20 años tarde en San Francisco

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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“Qué pena, llegué 20 años tarde”. Ese mantra me repetía ya en el aeropuerto camino de Utah como queriendo aceptar lo que me costaba entender. Había pasado seis días en San Francisco, la había recorrido con fervor con mi coche, en bicicleta, andando y la ciudad me había parecido un majestuoso coñazo.

Toda mi vida queriendo venir acá, escuchando que esta era la gran ciudad europea de los Estados Unidos, la moderna, la irreverente de izquierdas que daba jaque a moralidades e inventaba revoluciones urbanas. Ni rastro de todo aquello, quizá fui muy torpe en buscarlo aunque prometo que me debieron quedar pocos rincones por investigar. Lo que yo tropecé fue una ingente tropa de vagabundos a la que nadie prestaba atención, un barrio hippie convertido en geriátrico despeinado y un barrio gay que concibe que la irreverencia es enseñar el culo cuando se anda por la calle.

Llegamos a San Francisco en un día soleado, entonces no sabíamos que eso sería un lujo que suele ocultar con frecuencia la espesa niebla y el frió (¡en agosto!) y cruzamos el puente de Oakland con nuestro coche con la sensación de saldar cuentas pendientes.  Pocas veces llegué a un lugar con las expectativas tan altas de lo que había al otro lado, supongo que ese fue el error.

Teníamos alquilado un apartamento en la Golden Gate Avenue casi esquina Hyde Street. Estábamos cerca del Civic Center Plaza, el Opera House y a un pequeño paseo de las céntricas Union Square y Chinatown. Dejamos el coche en el parking y las maletas en nuestro muy pequeño pero agradable apartamento y salimos a disfrutar de la gran ciudad.

El espectáculo de la puerta nos sorprendió. Había decenas de vagabundos tirados por el suelo. Según íbamos bajando hacia Market Street la escena se hacía llamativa. La venta de marihuana era evidente, la vimos día y noche, y el estado de todas aquellas personas, muchas completamente borrachas, provocaba una cierta tristeza.

La venta de marihuana era evidente, la vimos día y noche, y el estado de todas aquellas personas, muchas completamente borrachas, provocaba una cierta tristeza

No nos dejó nunca esa escena en casi ningún lugar de la ciudad. Ves gente dando alaridos en medio de una calle con cientos de personas sorteándoles sin ni siquiera girar la cabeza. Los enfermos descansan arrojados en el asfalto con la misma posición con la que cayeron al suelo. Todo ahí, tan cerca de buenas tiendas, en San Francisco, en Estados Unidos, el imperio… Cuesta entenderlo, casi produce pena y asco la permisividad ante esa opulenta miseria.

En Union Square llegamos a la zona de tiendas. Salimos allí alguna noche o comimos algún mediodía. ¿Qué decir? Está bien, como tantos lugares, pero no me dijo nada nuevo ni especial. Chinatown, el barrio chino, tiene un cierto encanto por sus dimensiones. Me gustó más que el de Nueva York, aunque quizá la pequeña Chinatown de Los Ángeles me enganchara más. Vimos una mañana allí una ceremonia de inauguración de un edificio donde danzaban los dragones gigantes y tiraron miles de petardos. El paseo por sus calles es en todo caso imprescindible.

Desde allí está relativamente cerca el embarcadero, el famoso Pier 39 y el Marina District. Siguiendo en línea recta, pegado a la costa llegas hasta el Golden Gate. Nosotros la penúltima mañana alquilamos unas bicis e hicimos de nuevo toda esa ruta como la hacen cientos de personas, pedaleando.

Todo ese entorno es una especia de enrome centro comercial, junto al agua, lleno de restaurantes y tiendas cuya apoteosis es el Fisherman´s Warf. En el Pier 39 se ve además el muelle de los leones marinos, donde cientos de estos animales descansan en plataformas del puerto. Comimos en una ocasión en el famoso Crab House  donde las colas son largas y es mejor reservar. Bueno, lo mejor es no aguantar las largas colas ni la larga cuenta e irse a comer a otro lado donde el selfie es menos cool pero el cangrejo esté más bueno.

Esperamos casi 30 minutos para poder pedir algo que no nos pareció un trozo de azúcar negra fría que no estaba mal

Al fondo, camino del Golden Gate, está otro de los emblemas de la ciudad, la heladería Ghirardelli, una especie de emporio creado por un inmigrante italiano que arribó a la ciudad en 1982 y por el que los vecinos de San Francisco se matan por probar sus helados. Esperamos casi 30 minutos para poder pedir algo que no nos pareció un trozo de azúcar negra y fría que no estaba mal y nos sentamos en un parque a ver la isla de la  prisión de Alcatraz (casi todos los ferrys que llevan al penal salen junto al Pier 3. Es conveniente reservar con antelación plaza si se va en temporada turística).

Más allá, como dos kilómetros, está el famoso Golden Gate. Si vas en coche, pasas la mole de hierro rojo camino del famoso pueblo de  Sausalito y tienes a la derecha un mirador que está a nivel de las aguas desde el que hay buenas vistas del puente y de la ciudad. Algo más adelante sale un desvío en raqueta, como si volvieras a San Francisco, que te lleva al mirador alto pegado al puente (es desde allí desde donde se hacen las famosas fotos). Fuimos tres veces: dos la niebla no nos dejo ver nada y a la tercera conseguimos fotografiar el famoso puente antes de que llegara la niebla y no nos dejara ver nada.

Hacía dentro de la ciudad, nos acercamos un domingo al Golden Gate Park. Es un parque bonito, con algún museo interesante como el Young Museum de Arte, un lago simpático y un  ambiente cordial. Vaya, bonito se nos hacía poco, nos faltaba algo, nos faltaba marcha. Entonces tomamos el coche y comenzamos  una búsqueda frenética de esa ciudad irreverente que esperábamos.

Fuimos a Haight-Ashbury, el mítico barrio hippie de los 60. Hoy nos pareció más una colección de tiendas en las que se empaquetó y envejeció mal la utopía. “Bueno,lo hippie quizá falló”, pensamos, “pero nos queda Castro”. Y allí nos dirigimos conscientes de que nada podía fallar, que encontraríamos en el barrio gay de la ciudad un soplo de modernidad.

Lo de cruzarme con tipos vestidos en cuero negro que enseñan el culo la verdad es que ya no me parece provocativo

Debe ser que yo vivía en Madrid, donde en Chueca tienes bares, tiendas y restaurantes magníficos, en un ambiente homosexual y heterosexual de total libertad e integrador, que no necesita decenas de banderas colgadas de las farolas para hacer pandilla. Castro, el mítico Castro donde comenzó parte de los movimientos más trascendentes de lucha por derechos civiles de la comunidad gay, era a mis ojos una tranquila calle en cuesta donde lo más bonito y sorprendente que encontré fue la taquilla del Castro Theatre.

Lo de cruzarme con tipos vestidos en cuero negro que enseñan el culo la verdad es que ya no me parece provocativo ni creo que a los homosexuales que al menos yo conozco tampoco. La revolución de gays, feministas o heterosexuales machos acomplejados supongo que debe ser algo más interesante que enseñar un trozo de carne sin precauciones.

Entonces pensamos, ya algo azorados, que lo que ya seguro que no nos fallaba era el barrio de The Mission. Ahí ya encontraríamos el SF leído y escuchado. Y la verdad es que el barrio es curioso, muchos de sus muros tienen grafitis espectaculares, pero su magia es que en parte es el barrio latino y te venden burritos y tacos por todas partes. Claro, nosotros vivimos en México y la cosa latina forma parte de nuestro día a día y disfrutamos ya de los algo más interesantes originales.

Así que había que volver a buscar, algo fallaba. ¿Dónde estaba el San Francisco moderno que esperábamos? Y con el coche nos fuimos al Soma, Barrio Italiano, Japan Town, Marina District, la universidad de Berkeley (fabulosa), Oakland, Lower Haight y hasta a las oficinas de Google en Silicon Valley (donde no pasas sin invitación del Lobby en el que te intentan vender una camiseta). Íbamos en zig zag, buscando zonas de bares divertidas, galerías de arte rompedoras, restaurantes modernos, tiendas pequeñas de marcas sin marca,… Y nada. Veíamos algo, cenábamos en un sitio agradable o entrábamos a preguntar en alguna tienda suelta por una foto o una chaqueta.

Entre medias gastamos un día en hacer la muy recomendable ruta de vinos entre Sonoma y Napa, donde hay viñedos y bodegas muy interesantes, y paramos en Sausalito para cumplir con el requisito básico de tropezar siempre con un lugar que nos pareciera tan agradable como aburrido.

Nos rendimos cuando ya casi en la puerta de nuestro edificio vimos una luz de algo abierto: era una tienda que vendía donuts

La estocada final quizá fue ir a un fabuloso concierto en el San Francisco Jazz Center de una banda de Nueva Orleans. El espacio es genial, lo llevan voluntarios y la acústica fantástica. Parte del público escucha la música frente al escenario bailando y tu puedes pedirte una copa en tu banqueta alta. Estábamos eufóricos, terminó el concierto y teníamos ganas de disfrutar más, bajamos las escaleras contentos y al abrir la puerta vimos que los bares del recinto estaban cerrando a las ocho de la tarde y no encontramos en el camino a pie a nuestro apartamento nada abierto ni con gente. Nos rendimos cuando ya casi en la puerta de nuestro edificio vimos una luz de algo abierto: era una tienda que vendía donuts.

¿Qué hacemos? (la pregunta tenía algo ya de ansiedad contenida sicótica) Y nos fuimos a bajar otra vez  la famosa Lombard Street, la callecita de las curvas que el cine y la televisión no te explican que se hace tras una larga cola de coches, en primera marcha y al ritmo que marcan los selfies de la decena de vehículos que van delante. ¿Qué más  hacemos? Y se nos ocurrió una idea magnífica que hace siete años que no realizamos (viví cinco años en el sur de África y llevo dos años en México donde eso no existe): nos fuimos al Ikea de Oakland!!! Fue brutal, divertido, lleno de emociones. Con esa sensaciónya sí de euforia tomamos un avión de noche camino de Salt Lake City. Joder, costó pero al final encontramos el SF irreverente que habíamos imaginado.

 

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