Irlanda del Norte: ser o no ser (parte I)

Por: Daniel Landa (texto y fotos)
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Belfast me recibió con educación británica, con una avenida limpia y la plaza del Ayuntamiento como primera parada. Había salido de Dublín dos horas antes y ahora caminaba por las calles peatonales del centro de la capital de Irlanda del Norte, o del Norte de Irlanda, porque en esta región del mundo el desacuerdo empieza por los nombres.

Busqué un restaurante con la ilusión de comer algo diferente a un sandwich con patatas o  pescado frito con patatas, o pollo con patatas, o patatas con ketchup. Opté por el sandwich mientras observaba a un músico tocando en la acera, que interpretaba a Bryan Adams con su misma voz cascada. Después recorrí varias calles amplias y me crucé con las prisas repetidas de los viandantes de cualquier gran ciudad del mundo.

La Catedral de Santa Ana se considera católica, aunque no romana y evangélica, aunque no protestante. Yo no entiendo nada, pero supongo que rezan todos al mismo Dios.

Me pareció un lugar moderno, con esa devoción por levantar centros comerciales, edificios acristalados y maniquíes esbeltos en los escaparates. Me acerqué hasta la Torre del Reloj en el Albert Memorial, que tiene vocación de Big Ben, pero sin el porte ni el tamaño de la torre londinense. Después seguí alejándome del centro de la ciudad, buscando algo de silencio en la Catedral de Santa Ana. Una gran cruz celta ocupa el lugar central del ábside. Mientras contemplaba la cruz me pregunté qué versión del cristianismo inspiró aquel templo. Supe poco después que se trataba de una iglesia anglicana, es decir, se considera católica, aunque no romana y evangélica, aunque no protestante. Yo no entiendo nada, pero supongo que rezan todos al mismo Dios.

Aquella tarde, contraté con un grupo de jóvenes extranjeros un taxi negro, muy antiguo, muy auténtico y muy caro. Queríamos adentrarnos en el conflicto, entender las cicatrices de  Belfast, pero pronto me daría cuenta de que esta ciudad aún muestra sin vendajes sus heridas abiertas.

Un guía local nos contaba con sorna las rencillas de los barrios. Hablaba de la habilidad deportiva de los norirlandeses en las modalidades de lanzamiento de piedras y saltos de vallas. Me pareció de mal gusto el chiste constante sobre un pueblo que aún llora sus muertos y más aún junto a aquel muro lleno de mensajes, de la ira del IRA, de protestas protestantes y así podría seguir el juego macabro de palabras que aquí se han escrito con sangre. Aún hoy, (¡hoy!) existe el toque de queda, se cierran las alambradas al caer el sol y los niños lanzan piedras al otro bando. Hoy, que durante el día las familias pasean juntas, por callecitas ordenadas, con sus verjas y su estilo anglosajón, tan civilizado. En una de esas calles cayó el primer muerto y hoy, la noche acaba con la tregua y cada cual se refugia en el lado del “Bien”, y ese muro enorme les protege de los otros.

El odio se hace presente allí donde las verdades se dicen en susurros y las miradas son más elocuentes que las palabras.

Me sobrecogieron las paredes pintadas con francotiradores en la parte unionista y los dibujos ensalzando a los líderes del Sinn Fein en el lado católico. Me aparté del grupo de turistas para caminar un poco más allá de las fachadas pintadas y poder ver el rostro vivo de sus habitantes, que decoran con banderas sus porches, para que nadie olvide que el conflicto aún perdura, que la guerra, aunque sea guerra de banderolas y alambradas, sigue latente. El odio se hace presente allí donde las verdades se dicen en susurros y las miradas son más elocuentes que las palabras.

Belfast sobrevive a su hemorragia de rencor estableciendo lugares comunes y pactos etílicos. Los pubs de la ciudad son el bálsamo ideal para brindar sin preguntarse “¿y tú de qué lado eres?” Y entonces suena la música celta con esa alegría irresistible y aquí sí, todos se ponen de acuerdo. Jamás había visto de forma tan rotunda el efecto conciliador de la música. Debo matizar que esos bares se encuentran en territorio neutral y están por lo general frecuentados por extranjeros, pero también vi a los norirlandeses bailando sin control al son de un violín y una guitarra. Prefiero pensar que había almas festivas de ambos bandos.

 

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Comentarios (4)

  • Juliana

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    ¡Cuánta razón tienes!… ¿Como negar el poder que la música ejerce sobre los humanos, incluso cuando parece no haber ningún otro tipo de acuerdo posible? El “efecto conciliador” de una bonita melodía, como bien dices, se ve y se siente incluso en las circunstancias más extremas… Me encanta como lo has relatado!

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  • Daniel Landa

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    Sí, la música es tal vez la parte más humana de la Humanidad.

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  • Nacho Melero

    |

    Qué capacidad para sugerir imágenes, provocas a la imaginación con una habilidad deslumbrante. Bravo Dani

    Opino que si contactáramos con marcianos, ahora que está caliente la noticia, también llegaríamos a acuerdos bajo el paraguas de una buena cerveza y al son de una gran canción. Es UNIVERSAL, en sentido literal, el poder de ambas armas.

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  • isaacbarragan

    |

    Muy intrigado con la continuación del artículo, sin duda es un placer viajar a tu lado

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