El huracán Olga: del infierno al cielo

Por: Pedro Ripol (texto y fotos)
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Días de borrasca. Nos vemos mustios; el tiempo se siente mustio. Huraños, más callados, sin sonrisa, sin sol. Ansiamos su calor. De igual modo que los paneles solares cargan las baterías con su luz, así también nosotros aspiramos a que nos levante el espíritu. Pero no asoma. Atmósfera cargada, cerrada, plomiza. Frentes tormentosos que traen nubarrones, rayos, truenos y mucha melancolía.

Cielo gris, opaco, triste, que infunde desánimo. Nada que ver con aquel azul esplendoroso del que hasta entonces gozábamos de día, o la serena y oscura quietud de noches estrelladas. Anhelamos respirar otra vez el sol, sentir su radiación, sintonizar con su frecuencia. Necesitamos que nos recargue de nuevo el espíritu, el alma. No me extraña que el índice de suicidios sea mayor en los países de parecida climatología.
Remamos bajo la lluvia con vientos muy fuertes y rachas de temporal a más de 35 nudos. La indumentaria escogida no fue la adecuada para soportar estas inclemencias tan extremas, empapándose y calándonos hasta el tuétano. El agua fría recorre nuestra piel recordándonos que somos intrusos en este medio tan inhóspito, tan brutal. Al principio la tormenta nos hizo una cierta gracia, pero pasadas las primeras horas, ¡ninguna!

La indumentaria escogida no fue la adecuada para soportar estas inclemencias tan extremas

Aunque rondan los 19ºC, la misma temperatura pero con rachas de viento de más de 50 km/h, nos produce una sensación térmica de unos 7 a 9ºC. La capa límite de aire que rodea al cuerpo, de solo algunos milímetros de espesor, disminuye a gran velocidad a causa del agua y del viento.

El GPS nos indica que retrocedemos. La sensación es de impotencia. Intentamos remar aun a sabiendas de que no podemos avanzar contra la corriente y el viento. ¡Cuánto más va a durar esto? Nos tortura pensar que puede prolongarse durante semanas. El temporal provocado por la cola del huracán Olga nos ha desviado de nuestro rumbo más de 60 millas, 60 eternas millas que deberemos volver a remar. ¡Qué horror, nos estamos alejando de Barbados! Nuestros ánimos están por los suelos, no sé si esto puede significar los primeros síntomas del inicio de una depresión…

El temporal provocado por la cola del huracán Olga nos ha desviado de nuestro rumbo más de 60 millas

Ayer, en mi último turno del día, mientras bogaba apático y con mucho frío, pensé que quizá continuaba por no quedar mal frente a mi compañero, o no sabía exactamente por qué, pero las olas y vientos contrarios hacían que remara en vano, sin avanzar, como un autómata y con la mar cruzada. De pronto, noté un cambio de dirección del viento que hasta ese momento procedía del sur y roló al suroeste y de ahí al oeste.

La situación empeoraba: ahora me enfrentaba a un viento de proa totalmente contrario al rumbo requerido. Exhausto y frustrado, solté los remos; lo dejé por imposible. Pancho hubiera hecho lo mismo —me consolé, intentando quitar hierro al asunto—. Me sentí como un niño abandonado a su suerte; las bajas temperaturas y el aguacero incesante impedían evadirme de ese infierno helado. Me encontraba totalmente abatido, convencido de que aquello era insoportable, arrepentido de habernos embarcado y asustado por si no salíamos vivos.

Me encontraba totalmente abatido, convencido de que aquello era insoportable

Pasado un buen rato, la brisa volvió a rolar pasando del oeste al norte y se me abrió un rayo de esperanza. ¡Bien!, exclamé. Ahora no sabía si irme a dormir —mañana sería un nuevo día— o seguir remando, pero los helados rociones de agua con que el viento me azotaba el rostro disipaban cualquier duda; estaba claro, debía irme a descansar inmediatamente. Resignado y ensimismado, observaba cómo la luna llena se reflejaba intermitentemente en un enfurecido mar negro, cómo aparecían y se esfumaban sus destellos en las encabritadas crestas de las olas.

Mientras miraba al horizonte sabía que la nueva dirección del viento nos permitía seguir con relativa facilidad hacia el sur y recuperar así parte de las millas perdidas en los días anteriores, pero… ya no tenía más ganas de remar, mi mente se había hecho a la idea de ir a acostarme. Mis párpados me sugerían que ya estaba bien, que un merecido descanso era lo que procedía en ese momento. Solo debía transportar mi cuerpo dos metros y tumbarme, abandonarme a un deseado letargo. ¡No! ¡Debo continuar hasta Barbados!, me grité sin pronunciar palabra. La idea retumbó en mi cerebro y me sacudió de forma abrupta. El viento del norte arreciaba cada vez más y las olas encontradas, las provenientes del sur y las nuevas del norte, chocaban con fuerza. Me armé de coraje y me aferré de nuevo los remos. Una euforia casi sobrenatural recargó mi cuerpo de energía. Quería, y ahora podía, deslizarme hacia el sur y eso me animaba. A pesar del frío de la noche y de ocupar un asiento incómodo y mojado, mi moral se alimentaba de un manantial inagotable de positivismo. Recordé que la característica principal de la gente que triunfa en la vida depende de su coeficiente de optimismo. Me puse a remar y a cantar.

Una euforia casi sobrenatural recargó mi cuerpo de energía. Quería, y ahora podía, deslizarme hacia el sur

Olvidado ya el cansancio, decidí seguir bogando hasta despertar a Pancho. No podíamos desaprovechar las nuevas y favorables condiciones meteorológicas. Casi se me olvidaba: al regresar a los remos, como no podía ser de otra manera, comenzó a descargar otro chaparrón que volvió a empapar lo ya mojado, pero así y todo valía la pena.

En cuanto a los huracanes, la Organización Meteorológica Mundial, en su informe de la temporada 2001 en relación con el Atlántico, informó que su actividad fue muy superior a la normal. Durante el mes de noviembre de ese año se originaron tres huracanes, lo que nunca se había registrado anteriormente. El huracán Olga —24 de noviembre a 6 de diciembre de 2001— fue considerado un ciclón inusual debido a que mantuvo características tropicales aún después de finalizado su ciclo regular. Se registraron quince tormentas con nombre, ocho de las cuales se convirtieron en huracanes. De junio a diciembre estos fenómenos provocaron vientos máximos constantes de 235 km/h (rachas de hasta 270 km/h) y alguno llegó a desplazarse a lo largo de 4.155 kilómetros, contabilizándose en total 90 muertes por su causa.

Para más información: www.atlanticoaremo.com

 

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Comentarios (1)

  • Juan Antonio Portillo

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    Mucho ánimo Pedro¡¡¡¡ sigue cantando con todas tus fuerzas.
    Gracias por tu relato.

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