¿Ciudad Rodrigo o Ciudad Vicente?

Por: Nacho Melero (texto y fotos)
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Al sudoeste de la provincia de Salamanca y casi en la frontera con Portugal, sobre un escarpe de la ribera del río Águeda, se encuentra Ciudad Rodrigo.
Llegué allí después de casi tres horas de coche desde Madrid. A todos los que llegamos por esa ruta nos recibe el actual símbolo heráldico de la ciudad, formado por tres enormes columnas de un destruido templo pagano y romano de la desaparecida Miróbriga. En ese instante supe que estaba en uno de esos lugares en los que el caché rebosa por todos los poros de su piel.

Aparqué mi viejo Ford frente a un conocido supermercado y me adentré en el amurallado casco histórico. Hallé la Plaza Mayor después de atravesar angostas calles empedradas que sólo ven el sol cuando éste alcanza su cénit.

Esperaba en la barra de un bar a que me sirvieran un café con leche, cuando un paisano con la tez arrugada y la luz de sus ojos que mostraban el fragor de una vida bregada, me espetó: “si tienes alguna duda sobre este lugar, yo te la puedo resolver”.

Un cielo gris y plomizo sumado al viento y frío que genera el paso de un frente primaveral, gritaron a mi llegada ¡bienvenido a Ciudad Rodrigo!

Os aseguro que yo no llevaba ningún distintivo que me hiciera diferente a los mirobrigenses. Deportivas negras, vaqueros azules y desgastados, una sudadera de color marrón con una vieja camiseta blanca que asomaba por detrás de la cremallera, y un chubasquero oscuro que me había protegido del último chaparrón. Olvidé deciros que además de las tres columnas, un cielo gris y plomizo sumado al viento y frío que genera el paso de un frente primaveral, gritaron a mi llegada ¡bienvenido a Ciudad Rodrigo!

“Hola me llamo Nacho” le dije, mientras intentaba adivinar cómo había intuido las ganas que yo tenía de conectar con aquel lugar. “Hola, y yo Vicente” me respondió con aplomo. Aquel agradable señor continuó diciendo: “He visto cómo mirabas aquellas fotos que Antonio, el dueño, colgó. Pensé que podría ayudarte a entenderlas”. Sonreí sin rubor, y ante tanta franqueza, me entregué. Acababa de empezar uno de esos días que un viajero nunca olvida, porque con el alma me había acogido mi destino. ¡Qué suerte! Pensé.

En las fotos estaban todos de celebración. Me explicó que eran varias generaciones unidas bajo el frío Carnaval del Toro, la fiesta grande de la ciudad donde disfraces, charangas y uno de los animales simbólicos de España, se unen para dar forma al carnaval más antiguo del país, o al menos eso me contó aquel hombre afable.

Nos disponíamos a deambular por la ciudad cuando me describió con detalle cómo, no hace mucho, había corrido delante de aquellas bestias bravas de más de 500 kilos. Los vecinos convierten la Plaza Mayor en una plaza de toros artesanal y es allí donde se desarrolla toda la acción.

¡Lástima que Hemingway no pisara estas tierras! protestó, dejando entrever el fervor que merecía aquella tradición.

“¡Lástima que Hemingway no pisara estas tierras!” protestó, dejando entrever el fervor que merecía aquella tradición.

Si nada me distinguía de los demás lugareños era porque había olvidado mi cámara en el coche. Vicente me acompañó a recogerla y a la vuelta me llevó sin demora a la calle Sepulcro 13.

“Aquí nací hace 67 años”, me dijo. A lo que con sorna respondí que tuviera cuidado si existía la calle Cuna en la ciudad, porque de morir allí, me obligaría a dedicarle alguna frase genial en su epitafio.

Aquel comentario le hizo mucha gracia. Estábamos rompiendo el hielo y una enorme química había surgido entre nosotros.

Me contó que aquel lugar había sido asentamiento humano durante más de 6000 años. “¡Desde la Edad de Bronce!” señaló con voz firme.

Me contó que aquel lugar había sido asentamiento humano durante más de 6000 años. “¡Desde la Edad de Bronce!” señaló con voz firme. Siega Verde es una zona arqueológica rupestre, Patrimonio de la Humanidad, que se encuentra a unos 15 km río abajo. Vicente me explicó, que aquella ubicación no era casualidad, ya que allí permanecen pozas con agua, incluso en la época de mayor estiaje del río. “Esa gente sabía mucho” expresó con gran entusiasmo.

Íbamos de camino a la “Casa de la Cultura”, edificio que hace muchos años albergaba a la Escuela de Formación Profesional, cuando me apuntó con nostalgia que fue entre esos muros donde aprendió el oficio.

Vicente había sido tornero toda su vida laboral, después de ser mozo de compañía de la Marquesa de Armendáriz durante su niñez. Estudió con éxito en los años del colegio, pero la necesidad familiar le privó del sueño universitario. Alguien con esa luz tan especial y con algo más de preparación no habría tenido techo, pensé. La explicación de aquella situación personal me transportó con rapidez a la realidad social de la España de hace 50 años. “¡Los estudios eran un lujo y aún así yo fui un afortunado!” exclamó.

Mi nuevo amigo me invitó a que fuéramos a la iglesia de San Pedro y San Isidoro donde él se casó hace 40 años. Me contó que la talla del Jesús crucificado que hay en su interior es bellísima, y que la Cofradía del Cristo del Silencio muestra con orgullo y sin murmullo su tesoro por las calles de la villa durante Semana Santa.

El sagaz Vicente me sugirió: “La Muralla está a dos pasos, Nacho. ¿tienes un rato?”.

Como si de una buena novela se tratara había dejado lo bueno para el final.

Vicente terminó por contarme que algunas gárgolas de la Catedral son cañones, y que hoy están a la vista las “caricias” que sobre ella dejaron los artilleros franceses durante la Guerra de la Independencia.

“¿Sabías que Fernando II de León mandó construirla para ayudar a repoblar este lugar con su protección? El monarca nombró Ciudad Rodrigo sede episcopal. La construcción de la Catedral y el continuo conflicto con sarracenos y portugueses fueron motivo para que estas calles que hoy pisamos, se inundaran de artistas, arquitectos, constructores, inversores-comerciantes, nobles, hidalgos y otros caballeros blasonados en busca de prestigio y quién sabe si de titulaciones todavía huérfanas”

Este lugar vivió innumerables conflictos. Vicente terminó por contarme que algunas gárgolas de la Catedral son cañones, y que hoy están a la vista las “caricias” que sobre ella dejaron los artilleros franceses durante la Guerra de la Independencia. Fue el mismo Lord Wellington, galardonado por  Las Cortes de Cádiz , con la ayuda de la legendaria Lorenza Iglesias y la sangre de muchos héroes anónimos, quienes liberaron a Ciudad Rodrigo de la ocupación francesa en lo que tal vez fuera un simulador de la posterior y definitiva batalla de Waterloo.

Vicente era un libro abierto y una fuente inspiradora de historias sintetizadas. Subimos a lo alto de la muralla medieval y las vistas sobre el cauce del río, su puente romano, las dehesas charras y la sierra de Gata son sobrecogedoras. El viento abría  y cerraba las ventanas del cielo gris dejando que la luz iluminara con intensidad y desde distintos focos aquel bello escenario. Claros y sombras ensalzaban el contraste del paisaje, mientras las tonalidades cambiaban al ritmo de las ventanas bailongas. Las rachas nos sacudían y vi cómo aquel hombre había revivido con ternura mi entrega. Las chispas que tantas veces vio dando forma a tornillos, tuercas y demás utensilios metálicos son las mismas que observé en sus ojos verdes aquella ventosa tarde. Yo no pude ver las mías, pero sí sentí el calor que aquel hombre me ofreció en aquel recorrido inolvidable.

Gracias Vicente por tu viaje al pasado.

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Comentarios (12)

  • mayte

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    Me encanta como escribes y cuentas cosas… un placer leerte Nacho!

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  • Cliford

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    Una verdadera delicia descriptiva , sazonada de una personalidad tan encantadora como la de Vicente , hace de estos viajes una verdadera maravilla . enhorabuena Nacho

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  • Mariasun

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    Ciudad Rodrigo es una muestra de esa Castilla tan llena de historia que una siente que la vida sea tan corta para poder saborear todos esos lugares maravillosos de España. Pero leyendote Nacho se suple un poco esta carencia. Enhorabuena

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  • Nacho, el autor

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    MAYTE: Muchas gracias de corazón por tus palabras, pensar que leerme es un placer para ti me emociona de verdad.
    CLIFORD: Sí, Vicente era un tipo genial.
    ASUN: Fue mi madre quien me enseñó a saborear toda esa historia.
    GRACIAS A TODOS

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  • Meli

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    Me ha encantado,enhorabuena al autor porque es un fenómeno y a Vicente, porque da gusto encontrarte a gente como el. Ciudad Rodrigo entra desde ahora en mis planes de lugares que visitar.

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  • Mario

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    Allá donde vas surge la magia y el encanto q te caracterizan. Otra gran lección pequeño gran Nacho! Enhorabuena!

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  • Clara

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    Que delicia leerte, quiero ir a Ciudad Rodrigo hoy mismo!

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  • Juliana

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    Genial el artículo!!! Ojalá encontráramos un Vicente allá adonde fuéramos por primera vez! Gracias por hacernos partícipes de ello!

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  • Vicente

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    Gracias a tí Nacho! Me siento muy halagado dentro de mi modesta colaboración de haber podido contribuir al conocimiento de mi hermosa y querida ciudad. Espero verte dentro de poco y no dudes en buscarme. Sabrás donde encontrarme.
    Hasta pronto!

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  • Nacho, el autor

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    Tú fuiste el artífice de que pasáramos aquel rato tan agradable. Gracias por abrirme Ciudad Rodrigo de par en par.
    Hasta la próxima!!

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  • Charly

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    Ahora ya siento como si hubiera estado allí. Aunque eso no quita que tenga las mismas ganas de ir. O ya casi podría decir de volver. ☺

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  • JCRS

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    Gracias por tu relato, Nacho, y por descubrirnos que cualquier lugar, cualquier rincón, alberga historias por descubrir. Enhorabuena!!

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