Abandonado y sólo en medio de la selva

Por: Nacho de la Moneda (texto y fotos)
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23:26 p.m. del 20 de Junio de 2013, escribo estas líneas a 10 días de un vuelo a Lusaka (Zambia), me espera el interior de Mozambique. Tengo 41 años. En Madrid, la primavera ha sonreído más de lo habitual. La noche es fresca, si estuviera en Granada olería a jazmín. Ha pasado mucho tiempo, me fui con 18 años. Mirar atrás es siempre melancólico, aún encuentro algunos registros del adolescente que se marchó a Lisboa.

La foto en la que aparezco en este post es de 2005, la tomó Alberto A. Álvarez. Me la mandó por mail hace un par de semanas, ocho años más tarde de mi primer viaje al África Negra. Realmente se me ve agotado. Creo que cuando me levanté, algo de mí se quedó allí sentado para siempre. Junto a la foto, Alberto decía: Querido amigo, aún oigo el eco del golpeo de las defensas del gran Kúdu sobre la roca. Ese animal aún sigue vivo en mi memoria. Mi primera huella en la tierra del negro, la de mis ancestros, fue el hilo de seda bajo el cual,  yo, crisálida, pude oír el volar de las alas del viento.

Aún oigo el eco del golpeo de las defensas del gran Kúdu sobre la roca

20.05 p.m., Mkuze Falls Game Lodge (Zululand, R.D. de Sudáfrica). En el paraíso un Gin tonic siempre tiene un sabor sublime. Era el primero de esa tarde y lo mordía a tragos grandes. Me podéis ubicar en uno de los Lodge más estelares de África. Mi cabaña victoriana se alza sobre el lecho seco de las cataratas Mkuze. La cama es gigante, y se encumbra en el marfil de dos enormes colmillos de elefante. Las mosquiteras se recogen blancas como estela de hadas. El segundo Gin tonic reposa entre la botella de G-Vine y mi mano derecha. El resto es solo hielo y limón. Sin pensamientos, mi cuerpo se sumerge en el jacuzzi bajo el cielo desnudo y anaranjado de África. Puedo oír a un elefante cercano.

Vivir dentro de las costumbres y comodidades coloniales, es algo realmente confortable. Contemplar cómo pudo ser la vida de Karen Christence (Meryl Streep)  y Denys George (Robert Redford) en memorias de África, es todo un descubrimiento. incluso se pueden percibir parecidos aromas e interpretaciones sobre las poblaciones indígenas. En mi caso junto a la etnia Zulú. Yo no encontré un gran amor en África, pero superé nuevos umbrales y alcancé a conocer registros que siempre me acompañarán.

Yo no encontré un gran amor en África, pero superé nuevos umbrales y alcancé a conocer registros que siempre me acompañarán

Como cualquier otra parte del mundo, el continente de adobe se puede conocer desde la ventana de varios trenes. Para mí lo más recomendable es alejarse de las enormes y superpobladas ciudades, donde la vida más relajada nos permitirá penetrar y conocer mejor la personalidad de lo cotidiano de sus etnias. Sin lugar a dudas los parques naturales nos pueden ofrecer, la visión de gran cantidad de vida salvaje desde un 4×4 adaptado para su uso fotográfico. En cambio a nuestra vuelta nuestras botas seguirán tan nuevas como a nuestra llegada.

En mi caso, como Europeo, África es en gran parte lo leído en las páginas sobre la vida Standley, Sherpa Pinto, Bongo Park, Livisgtone, J. Hunter o Briden.  Personajes que describieron con orgullo un continente realmente apasionante, lleno del placer de la aventura y no exento de penurias y peligros. Quijotes que nos pueden enloquecer con solo unas cuantas líneas de su lectura. Historias sobre los hombres mono, o los pigmeos (los “hombres-niños”), cazadores como jamás se hayan conocido antes, capaces de abatir solo con un arco y flechas desde pequeños antílopes hasta elefantes e hipopótamos. África es la huella del Bongo en la Selva del Camerún, del bosquimano o de la Cebra Huffman en las montañas Thomas Hotman.  África aún se puede descubrir y animo a hacerlo sin dejar de leer la mano de los grandes aventureros.

Capaces de abatir solo con un arco y flechas desde pequeños antílopes hasta elefantes

Dejo el tercer Gin Tonic para la cena, siempre hay entretenidas y animadas conversaciones entre los viejos Boers. Me sumerjo bajo el agua. Tan solo unos segundos en el líquido amniótico son suficientes para realizar una elipsis, un flash back de unas cuantas horas. Hoy, algo, quizás como crisálida, voló, se paró, me miró, se convirtió en gacela y corrió.

Hace tan solo dos horas, miraba el cauce seco de un río. Sentado sobre una roca, el sombrero se escurría por mi frente, uno de los trakers quizás con más miedo que yo, me mostraba las huellas de un leopardo. Depredadores los tres, perseguimos la misma presa. Las últimas cinco horas las hemos pasado sedientos como hienas, siguiendo timidísimos restos de sangre. Hago un gran esfuerzo por seguir el ritmo de los trackers. Llevamos medio día de intensa caminata e intento leer sobre el terreno lo que ellos interpretan. La Sabana quedó atrás en un vago y amarillo espejismo. Siguiendo el rastro de un gran Kúdu herido, hemos ascendido hasta las manchas de bosque espeso que se alzan sobre la planicie. Miro hacia atrás y puedo distinguir algunos grupos de Red Hartebeest, algunos ñus y cebras de planicie. El horizonte se pierde en incontables colinas iguales e infinitas. Desde alguna de ellas partimos esta mañana.

Las últimas cinco horas las hemos pasado sedientos como hienas, siguiendo timidísimos restos de sangre

El sol ya no quema tanto, unos cuatro kilómetros atrás un gran elefante había cortado nuestra silenciosa línea recta en caravana de 7 u 8 personas. El paquidermo ramoneaba tranquilamente, nosotros petrificados. A esta distancia se puede oír la digestión del animal. Alberto, Javier, el cazador profesional y unos cuantos trackers zulúes nos ocultamos tranquilamente entre la maleza. Realmente fue un mal, muy mal, momento. Creo que dejé de respirar durante un par de minutos, al ver tan cerca la majestuosidad de tan imponente animal. Es difícil saberlo pero seguramente, de haber cambiado el viento, nos habría cargado con toda su potencia, y a buen seguro estaríamos lamentando la perdida  de algún miembro del equipo.

Como nota de humor, recuerdo que volví a respirar cuando más de 4 metros del cuerpo de una pitón de roca africana cruzaron a un par de metros de mis botas. No pude saber su longitud total, ya que no llegué a ver su cabeza. Esta especie puede superar los siete metros. Poco a poco retrocedimos, previendo la presencia de algún otro paquidermo en la zona que no hubiéramos visto ni oído, no íbamos a tener siempre el viento a nuestro favor. Ahora recuerdo la escena mientras escribo y pienso que fue como quién aprende a montar en bicicleta y solo tiene una oportunidad para hacerlo.

Nos comportábamos como un grupo de perros salvajes persiguiendo a su presa

Nos comportábamos como un grupo de perros salvajes persiguiendo a su presa.
Hace ya un buen rato, que sabemos que nos hemos perdido aunque me da la sensación que carece de importancia. Los Zulús, siguen y siguen. Motivados por la excelente calidad de la carne de antílope, solo piensan en encontrar el animal. A menudo discuten por cosas que no entiendo para luego seguir en una nueva dirección durante otros tantos kilómetros. Nuestro White Hunter tampoco para de trotar, creo que hemos pasado por el mismo sitio varias veces. Ayer le vi beberse más de 30 cervezas y esta mañana hizo lo mismo con otras tantas, así que empiezo a pensar que la seguridad que transmite es fingida. Creo que está tan loco como la risa de un bosquimano. Esta circunstancia no me tranquiliza, quiero reír pero no puedo hacer ruido.

Hemos llegado, seguramente por el azar, a una mancha de vegetación espesa, no logro ver nada más allá de unos cinco metros. A pesar de que quiero no aparentar debilidad me encuentro agotado y sediento. La circunstancia de que un leopardo esté dejando huellas por delante de nuestro paso no es muy reconfortable. Estamos perdidos, el grupo se ha dividido, no llevamos agua y los zulús no quieren salir de aquí hasta que tengan su botín de proteínas. ¿Puede ser mayor el caos?

Los zulús no quieren salir de aquí hasta que tengan su botín de proteínas

Por momentos empecé a comprender el difícil equilibrio de la itinerancia de la vida en África, y la escasa importancia que tiene todo aquello que no sea el deseo presente.
Dos trackers se enzarzan en una discusión más sobre el itinerario a seguir. Como sombras al apagar una luz desaparecen en busca de señales e indicios del gran Kúdu. Percibí que me quedé solo. No sé por qué pero acepté esa situación. Aquí la gente desaparece como el que sale del cine y se despide con un adiós. Éramos tres y ahora soy uno, hace unas horas el grupo lo formábamos 8 y en cualquier momento podemos ser dos, el leopardo y yo.

El cauce del río está seco de ser humano, la boca de metro se ha quedado vacía, miro a mi alrededor sin prisa y sin ganas, no veo a ningún zulú. ¿Dónde están sus caras?, ¿Dónde están sus voces?, ninguna señal me llega, todos han desaparecido…Estos tíos han pasado de mí. El agotamiento y el cansancio me observa con ojos felinos.

Me siento en una de las piedras del cauce, aprendo que se puede llorar sin lágrimas

Me siento en una de las piedras del cauce, aprendo que se puede llorar sin lágrimas, es como un llanto de pecho. Oigo el volar de las alas del viento como animas que vuelan en estampida, no es un mal sitio, pero no es un buen momento. Abro los ojos en uno de esos oasis de ánimo que te deja el cansancio. Un ejército de miles y diminutas garrapatas han elegido mi ropa para hacer maniobras, las miro con indiferencia, no me importa nada.
Sigo sujetando el ánimo durante más de quince minutos. Oigo la obturación de la Nikon de Alberto inmortalizando mi situación. Ha llegado hecho un cristo con uno de los trackers, tan perdido y cansado como yo. Se alegra de verme, me saluda y sigue andado. Me levanto, al rato oigo cantar a los zulús.

Lo ocurrido en estas líneas sucedió durante el transcurso de la filmación de un documental sobre la vida salvaje y la caza de grandes antílopes junto a la etnia Zulú. Para cualquiera África sigue teniendo la capacidad de sorprender. Es tan grande y extensa, que si se sabe elegir, cualquier rincón puede esconder el lugar perfecto para empezar a desmadejar el hilo de la crisálida que todos llevamos dentro.

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Comentarios (7)

  • Lola

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    Me ha encantado, me ha divertido mucho leer esta historia. Gracias.

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  • Juan

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    Apasionante experiencia!. y…¿qué fué del leopardo?; ¿os comisteis el kudú?

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  • Javier Rodríguez

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    Nacho, me ha encantado. Has alimentado mi deseo de cazar en África. Gracias!!

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  • Merçe

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    Chico eres grande!

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  • Mercedes

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    Nacho me has llegado!, está genial…sigue así. Un abrazo.

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  • Flor Orozco

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    Me ha encantado. Es genial y me gusta mucho la revista. Le he dejado un comentario, pero no sé si se habrá registrado porque, al darle al enter, otra vez me he salido de la página. En cualquier caso, Nacho es un gran escritor y, con él, he oído el sonar de las alas de mariposa. Me ha enganchado tanto como mi apreciado Mankel que, por cierto, tiene un libro titulado «el ojo del leopardo» y es otro enamorado de Africa.

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  • Alfredo

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    Fantastico relato, logra totalmente transitir la experiencia rica y envidiable.

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