De Pinto a Pastrana: la última ruta de la Princesa de Éboli

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje
¿Qué tienen en común los municipios madrileños de Pinto y Santorcaz con el castellano-manchego de Pastrana? Sobre todo, la mirada de una mujer, la tuerta más famosa de la historia de España, el parche más vilipendiado de ese imperio en el que no se ponía el sol.

Los anaqueles de las tres villas dan cuenta de una prisión atroz, de un cautiverio que conmovió a la España del siglo XVI, de habladurías sin cuento. Es, en definitiva, la memoria puntual del declive de una mujer doctorada en ambiciones, tan pródiga en intrigas como maltratada por la historia, que se atrevió a echar un pulso al monarca más poderoso de su época, Felipe II: doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la princesa de Éboli. “Viajes al Pasado” recorre en esta ocasión, movido el viajero de una indisimulada simpatía hacia la atolondrada vida de la Éboli, los lugares de su prolongado encierro, las estancias que atemperaron su arrogancia, los muros que vieron marchitar sus sueños de poder.

El frío de Pinto

A veinte kilómetros de Madrid en dirección sur, Pinto es la primera parada de este viaje. En esta ciudad comenzó el cautiverio de doña Ana la noche del 28 de julio de 1579. Cansado de sus intrigas, Felipe II había ordenado su prisión y la de su secretario, Antonio Pérez, al descubrir que le habían embaucado para consentir el asesinato de la mano derecha de don Juan de Austria, Juan de Escobedo, para que éste no desvelara su doble juego con los insurgentes de Flandes. Hasta aquí llegó la princesa en carroza escoltada por medio centenar de soldados de la Guardia real, alentando a su paso los rumores entre la sorprendida ciudadanía. La leyenda apunta, incluso, que el propio Felipe II salió a la calle de forma anónima para ver con sus propios ojos que su orden se cumplía.

El lugar donde estuvo presa doña Ana durante seis meses (y posteriormente el mismo Antonio Pérez, su mujer y sus hijos), la torre de Pinto o de Éboli, todavía se mantiene en pie, pero no se puede visitar porque es de propiedad privada, aunque los esfuerzos del Ayuntamiento pinteño han conseguido que abra sus puertas unas pocas veces al año. De la antigua muralla, sin embargo, no queda ni rastro.
En este torreón de tres pisos, donde estuvo acompañada de varias sirvientas, la princesa de Éboli sintió en sus huesos el frío de la meseta castellana y su salud se deterioró muy pronto, lo que ablandó la determinación del rey. Pero en el cambio no salió ganando. Su destino, a partir de febrero de 1580, era el castillo de Santorcaz, una antigua cárcel de clérigos reconvertida en prisión de hombres ilustres.

Santorcaz: el castillo que sólo es torre

Para dirigirse hacia Santorcaz, en las proximidades de Alcalá de Henares, hay que mirar hacia el este. Por la carretera de Barcelona (A-2), hay que desviarse, antes de llegar a Guadalajara desde Madrid, en el km. 38, en dirección a Santos de la Humosa. A cinco minutos en coche de este último municipio se encuentra la pequeña villa de Santorcaz, encaramada en un cerro que dominan los vestigios del antiguo castillo, situados en la plaza de San Torcuato. El viajero pregunta a un lugareño por el castillo. “Aquí no hay ningún castillo -dice acertadamente-, sólo una torre más antigua que para qué…”. A esa torre antigua se dirige el viajero mientras los niños del pueblo recogen pétalos de rosa para la procesión del Corpus. En Santorcaz, por lo que se ve, este jueves sigue reluciendo más que el sol.

El viajero pregunta a un lugareño por el castillo. “Aquí no hay ningún castillo -dice acertadamente-, sólo una torre más antigua que para qué…”

El torreón, situado junto a la iglesia parroquial, está coronado por una cruz de hierro, un arbusto rebelde que otea el cielo de Castilla y un árbol solitario del que cuelgan despojos de una bandera descolorida. Del castillo, efectivamente, poco se conserva, salvo un tramo de muralla y uno de los antiguos arcos de acceso. No hay, tampoco, placa alguna que recuerde el cautiverio de la princesa de Éboli. En el atrio de entrada de la iglesia, sin embargo, sí se guarda memoria de otro preso ilustre del castillo: el cardenal Cisneros (cuando todavía no lo era). Aunque según reseña Gregorio Marañón, en su biografía de Antonio Pérez, el de Santorcaz “era edificio más amplio y mejor amueblado que la torre de Pinto”, el frío inclemente seguía haciendo mella en su mermada salud. Finalmente, la mediación ante la Corte de su yerno, el duque de Medina Sidonia, sirvió para que Felipe II autorizara su traslado, en febrero de 1581, al palacio de la familia Mendoza en Pastrana.

Pastrana, “cárcel de muerte”

Sin necesidad de volver a salir a la A-2, el viajero circula por carreteras comarcales hasta la villa de Pastrana, donde llega tras escasa media hora al volante. El Palacio Ducal está situado en la Plaza de la Hora, rodeada ahora de talanqueras para el encierro sabatino de las fiestas del Corpus, en el que se anuncian “dos reses dos” de la acreditada ganadería zaragozana de “Los Maños”.

En sus primeros meses de estancia aquí, la princesa de Éboli se las prometía muy felices. Incluso llegaron a propagarse rumores sobre fiestas y visitas furtivas de Antonio Pérez a su amante. Felipe II valoró enviarla a un convento en Andalucía, pero al final, sobre todo tras la fuga a Aragón de Antonio Pérez, optó por endurecer las condiciones de su reclusión. Confinada a la torre oriental del palacio (donde, cuentan, sólo se le permitía asomarse a la ventana enrejada una hora al día, de ahí el nombre de la plaza), doña Ana languideció durante diez años maldiciendo su suerte en unos aposentos “hechos cárcel de muerte, oscuros y tristes”. El palacio y las habitaciones donde se desarrolló su cautiverio se pueden visitar. La Oficina de Turismo organiza dos visitas guiadas diarias, pero si no se reúnen más de cinco personas se cancela el recorrido.

El último reposo de la princesa

No hay que irse de Pastrana sin dirigir los pasos a la antigua Colegiata de la Asunción. Allí, a la derecha del altar mayor, se encuentran los sepulcros de los padres de doña Ana, los príncipes de Melito y duques de Francavila. “Prendas de obligación, no del olvido, contiene este sepulcro”, reza el epitafio colocado por su nieto, fray Pedro González de Mendoza (que fue arzobispo de Granada y Zaragoza), hijo de la princesa de Éboli y mecenas de Pastrana, cuyos restos reposan junto a los de sus abuelos.

Pero el sepulcro que busca el viajero es el de la princesa de Éboli, enterrada en la cripta del templo junto a su marido, el portugués Ruy Gómez de Silva, del que enviudó a los 34 años. Don Emilio, el párraco, insiste en que el museo parroquial merece la pena. La visita, la verdad, es ineludible (2,5 euros la entrada), aunque sólo sea para admirar el impresionante catafalco funerario de paño negro, escoltado por candelabros de ébano, que perteneció a los Duques de Pastrana y en el que, por ejemplo, fue amortajado Ruy Gómez de Silva en 1573. En el museo también se exhiben algunos objetos que pertenecieron a la princesa tuerta, como un cordobán (baúl repujado), un arcón de palo santo, una cruz de cristal de roca, un pebetero de plata y nácar y un manuscrito firmado por ella.

Reacio a dejar hacer fotografías a los visitantes, incluso sin flash, el párroco permite sin embargo al viajero una instantánea del sepulcro de mármol de la princesa de Éboli, donde sólo está cincelada la siguiente leyenda: “Aquí yace doña Ana de Mendoza y Cerda. Murió en Pastrana año 1592”. Debajo de la urna funeraria se encuentra la de Gómez de Silva. Y es que hasta en la muerte, la princesa de Éboli no podía tener nadie por encima.

el camino
Lo mejor es cubrir la ruta en coche, pero a Pinto, por ejemplo, se llega en el Cercanías desde Madrid. De hecho, la Torre de Éboli está muy cerca de la estación de tren. Para llegar a Santorcaz y Pastrana, la arteria que sirve de referencia es la A-2, la autovía de Barcelona, desde donde hay que desviarse por carreteras secundarias de escaso tráfico.

una cabezada
El viajero hizo el recorrido en el día desde Madrid, así que no tiene ninguna propuesta que hacer, aunque le hablaron bien del hotel Palaterna (www.palaterna.com), donde la habitación doble sale por 60 euros.

a mesa puesta
Esta vez la recomendación es de tapas. El viajero guarda un inmejorable recuerdo de “Casa Seco”, en Pastrana, en el cruce de la calles Mayor y del Casino de Pastrana, a un paso de la plaza de la Hora. Desde la carretera, se llega en un santiamén descendiendo por el empinado callejón de los toros. Con un siglo de historia a sus espaldas, el alarde de gazpacho casero y tapas de arenque y tortilla de patata bien merece una parada. Un retrato de la princesa de Éboli (que ilustró los actos conmemorativos del cuarto centenario de su muerte), confundido en unas paredes repletas de carteles taurinos, recuerda al viajero que Pastrana no se ha olvidado, cuatro siglos después, de su vecina más ilustre. Un motivo más para pedir otra mahou.

muy recomendable
Un libro tan voluminoso como interesante, “Antonio Pérez”, de Gregorio Marañón y otro igualmente histórico pero más divulgativo, de Manuel Fernández Álvarez: ”La princesa de Éboli”.

La página del Ayuntamiento de Pastrana (www.pastrana.org) ofrece abundante información sobre la historia de la villa. VaP agradece a su oficina de turismo la colaboración prestada para la realización de este reportaje.

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Comentarios (1)

  • Juancho

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    Genial, Richi, como siempre. Estuve hace poco en Pastrana, y merece la pena la visita.

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