Mae Ra Moe, la cárcel sin rejas

Por: Olga Moya (texto y fotos)
Previous Image
Next Image

info heading

info content

Ocurrió por casualidad. Viajaba por Asia desde hacía varios meses y la proximidad física con el conflicto birmano me sensibilizó por la causa más de lo habitual. Además, y por primera vez en mucho tiempo, los noticieros de todo el mundo se hacían eco de una manifestación de monjes budistas en protesta a los atentados contra los derechos humanos que se estaban dando en aquel país. El mundo se enteraba de que Myanmar existía. Y yo con él.

El mundo se enteraba de que Myanmar existía. Y yo con él.

Comencé a informarme acerca de lo que allí estaba sucediendo. Aprendí sobre la colonización británica del país, sobre su promesa de un estado independiente para las minorías étnicas que lo habitaban, sobre su incumplimiento del pacto y retirada, dejando al país sumido en una sangrienta y nada ecuánime guerra que ya duraba demasiado. Los birmanos -capitaneados por diferentes regímenes militares- aseguraban que todo lo que quedaba en el interior de las fronteras les pertenecía; los Karen decían que un pequeño territorio dentro de ellas debía ser su estado. El conflicto se había perpetuado durante  décadas. Y con él la masacre, la quema de aldeas, las violaciones, las torturas, los asesinatos, las huidas al bosque -donde, por increíble que parezca, habitaban familias enteras escondidas durante años- y los numerosos contingentes que acudían a Tailandia para ser refugiados.

No fue complicado acceder al campo una vez tomé la decisión. Tuve la suerte de contactar con un refugiado que colaboraba con ZOA -una de las ONGs que operan en la zona- y tras un par de reuniones en Mae Sot -pueblo tailandés cercano a la frontera con Myanmar-, perfilamos cuál iba a ser mi trabajo y dónde lo iba a desempeñar: me enviaron como profesora de inglés a Mae Ra Moe, uno de los diez campos de refugiados situados en territorio tailandés. El inglés nunca había sido mi fuerte, pero desde la organización me tranquilizaron asegurándome que el nivel de los alumnos era muy básico. Yo ya intuía por aquel entonces que lo del inglés iba a ser lo de menos. Lo importante, pensaba, era que vieran que alguien se preocupaba por ellos, que tuvieran la certeza de que el mundo no los había olvidado. Que, a pesar de no constar en ningún mapa, alguien conseguía encontrarlos.

Me enviaron como profesora de inglés a Mae Ra Moe, uno de los diez campos de refugiados situados en territorio tailandés

Llegué un martes de diciembre, excitada, nerviosa y cargada de prejuicios. El trayecto que separaba Mae Sot de Mae Ra Moe auguraba un destino inhóspito e inaccesible. El jeep avanzaba a trompicones por una carretera imposible, los baches despertaban al copiloto cada vez que se disponía a echar una cabezadita y el fango deslizaba peligrosamente las ruedas mientras que la vegetación espesa al otro lado de la ventana me invitaba a soñar. En mis venas, las ganas; en mi cabeza, la duda; en mi estómago, los nervios anudados al vacío. En mi MP3, como siempre, Sabina. El trayecto duró unas cuatro horas. En temporada de lluvias puede durar el doble, me informaron. Están francamente aislados, reflexioné.

Nunca olvidaré el momento en el que el jeep se detuvo ante una rudimentaria barrera levadiza, entregaron mi documentación a un guardia y, tras unos sencillos trámites, el vehículo se adentró en el que iba a ser mi hogar temporalmente. Asombro. Desconcierto. Conmoción. Debo reconocer que esperaba encontrar otra cosa, la televisión puede ser muy nociva en estos casos. Pero mi enorme castillo de ideas preconcebidas se desmoronó en cuanto crucé la línea imaginaria entre lo que había visto en las noticias y lo que estaba viendo en tiempo real. Jamás me hubiera imaginado que al lugar al que me dirigía a echar una mano iba a tener esa estética y esa magia. Ni que estaría tan limpio, tan lleno de vida, tan sobrado de sonrisas, tan derramado de canciones de madrugada.

Debo reconocer que esperaba encontrar otra cosa, la televisión puede ser muy nociva en estos casos

Y es que el campo era un lugar bello. Por fuera y por dentro. Estéticamente perfecto en sus montañas verdes, en su río vertebrando la escena, en sus casas de bambú tradicionales, en su sol tropical arrancando colores imposibles al paisaje. Tenía incluso tiendas -jamás me lo hubiera imaginado- y un par de restaurantes que los refugiados con dinero y contactos en Tailandia habían montado. Espiritualmente era todavía mejor. Su desesperante situación, en lugar de amedrentar la esperanza, la espoleaba, la elevaba al cubo, la lanzaba en forma de amplias sonrisas, de sueños y de ganas. Hablar con ellos era tomar una lección de humildad,  era entender que los sueños no mueren por imposibles, sino por olvidados. Y los suyos no lo estaban: seguían latentes, vivos, desbordados, presentes en todas y cada una de sus palabras. Creían en la paz -a pesar de estar en guerra-, en la libertad -a pesar de estar amarrados-. Los pequeños querían ser profesores, periodistas, políticos, médicos. Los mayores, ansiaban labrarse un futuro lejos de las cadenas que los asían al interior de unas fronteras imaginarias. Algunos lo conseguirían (existían programas de reasentamiento en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos o Noruega); lamentablemente, no todos.

Fue fácil convivir con ellos. Me instalaron en casa de una familia de refugiados. Dormía en el suelo del comedor sobre un par de mantas, de noche debía leer a la luz de las velas por falta de electricidad -disponían de generadores sólo para horas punta- y me duchaba en el patio, en una cabaña de madera que sólo me ocultaba hasta la cintura, sin ningún tipo de intimidad. Y, sin embargo, puedo asegurar que fui feliz. La culpa la tuvieron todos y cada uno de ellos. Personas como Bonface, un ángel que me enseñó que inocencia y madurez pueden ir de la mano. O Mussy, la mujer de la casa en la que vivía, que al poco de llegar me regaló un conjunto de ropa tradicional Karen con lo poco que tenía ahorrado. O la hospitalidad, encarnada en todos aquellos que me invitaban a cenar en sus casas, que me preparaban una mesa lindísima con más de cinco platos en la que comía a solas mientras ellos se sentaban ante mí y me observaban. Al inicio fue incómodo. Solo cuando aprendí que era su único modo de darme las gracias, entendí que no podía rechazar ninguna de sus ofertas por muy injusto que me pareciera que gastaran en una joven blanquita sus escasas provisiones, sus cuidados y sus ganas.

Si me daba un paseo por la aldea o me sentaba a tomar un café, a leer o a escribir en el pequeño bar que bauticé como mi oficina, me seguían y me observaban

Y qué decir de mis alumnos. En clase, los mejores: siempre atentos, sin interrumpir, con un respeto al profesor que hace años que se perdió en nuestro querido mundo occidental. No me dejaban sola ni a sol ni a sombra. Acudían a casa a cualquier hora. Para charlar, para ayudarme en mis tareas, para distraer la noche al son de una guitarra. Si me daba un paseo por la aldea o me sentaba a tomar un café, a leer o a escribir en el pequeño bar que bauticé como mi oficina, me seguían y me observaban. Y aunque a veces la situación resultara un poco absorbente, siempre tuve una sonrisa preparada. Para a ellos yo era una bocanada de aire fresco, la novedad, la oportunidad ideal de satisfacer su desbordante curiosidad sobre un mundo que a ellos les estaba vetado. Yo era su puente, su mirilla, su ventana.

Y por supuesto tenían historias tristes, muchas -familias separadas, padres muertos, aldeas quemadas, años viviendo escondidos en el bosque-, pero las explicaban con la naturalidad del que está hablando desde y sobre su propia vida. Estaban acostumbrados a ello aunque para nada resignados. A la inversa: aquel es un lugar en el que, por encima de todo, perdura la esperanza. No es un lugar triste ni derrotado. Es un lugar de sonrisas, de sueños y de ganas. De ilusiones castradas, de momento; pero ilusiones al fin y al cabo.

De ilusiones castradas, de momento; pero ilusiones al fin y al cabo

Llegó el día en que debía volver a hacer uso de la libertad que yo sí tenía para retroceder por aquella tortuosa carretera por la que días atrás había accedido al campo. Había llegado como profesora y me despedía con la sensación de haber aprendido mucho más de lo que había enseñado. ¿Un tópico? Quizás. Pero mi agradecimiento por todo lo que aprendí de ellos vale mucho más que mi ego narrativo. Gracias. Una vez más.

Me fui prometiendo volver. Y lo hice. Menos de un año después. En esta segunda ocasión, con el objetivo de montar un diario del campo, el “Karen Times”. Pero esta ya es otra historia. Y otro post.

  • Share

Comentarios (6)

  • Ana

    |

    Gracias, Olga. Es genial!

    Contestar

  • Callejón son salida

    |

    Excelente pieza. deberían leerlas todos para ver la realidad tan cercana a algunos paraisos. Aunque la periodista explica bien que aquello no era un drama siendo un drama. Me gustó mucho. Felicidades.

    Contestar

  • Espe

    |

    Gracias por recordarnos cuanto amor hay en el mundo

    Contestar

  • Olga Moya

    |

    Vivir aquello fue increíble. Me alegro si contándolo os he conseguido acercar un poco a la realidad de aquellas personas a las que iré a visitar una tercera vez. Me lo volví a prometer. Y lo volveré a cumplir. Gracias!

    Contestar

  • Juan Antonio Portillo

    |

    Sensacional Olga!!!!

    Transmites una enorme energía y vitalidad. Y sobre todo transmites con palabras que salen de tu corazón, no del ego narrativo.

    Me ha encantado….. y me encanta que por el mundo haya personas como tú!!!!!

    Contestar

  • Olga Moya

    |

    Gracias Juan Antonio! Eso es lo más bonito que podría escuchar (leer)!

    Contestar

Escribe un comentario

Últimos tweets

No tweets found.