Gondar: la Camelot africana

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
Previous Image
Next Image

info heading

info content

el viaje
A los pies de las montañas de Simien, Etiopía guarda en sus entrañas un legado tan valioso como desconocido. ¿Quién esperaría darse de bruces con la silueta de varios castillos de corte medieval en pleno corazón de África?

Si viajar es alejarse de los estereotipos y darle la espalda a los prejuicios, dirigirse a uno de los países más pobres del mundo para acercarse a un trozo de su sorprendente historia obliga a sobreponerse a las imágenes con las que Occidente ha etiquetado a la antigua Abisinia: un territorio asolado por las hambrunas y las sequías repleto de niños de vientres hinchados. La recompensa merece la pena y Gondar es, desde luego, parada obligada. Esta localidad del norte de Etiopía cuyo nombre evoca en el viajero el tenebroso universo de Tolkien acogió, cuatro siglos atrás, el esplendor de una ciudad imperial cincelada a imagen de las viejas urbes medievales europeas, lo que le ha hecho ser conocida como la “Camelot de África”. Hoy, seis castillos y un puñado de edificaciones menores siguen en pie para recordar a los visitantes que Gondar fue, durante dos siglos, la capital del reino cristiano más antiguo del continente negro (abrazó ese credo en el siglo IV, pocos años después de que lo hiciera el emperador romano Constantino).

“Abierto” a las mujeres

En un país en el que la mayor parte de las carreteras estan todavía haciendo méritos para merecer ese nombre (gracias en buena medida a la tenaz inversión china), llegar hasta Gondar por tierra es un ejercicio de paciencia. Los 740 kilómetros que la separan de la actual capital etiope, Addis Abeba, no deben llamar a engaño. Para recorrer esa distancia hacen falta al menos dos días y una parada en Bahar Dar, a orillas del lago Tana, donde nacen las fuentes del Nilo Azul. Superar los 50 kilómetros por hora de media es toda una hazaña.

Para recorrer esa distancia hacen falta al menos dos días y una parada en Bahar Dar, a orillas del lago Tana, donde nacen las fuentes del Nilo Azul. Superar los 50 kilómetros por hora de media es toda una hazaña

El recinto está amurallado y para entrar hay que pagar 50 birrs, la moneda local, por persona (menos de cuatro euros). El guía no es obligatorio, pero conviene contratar sus servicios porque a lo largo del recorrido no hay ningún cartel informativo. El viajero cierra el trato en otros 150 birrs (doce euros). Una gran pancarta corona la puerta oriental de acceso. “El turismo abre las puertas a las mujeres”, reza en inglés y en amárico, el idioma oficial. Pero el eslogan está muy lejos de cumplirse, pues en muchas iglesias de Etiopía todavía se les prohíbe el acceso.

La ayuda portuguesa

El castillo de Fasilidas destaca sobre todo el conjunto. Su altura, más de 30 metros, sus cuatro torreones y su torre almenada ofrecen una estampa de otro tiempo y lugar, que hace frotarse los ojos al visitante. El edificio lleva el nombre del rey que impulsó su construcción, Fasilidas, el monarca que rompió con el catolicismo que su padre, Susinios, había abrazado y expulsó a los jesuitas del país para regocijo del clero ortodoxo local. Para hacer realidad su sueño “renacentista”, Fasilidas se benefició de los conocimientos de los portugueses (cuya presencia en el país se remontaba ya un siglo atrás, cuando Cristóbal de Gama, hijo de Vasco de Gama, acudió en socorro del reino a sofocar una revuelta musulmana). Sus sucesores se encargarían de engrandecer su obra sumando al castillo original otros cinco, además de baños, sauna, archivo, sala de música y hasta un pequeño zoo de leones enjaulados, conectado todo por intrincados pasadizos subterráneos.

El castillo principal sobrevivió a la rebelión mahdista de Sudán en el siglo XIX, a terremotos y expolios, e incluso a los bombardeos británicos durante la Segunda Guerra Mundial, pues los italianos, empeñados históricamente en hacer de Abisinia su colonia africana, lo utilizaron como cuartel general durante la contienda. Todavía hoy perdura el retrete que utilizaban los soldados italianos, muy cerca de las aspilleras, lo que les permitía no bajar la guardia ni siquiera en el baño. Desde la azotea de la fortaleza, en los días claros se puede adivinar en la distancia el lago Tana al otro lado de los frondosos bosques que rodean Gondar.

La piscina del emperador

Pasear por las estancias vacías del Palacio de Iyasu, otro de los castillos de este insólito recinto, es hacerlo por los rescoldos de un esplendor marchito. Sus paredes ya no lucen los tapices de antaño y en lugar de los adornos de oro y marfil sólo hay piedra desnuda. Pero no es difícil imaginarse la impresión que debió provocar la visión de una fortaleza de estas hechuras en unos súbditos acostumbrados a vivir en humildes chozas.

A sólo unos minutos en coche de esta ciudadela imperial, junto a la carretera que lleva a Bahar Dar, se encuentran todavía los baños del emperador Fasilidas, una gran piscina de casi 3.000 metros cuadrados donde ahora, al igual que entonces, se celebra cada mes de enero la fiesta del Timkat (Epifanía). Colmada la alberca con agua de un río cercano (una tarea que, cuentan los lugareños, dura dos días), los feligreses se arrojan en masa para purificarse en una festividad rebosante de cánticos y colorido. Al terminar la ceremonia, el agua se devuelve al río en justa reciprocidad. Cuando el viajero acudió al lugar, el edificio de dos pisos que se levanta junto a los baños estaba tomado por andamios de ramas y troncos y no se permitía el paso, pero normalmente se puede visitar con la misma entrada adquirida en el recinto real.

el camino
El viajero voló vía Roma. Desde la capital italiana hay frecuentes vuelos a Addis Abeba con Ethiopian Airlines. Para llegar a Gondar se puede optar por una hora de avión (hay vuelos diarios desde Addis) o por dos días de coche por carretera (740 km) haciendo una parada para dormir en Debre Markos o, mejor, en Bahar Dar, a orillas del lago Tana.

una cabezada
El hotel Lammergeyer es un remanso confortable donde las habitaciones están limpias y el agua de la ducha sale caliente. Su terraza al aire libre hace olvidar a los clientes cualquier penalidad del viaje. Tomarse una cerveza St. George de medio litro (la medida habitual en Etiopía) mientras atardece es un placer impagable siempre que la lluvia no se entrometa.

a mesa puesta
Si el viajero no quiere sumergirse en la gastronomía local con una inyera, una masa de harina de teff (cereal autóctono de sabor un tanto amargo) que acompaña cualquier plato etiope, acérquese al Golden Gate Restaurant. Resulta fácilmente reconocible: es un mirador suspendido entre dos edificios muy próximo a la Piazza, el punto neurálgico en torno al cual gira la vida cotidiana de la ciudad.

muy recomendable
-El monasterio de Debre Birhan Selassie, a un paso del centro de Gondar, cobija en su techo unos formidables frescos del siglo XVII con el rostro de ochenta ángeles alineados, una sugerente imagen que, sin duda, es una de las cartas de presentación de Etiopía en el mundo. Como en todos los templos, hay que descalzarse antes de entrar.
-Tres libros: “Dios, el diablo y la aventura”, Javier Reverte, “Etiopía: hombres, lugares y mitos”, de Juan González Núñez, y “Etiopía: un rostro con tres miradas”, de Javier Gozálbez y Dulce Cebrián.

  • Share

Comentarios (2)

  • Rimbaud

    |

    Estuve en 2005 recorriendo el país. Me encantaron sus gentes y sus paisajes. Viva el país que presume de no haber sido conquistado!!!
    felicidades por el reportaje

    Contestar

Escribe un comentario