monedas que les ayudan a prolongar esa lenta e inexorable agonía

La lucha de estas gentes por frenar el avance del desierto es épica. Su particular “línea Maginot” son las plantaciones de sucesivas hileras de palmerales que pugnan por recordar a las arenas del Sahara que no son bienvenidas. Esta tarea deprimiría al mismísimo Sísifo, porque el desierto, que no entiende de sentimentalismos, avanza a razón de cinco hectáreas anuales.

Rommel, pionero en Chott el Jerid

Douz es el punto de partida para visitar los blancos horizontes del lago salado de Chott el Jerid, el último refugio de Rommel. Los periódicos de la época informaban en febrero de 1943 de la captura por parte de las tropas del “zorro del desierto” de los oasis colindantes con el Sahara, fortaleciendo su posición en torno a Chott el Jerid. El 24 de ese mes, por ejemplo, “La Vanguardia española” daba cuenta de que la ofensiva de Rommel en el Túnez meridional había conseguido crear “una cuña en territorio aliado cuya peligrosidad proviene de hallarse apoyada en Chott el Jerid por su base y en haber logrado, al norte, el dominio de los desfiladeros que presiden las montañas en torno a Feriana y Kasserine”.

Tras una hora y cuarto al volante, el viajero alcanza las primeras estribaciones del gran lago salado, 25.000 kilómetros cuadrados de antiguos lechos marinos que los caprichos geológicos dejaron a la intemperie hace miles de años. Rommel fue el primero en cruzar, al frente de sus tropas del Africakorps, este desierto salobre que evitaban incluso las avezadas caravanas de comerciantes árabes. Paralela a la ruta que siguiera el general germano discurre actualmente la carretera que atraviesa Chott el Jerid. El viajero todavía puede apreciar, clavadas en el suelo, las estacas amarillas de las que se sirvieron los soldados para marcar el itinerario, una cautela para no perderse en la inmensidad de este reino luminoso de sal y espejismos digna del más precavido Pulgarcito. Cualquier previsión es poca en un paraje donde el termómetro llega a alcanzar en agosto los 50 grados centígrados y en el que la realidad a menudo se dibuja con los perfiles de la imaginación.

“Un bello morir, toda la vida honra”

La suerte de Rommel empezó a torcerse cuando las tropas francesas ocuparon Nefta, en la orilla noroccidental del lago, en marzo de 1943. El 8 de abril, la agencia Transocean informaba a sus abonados de que el VIII Ejército británico se había aproximado “a las líneas defensivas germano-italianas entre la margen oriental de Chott el Jerid y la costa”. La depresión salobre, añadía el capitán Sartorius, su redactor en el frente, “constituye casi una barrera infranqueable que priva a Montgomery de cualquier posibilidad de una acción de flanqueo”. Aunque la única oportunidad para desalojar a Rommel del lago salado pasaba por un ataque frontal, la suerte de las tropas del Eje parecía estar echada.

En Chott el Jerid, los lugareños han construido estatuas de sal que al atardecer cobran un aspecto fantasmagórico y los niños venden dátiles a los visitantes en los márgenes de la carretera donde Rommel rumió su derrota. El viajero camina sobre el asfalto de sal (cuyo grosor llega a los siete metros) con la mirada perdida en un horizonte que se confunde con el paisaje estepario, el mismo que contempló el repliegue del Africakorps. El 13 de abril de 1943 el cronista de “La Vanguardia española” Manuel Pombo detallaba desde Berlín la “apurada” situación que vivían en el sur de Túnez las tropas germanas “en abrumadoras condiciones de inferioridad”. “Casi cercadas por el Ejército inglés y el norteamericano -escribía el periodista-, las fuerzas de Rommel y Von Armin parecen haberse compenetrado de tal modo con sus camaradas italianos que quieren poner en práctica la conocida frase napolitana: “Un bello morir, toda la vida honra””. Mucho más pragmático, Rommel ya había puesto pies en polvorosa. El 14 de mayo, las tropas del Eje arrojaban la toalla, pero “El zorro del desierto” ya no las comandaba. Unas semanas antes había volado a Alemania para reclamar refuerzos a Hitler, privando a los aliados de la ansiada fotografía de su captura.

el camino
Tunisair ofrece vuelos regulares entre España y Túnez. Desde la capital o los centros turísticos de Hammamet o Monastir, lo mejor es alquilar un coche para llegar a Chott el Jerid. El recorrido de ida y vuelta precisa al menos de dos días y la carretera es buena. Si se prefiere, en los hoteles ofrecen el mismo itinerario en autobús (desde 160 dinares, unos cien euros).

una cabezada
Para alcanzar el lago salado, resulta casi obligado pasar la noche en Douz. A las puertas del desierto del Sahara, merece la pena darse un descanso y no escatimar en gastos. El Mouraid permite al viajero relajarse en la piscina del hotel, que en un enclave barrido por el simú, el implacable y tenaz viento del desierto que impregna hasta los rollos de papel higiénico de las habitaciones, no es un placer menor.

a mesa puesta
Si el viajero no quiere sobrevivir a base de dátiles, lo mejor es hacer acopio de calorías en el bufet del hotel. Su estómago se lo agradecerá.

muy recomendable
Acercarse a admirar las primeras dunas del Sahara a las afueras de Douz es ineludible para cualquier curioso. Encaramarse a un camello y adentrarse unos metros en el desierto en una caravana de turistas ya es otro cantar y depende del mayor o menor sentido del ridículo de cada uno. El viajero prefirió echar a andar, aunque advierte a los intrépidos que le llevó semanas desprenderse de toda la arena con la que el Sahara le dio su calurosa bienvenida.

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Comentarios (1)

  • Isabel soriano

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    Pues si, Tunez es un destino de lo mas recomendable, en esa ruta esta tambien el anfiteatro romano de El Jemm, que es impresionante.

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