Tallin: regreso a la ciudad encantada

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Volver a un lugar que te ha cautivado tiene sus riesgos. Es como echarle un pulso a la memoria. Casi siempre tienes las de perder. ¿Cuántos recuerdos fabulosos, idealizados con el paso del tiempo, se han desmoronado por una nueva visita decepcionante? A mí me vienen a la cabeza unos cuantos. Hay rincones del mundo tan especiales a los que es mejor no regresar nunca para no tentar al azar. Quedarse con el botín emocional de lo vivido es suficiente recompensa. ¿Para qué arriesgarse? Nosotros, además, tampoco somos los mismos y ese pellizco que antes nos estimulaba ahora quizá sólo nos empuja a una fotografía apresurada, al universal prurito del “yo estuve allí”.

Tenía miedo de regresar a Tallin diez años después. Entonces había pasado varios días en la capital estonia a cuenta de su inminente ingreso en la UE. Formaba parte de una delegación de plumillas invitados por la Comisión Europea (gentileza de mi buen amigo Miguel Ángel Benedicto). Recuerdo que, incluso, tuvimos la oportunidad de entrevistarnos con el presidente estonio. Varias cosas me dejaron huella: sus noches luminosas (apuradas con oficio y afición), la impronta tecnológica (me sorprendió que los estonios pagaran con tarjeta hasta el periódico y que las reuniones “digitales” del consejo de ministros se celebraran sin un gramo de papel sobre la mesa), la pujanza de la enseñanza del español y, sobre todo, la belleza de su casco histórico, más propio de una de esas ciudades encantadas que poblaban las páginas del Amadís de Gaula y que incendiaron la imaginación de nuestro Don Quijote.

Hay rincones del mundo tan especiales a los que es mejor no regresar nunca para no tentar al azar. Quedarse con el botín emocional de lo vivido es suficiente recompensa

Pero todos esos temores se disiparon a medida que el ferry entraba en la bahía de Tallin. La ciudad vieja seguía tan inmaculada como la recordaba, con sus calles de fantasía, sus cúpulas de papel, sus tejados tomados prestados de un cuento de los hermanos Grimm, las murallas preñadas de enigmas y, emergiendo de esa perfecta acuarela, la colina de Toompea. El euro no le había sentado nada mal a la vieja Tallin, seguramente una de las ciudades medievales mejor conservadas de Europa. Teníamos todo el día por delante antes de regresar a Helsinki. Iba a ser un reencuentro fugaz, pero intenso. Era obligado escudriñar en los recuerdos en busca de esos rincones que me sedujeron.

La espina dorsal de cualquier visita a Tallin es la Pikk Jalg (calle de la pierna larga), que asciende desde la Torre Margareta (la entrada natural desde el mar) hasta Toompea. Nada más comenzar el recorrido hay que desviarse a la derecha para subir a la torre de la iglesia de San Olav, que con sus 124 metros de altura (llegó a medir 30 más) fue en su día el edificio más alto de Europa. Subir los 234 escalones (aunque el folleto turístico señale 258) de su escalera de caracol obliga a tomar aliento más de una vez, pero superada esa atmósfera opresiva, las vistas desde arriba son sencillamente magníficas (a cambio de sólo dos euros).

La ciudad vieja seguía tan inmaculada como la recordaba, con sus calles de fantasía, sus cúpulas de papel, sus tejados tomados prestados de un cuento de los hermanos Grimm

De nuevo en Pikk Jalg, se suceden los edificios que obligan a rebuscar en la guía. Me quedo con tres: la Casa de las Tres Hermanas (nº 71) y su bellísima portada gótica; la Casa de las Cabezas Negras (nº 26), la antigua sede de una asociación de comerciantes (la cabeza negra es la de San Mauricio, su patrón, martirizado en el siglo XIII) y la fachada modernista de la antigua sede del Gremio de artesanos de San Canuto (nº 24). Entre tanto arte, un detalle más prosaico: una pala quitanieves asomando en el maletero de un coche aparcado en la cercana calle Lai habla bien a las claras de la dureza del invierno estonio que está por llegar.

Mi memoria no había triturado el recuerdo de la plaza del Ayuntamiento. Era, de hecho, el más nítido que conservaba. Los soportales, su torre octogonal de aguja infinita, los dragones vierteaguas, los veladores, la farmacia del siglo XV… Un alto en el camino antes de encarar la subida a Toompea en busca de sus miradores. Los de Patkuli y Kohtuotsa son especialmente recomendables, con sus panorámicas de murallas y campanarios ceñidos por el mar. En el primero se nos arrima un paisano que habla español. Cuenta que lo aprendió de forma autodidacta en cuatro años practicando con los turistas (un patrón de buscavidas que puedes encontrarte en cualquier rincón del mundo con similar discurso). Pretende vendernos unas monedas de la época soviética (Estonia no se independizó de la Unión Soviética hasta 1991). Cuatro a cambio de cinco euros. Nunca he tenido afán coleccionista. ¿Para qué quiero una moneda con la efigie de Stalin?

En la catedral Alexander Nevsky, el sacristán saca brillo a las lamparillas doradas de velas largas como la lista de plegarias sin cumplir

La calle de la pierna larga nos lleva hasta la catedral ortodoxa Alexander Nevsky, símbolo de la dominación rusa. Dos ancianas piden limosna en la puerta, a los pies de la escalinata, con bastante éxito. Dentro, el sacristán saca brillo a las lamparillas doradas de velas largas como la lista de plegarias sin cumplir mientras los fieles se arriman a los cuadros con las imágenes de los santos susurrándoles favores y agradecimientos.

En el cercano parque de Lossi Plats el frío se te pega a la cara, así que tras merodear por los alrededores del castillo y de su torre medieval, Pikk Hermann, donde en 1991 se izó la bandera estonia como afirmación de la recuperada soberanía nacional, nos dirigimos cuesta abajo hacia una bocacalle que lleva hasta otra torre, Kiek in de Kok, que se levanta junto a unos jardines (Harjumägi) que el otoño ha sublimado de colores y tonalidades.

Todavía sobrevive un portón que los comerciantes de la parte baja cerraban por las noches para evitar que los nobles mancillasen el honor de sus mujeres

Volviendo sobre nuestros pasos, de la misma Pikk Jalg nace Lühike Jalg, la calle de la pierna corta que, por unas empinadas escaleras, atraviesa un arco bajo la muralla repleto de historia y simbolismo. Aquí se encuentra un portón de madera que los comerciantes de la parte baja cerraban a cal y canto todas las noches para evitar que los nobles mancillasen el honor de sus mujeres. En la actualidad, cada vez que hay un relevo al frente del Ayuntamiento el alcalde cesante y su sustituto se dan aquí el relevo para simbolizar la buena vecindad entre todos los estamentos de la ciudad. La pesada puerta al menos ya no tiene que cerrarse por las noches.

En la misma Pikk Jalg, hacemos un alto para comer en el restaurante del hotel Old Town (nº 29), situado en la bodega del edificio. Elegimos un menú típicamente estonio: un “heerinagaleeivad” (pan de centeno con trucha ahumada y condimentos varios) de aperitivo, “räimed kartuliva” (arenque con espuma de patata y pisto) y, de postre, kamakreem, un delicioso mousse. No puede faltar la indispensable cerveza estonia, Saku, medio litro que sale por tres euros, a mitad de precio que en Finlandia.

Entre las recompensas de este atardecer que se alarga como si se resistiese a morir, el pasaje Katarina, uno de los lugares con más encanto de Tallin

Con el día a punto de hincar la rodilla, dos descubrimientos y un reencuentro. Este último con la Puerta Viru y sus dos torres, uno de mis recuerdos más perecederos de mi anterior estancia en la ciudad, jalonado como entonces de puestos de flores. Entre las recompensas de este atardecer que se alarga como si se resistiese a morir, el pasaje Katarina, uno de los lugares con más encanto de Tallin. Entre las calles Vene y Müürivahe, este pasadizo empedrado perpendicular a las murallas está vigilado por unas cuantas lápidas de un antiguo convento dominico (alguna del siglo XIV) que han sido alineadas en la pared. La callejuela, con sus arcos que parecen protegerla, desprende un halo de misterio al que el viajero no puede ni quiere sustraerse.

De regreso al ferry, un encuentro casual con un compatriota, sevillano él, y una dosis de realidad frente a tanta fantasía. Es estudiante de Icade y lleva tres meses trabajando en Tallin. “Aquí nos pagan como si estuviésemos cosiendo balones en Singapur”, se lamenta recordándonos que el salario mínimo en Estonia son 250 euros.

“Aquí nos pagan como si estuviésemos cosiendo balones en Singapur”, se queja un compatriota que lleva tres meses trabajando en Tallin

Consumimos los últimos minutos en Tallin y no hay mejor lugar para despedirse de la ciudad vieja que sus murallas, doradas ahora por los últimos rayos de sol. Junto a ellas, en la calle Laboratooriumi (muy cerca de San Olav), se encuentra un templo singular y muy poco conocida: la iglesia de la Santa Virgen de las Tres Manos, refugio de todos aquellos infelices condenados de forma injusta. Está cerrada. En su pequeña fachada hay un buzón para dejar las plegarias. El párroco promete interceder.

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Comentarios (4)

  • chenchu

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    Te felicito Ricardo: Te leo y me avivas los recuerdos de una ciudad que a mí también me fascinó.
    Gracias por tu reportaje.
    ¡Quiero volver ya!

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  • ricardo coarasa

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    Ojalá cuando vuelvas disfrutes tanto como yo lo he hecho en esta segunda visita. Muchas gracias Chenchu por tus amables palabras. Para eso escribimos en VaP: para trasladar emociones.

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  • Juan Antonio Portillo

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    Estupendo relato Ricardo. Como siempre trasladándonos tus sensaciones y sentimientos. Como bien dices, después de unos años, no somos los mismos, y visitar un lugar que nos fascinó en su momento puede no hacerlo el día de hoy. Aunque supongo que también tiene mucho que ver la expectativa con la que volvamos. Creo que las sensaciones y fascinación nunca serán las mismas, aunque no por ello menos intensas. Gracias Ricardo. Un abrazo

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  • Ricardo Coarasa

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    Muy amable, Juan Antonio. Se vive, creo, de otra manera, aunque no necesariamente menos intensa. Aunque eso no exima de alguna que otra decepción apabullante (no fue el caso). Abz

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