Me gustaba madrugar y asomarme a estas playas sin toallas, a sus horizontes de seda, al hipnótico centelleo del Índico, a los dhows mecidos con parsimonia por el océano, un día cualquiera en las playas de Zanzibar. Caminar por la arena mientras los buscavidas nos salían al paso, arrimarme a los tenderetes de kangas y kikois que persiguen la sombra de los palmerales como un condenado suplicando clemencia, recorrer los muelles de madera de telares agitados por el viento, escuchando el rumor de las olas que no tienen que competir con nada por dejarse oír. Y observar a mi alrededor, sobre todo.
No me gusta la playa, vaya por delante. Pero esto era otra cosa. Con la primera luz del día o al atardecer, se trataba de un formidable espectáculo en el que sólo había que sentarse y abrir bien los ojos. Entonces, pasados unos minutos, uno tenía la sensación de haber interrumpido un sueño. Pocos paisajes más oníricos que éste para un extraño acostumbrado a las playas vocingleras donde hay que madrugar para arrancar un pedazo de arena, donde la música ahoga el murmullo del mar, donde caminar por la orilla es una carrera de obstáculos. La playa, en fin.
Pasados unos minutos, uno tenía la sensación de haber interrumpido un sueño. Pocos paisajes más oníricos que éste
En Zanzibar, sin embargo, la perplejidad era tal que daban ganas de llamar a alguien para contárselo: «He descubierto el paraíso, o algo parecido, pero no se lo digas a nadie». Y en ese silencio cómplice pasaban los minutos, mientras los niños hacían cabriolas sobre la arena como si acabasen de descubrir el mar, con la sonrisa ancha y la curiosidad infinita. Pienso a menudo en esas playas que hubieran encandilado a Sorolla, en las ngalawas oscilando sobre el mar, en las velas latinas difuminadas por la calima. Era una playa surcada por bicicletas y alguna que otra moto en la que, de repente, irrumpía un grupo de colegialas a las que el viento inflaba sus hiyab como cucuruchos resistiéndose a volar. Iban o venían del colegio y sólo se escuchaba el murmullo de sus risas. Imposible imaginar una ruta escolar más idílica. Un niño paseaba con un mono atado a una cuerda. Resultaba difícil saber quién tiraba de quién.
A lo lejos asomaba la inconfundible silueta de un masai con su ristra de abalorios en la mano. Lejos de la sabana, los masai pierden su aúrea y parecen verbos sueltos buscando una rima. Los ambulantes no tienen piedad con ellos. «Son masais de pacotilla -me susurra uno de ellos-, beben cerveza en lugar de sangre de vaca».
De repente, irrumpía un grupo de colegialas a las que el viento inflaba sus hiyab como cucuruchos resistiéndose a volar
El sol que obliga a entornar los ojos se confunde, sin previo aviso, con un chaparrón tropical que a nadie inmuta. Las tumbonas de los turistas, arrimadas a los hoteles como puestos de observación de la fauna costera, están vacías. La mayoría prefiere la comodidad de la piscina del daikiri con hielo. Estamos sentandos aquí, solos, empapándonos de este mar, mientras las maletas esperan en recepción el viaje al aeropuerto. Todavía no tenemos los billetes de avión, pero esto es Tanzania, donde todo termina por salir inesperadamente bien y resulta estéril preocuparse por nimiedades como tener que subirse a un avión sin billete.
Cuando busco motivos para hacer las paces con la playa pienso a menudo en esa Zanzibar que hubieran encandilado a Sorolla
Los pasajes aparecerán en el último suspiro, a punto de facturar en la calle el equipaje. Eso será después, pero unos minutos antes la mirada aún se vacía en el Índico, donde los pescadores faenan como si todo el mar fuese suyo, mientras los rayos de sol titilan sobre el agua invitándote a no abandonar este sueño. Y ahora, claro, cuando busco motivos para hacer las paces con la playa pienso en Zanzibar. Y me cuesta saber si estoy despierto.








