Imaginen una foto igual en Las Ramblas de Barcelona. Un niño que lleva a otro niño en brazos, muerto, mientras su hermana llora a su lado. ¿La publicamos? Y ahora pensemos en otras fotos. ¿Aylan? Un niño muerto en una playa. Un bebé, mejor dicho. Dura también. ¿Había refugiados ahogándose en el Mediterráneo antes de él?
En México puede que sea cierto lo que decía Olguín y haya un convivir cruel y enfermizo con cuerpos calcinados y matanzas que se narran con tanta precisión que el hombre del tiempo pareciera que va a explicar después del telediario si habrá que llevar paraguas, abrigo o pasamontañas a los próximos funerales.
En la puerta, cuando ya nos vamos, observamos que dos de los caddies están quemando droga sobre un papel de plata. Lo hacen junto a la que debió de ser caseta del guarda. Fuera, las casas son lustrosas, de ladrillo y cemento, y algunas con un pequeño jardín. Un cartel algo oxidado nos recuerda por última vez que estamos en un Country Club Golf en medio de Soweto...
Mi trabajo como corresponsal condena a estos países a contar muertos y estafas. No puedo, no se publicaría, mandar una noticia que se titule “en Sudáfrica hace una semana que no violan a nadie”. Tampoco imagino a tres columnas o en portada de la web la noticia que explica que el “Ministerio de Trabajo de Mozambique no es nada corrupto”, acompañado de un detallado informe en el que se revela que no se desvió un dólar de la partida presupuestaria para “formación juvenil”.