1924: maldito junio

Si los libros y las montañas lloran, junio de 1924 fue sin duda para ellos un mes de lágrimas. Un 3 de junio de 1924 moría a los 40 años Franz Kafka. Cinco días después, el Everest engullía a George Mallory, a los 37, camino de su cima.

Si los libros y las montañas lloran, junio de 1924 fue sin duda para ellos un mes de lágrimas. Hay meses que deberían borrarse del calendario, arrancando sus hojas una a una sin miramientos como un anatema bíblico. Los aztecas tenían señalados cinco días funestos en su calendario, jornadas que no merecían otra cosa que el desprecio por la conjunción de malos augurios y pesadumbres.

Estos días se cumplen 89 años de una semana trágica para la literatura y la aventura, esa exploración a la que Cherry-Garrard se refería como “la expresión física de la pasión intelectual”. Un 3 de junio de 1924 moría a los 40 años Franz Kafka, seguramente el mayor escritor, y el que más ha influido en las generaciones posteriores, del siglo XX. Cinco días después, el 8 de junio, el Everest engullía a George Leigh Mallory, 37 años, cuando se dirigía, junto a su compañero Andrew Irvine, hacia la cima de la montaña más alta de la Tierra.

Ambos murieron consumidos por una pasión: la literatura en el caso de Kafka; el Everest, en el de Mallory

Ambos morían consumidos por una pasión: la literatura en el caso de Kafka (“cada uno tiene su manera de emerger del mundo subterráneo; yo lo hago escribiendo”); el Everest, en el de Mallory (“tenemos que conocer el final para convencernos de que podemos vencerlo; para saber, deben desafiarse todos los sueños”). Los dos se fueron muy jóvenes, dejando un rastro imperecedero y enfilando el rutilante camino hacia la eternidad.

«Máteme usted; si no, será usted un asesino». Éstas fueron las últimas palabras que escribió Kafka, horas antes de morir, cuando ya sólo podía comunicarse mediante la escritura (como, en realidad, había hecho siempre a lo largo de su vida). Era un ruego a su amigo Robert Klopstock, el médico que le atendió en sus últimas semanas de vida en un sanatorio de Kierling, a las afueras de Viena, suplicando que le ahorrara los últimos estertores. Una fría mañana de enero, con el Moldava aprisionado por los hielos, esas palabras del genio merodean mis ganas de llegar al nuevo cementerio judío de Praga, Straschnitz, donde está enterrado.

Viajo en un convoy de la línea A de Metro hacia el cementerio donde está enterrado Kafka, a las afueras de Praga

Viajo en un convoy de la línea A del Metro hasta la estación de Zelivskeho, hacia la última parada del autor de “La metamorfosis”, del joven que siempre se había sentido “expulsado del mundo de una patada”:

«Soy un hombre encerrado en mí mismo, taciturno, nada sociable, insatisfecho, aunque no pueda calificar todo eso de desdicha para mí, pues es únicamente el reflejo de mi meta»

Al salir a cielo abierto, cruzo una amplia avenida en dirección al camposanto. Una vez dentro, en la caseta del guarda te obligan a cubrirte la cabeza con la kipá judía. Contrasta la soledad de este recinto con el bullicio de turistas que abarrotan todos los días el viejo cementerio judío de Josefov, en pleno centro de Praga.

Kafka se debatió durante toda su vida se debatió entre «la imposibilidad física de escribir y la necesidad interior de hacerlo»

Kafka, quien durante toda su vida se debatió entre «la imposibilidad física de escribir y la necesidad interior de hacerlo» (hastiado de su trabajo en una compañía de seguros, “poco dotado para la amistad”, renuente al matrimonio y a cualquier compromiso que le alejase de la literatura), era plenamente consciente de que «la corriente contra la cual uno nada es tan rápida que uno está a veces desesperado…”. Pero pese las dificultades ( «me vuelva a donde me vuelva, la ola negra se precipita sobre mí»), no por eso perdía de vista su verdadero anhelo:

«¡Cómo centellea ante mis ojos abiertos esa vida posible!»

Caminando bajo las sombras de los sauces y cipreses no es difícil encontrar su tumba, indicada incluso en la avenida principal del camposanto. A mano derecha, junto a la tapia del cementerio, se encuentra la lapida cubista de la familia Kafka, donde junto al escritor están enterrados sus padres. Aquí recibió sepultura un 11 de junio de 1924, ocho días después de su muerte, pero en esa semana, muy lejos de allí, entre las montañas más altas del mundo, otro brillante hombre de su generación, George Mallory, había perdido la vida en su romántica pugna con el Everest.

A mano derecha, junto a la tapia del cementerio, se encuentra la lapida cubista de la familia Kafka

Tres días después de la muerte de Kafka, el 6 de junio, Edward Norton fotografió por última vez con vida a Mallory e Irvine, colacándose sus equipos de oxígeno, a punto de comenzar la jornada en dirección al campo V. El idilio de Mallory con el Everest venía de lejos. Ésta era su tercera intentona tras las de 1921 y 1922. Sin duda era el alpinista que parecía predestinado a coronarlo por primera vez. Estudiante de Cambridge, el joven George vivió una juventud entre poetas prohijado por el grupo de Bloomsbury, y posteriormente, antes de luchar en la Gran Guerra, fue profesor de literatura. Un halo romántico siempre acompañó su actitud ante la vida y ante la propia montaña. «¿Por qué quiere escalar el Everest?», le preguntaron en una ocasión. «Porque está allí», respondió.

El 7 de junio, hoy hace 89 años, alcanzaron el campo VI. Al día siguiente, el más importante de su vida, tenía una cita con la cima. “¡Tiempo perfecto para nuestro trabajo!”, escribió en una nota que dejó en el campamento a Noel Odell, el fotógrafo de la expedición.

Tres días después de la muerte de Kafka, el 6 de junio, Edward Norton fotografió por última vez con vida a Mallory e Irvine

Desde una fisura a 7.920 metros de altitud, a las 12:50 de la mañana de ese funesto 8 de junio de 1924, Odell vio a Mallory e Irvine “moviéndose rápidamente en su intento por alcanzar la cumbre”, supuestamente por encima del Segundo Escalón (8.484 metros), una pared vertical que muchos dudan que pudieran superar con los equipos de la época. Entonces, “se desvaneció aquella fascinante visión, una nube la envolvió de nuevo”. No se les volvió a ver y el misterio de si lograron su objetivo todavía perdura casi un siglo después.

En el campamento base situado a los pies del glaciar de Rongbuk, donde la expedición llegó el 29 de abril, todavía hay una inscripción de piedra en recuerdo de Mallory junto a una placa de mármol más moderna que perpetúa la memoria de todos los alpinistas fallecidos en las pioneras expediciones británicas de los años 20 a la gran montaña. Hay que dejar atrás las tiendas fijas del campamento base y torcer a la izquierda para encontrarlas. Desde el montículo de piedras se disfruta de unas sensacionales vistas de la cara norte del Everest, frente a la que únicamente cabe el silencio. A un lado se encuentran las tradicionales banderas de oración tibetanas, agitadas por el frío viento del Himalaya. Desde este mismo lugar, Mallory escribió a su esposa Ruth:

“Si algo nos puede ayudar, es la determinación de continuar adelante cuando nos encontremos cansados y faltos de energía, determinación que nos permitirá superar las dificultades y avanzar”

¿Lo consiguió? Su amigo Geoffrey Winthrop Young, quien lo conocía muy bien y con el que había compartido muchas horas de escalada, no tenía dudas. “Hubiera sido difícil para cualquier alpinista darse la vuelta habiendo superado ya la principal dificultad. Para Mallory hubiera sido imposible”.

“Hubiera sido difícil para cualquier alpinista darse la vuelta habiendo superado ya la principal dificultad. Para Mallory hubiera sido imposible”

El 10 de junio seguía sin haber ni rastro de ellos. Sus compañeros los dieron por muertos. Al día siguiente, en la vieja Europa, un centenar de amigos despedían a Franz Kafka en el nuevo cementerio judío de Praga. Se escuchó alguna oración en hebreo. Cuando se bajó el ataúd, su última compañera, Dora Diamant, se desplomó. Sólo se escuchaba caer la tierra sobre su féretro. “Era clara, pesada, barrosa, con pedacitos de piedras desmoronadas, llena de guijarros cayendo estrepitosamente sobre la tapa del ataúd”, recordó después Johannes Urzidil, uno de los integrantes del cortejo fúnebre.

Hoy, quienes se acercan a la tumba de Kafka, allí donde reposa “este cuerpo mío sacado de un cuarto trastero”, suelen introducir exvotos en los intersticios de su lápida, seguramente uno de los rincones más abrumadores de todo Praga. Yo al meno espero que haya cumplido «el anhelo de una luz sin sombras» por el que suspiraba.

Hoy, quienes se acercan a la tumba de Kafka, allí donde reposa “este cuerpo mío sacado de un cuarto trastero”, suelen introducir exvotos en su lápida

Una semana después del entierro de Kafka, el 19 de junio de 1924, la viuda de Mallory y sus tres hijos recibían un telegrama anunciándoles la muerte del alpinista británico. Clare, una de sus hijas, nunca olvidó ese momento y, ya octogenaria, recordaba cómo su madre les llevó a la cama “y acostada con nosotros nos dio la mala noticia. Todos lloramos juntos”. Y nosotros con ellos.

 

Pdta.- Recomiendo a quien quiera ahondar en la vida de ambos personajes dos libros: “Franz Kafka. Diarios” (Editorial Debolsillo 2006) y “Vida y pasiones de Mallory”, de Peter y Leni Gillman (Editorial Desnivel 2001), de los que he tomado prestadas algunas de las citas que ilustran este reportaje.

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