Un Buda gigantesco irrumpía entre los arrozales. Nada parecía explicar por qué emergía precisamente allí, una figura dorada de 92 metros de alto. A la sombra de ese Buda trabajan a diario los campesinos de la provincia de Ang Thong, sobrecogidos por las dimensiones de una de las 10 mayores estatuas del mundo.
Uno tiende a regresar a los lugares alegres con cara de bobo. La nostalgia de volver a Bangkok estaba distorsionada por aquellas noches de fiesta inagotable, aquella juventud que ahora añoraba al pasear el barrio de Sukhumvit Road, 15 años después.
Condenadas en su país a ser explotadas y humilladas, refugiadas en Tailandia y convertidas en negocio por todos. Apátridas sin tierra que viven de mostrar a los turistas sus largos cuellos "metalizados". La historia de dos mujeres y un pueblo sometido a su "belleza".
Tenían historias tristes, muchas -familias separadas, padres muertos, aldeas quemadas, años viviendo escondidos en el bosque-, pero las explicaban con la naturalidad del que está hablando desde y sobre su propia vida. Estaban acostumbrados a ello aunque para nada resignados. A la inversa: aquel es un lugar en el que, por encima de todo, perdura la esperanza. No es un lugar triste ni derrotado.
Si venís aquí y pagáis por ir a la selva, os están timando. Salvo que lo único que os interese sea subiros a un elefante y que vuestros amigos os hagan una foto para molar a la vuelta.
He pedido precio por un kimono. En qué hora se me habrá ocurrido. Mo me habían perseguido tanto ni cuando me pillaron a los 14 robando un juego del spectrum en el Corte Inglés.
Lo reconozco. Yo también caí en la secta de Lonley Planet. No tengo ni idea de si es la guía más vendida en España, pero lo que sí puedo asegurar es que entre la legión de viajeros con mochila y calcetines con chanclas que recorre el sudeste asiático, arrasa.