Un paseo por los países bálticos

Por: Daniel Landa (texto y fotos)
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Estonia, Letonia y Lituania siempre van de la mano. Cada una ha cedido su personalidad al grupo de los países bálticos. Están juntas, para hacer más ruido, porque por separado sólo se les escucha en Eurovisión. Las tres se asoman al mar dando la espalda a Rusia, a su Historia soviética que queda lejos, como sus guerras.

Tallin

Veníamos de Kiev, con la euforia de haber ganado la Eurocopa. Dejamos las avenidas ucranianas para aterrizar en Tallin, una ciudad donde el encanto se ha amurallado y donde la magia dura un paseo. La capital estonia tiene ese aire medieval para disparar la imaginación del viajero, que pretende retroceder en el tiempo mientras degusta un buen plato de salmón en un restaurante plagado de velas.

Tallin tiene algo de escandinava, un punto germánico, una pasado ruso y un futuro universal, porque la prosperidad llega en avión en forma de turista. Tardamos una mañana en perdernos varias veces por el casco antiguo. Por la tarde ya conocíamos el laberinto de callejuelas, iglesias y torreones de princesa.

El mercado de la Plaza Mayor muestra sin reservas esa intención de viajar al pasado, de rescatar escenas medievales, con productos típicos, almendras azucaradas, tallas de madera y señoras con vestidos antiguos que tratan de reconciliarse con el espíritu primero de la ciudad, y ya de paso, marear al visitante con el embrujo de una época muerta, que deja miles de euros en los puestecillos callejeros.

He llegado a la conclusión de que en el interior de los templos, el viajero consigue escapar de la imagen de postal y descubre la esencia íntima de un lugar.

Visitamos al catedral de Alexander Nevski, con sus cúpulas negras y su interior recargado de frescos ortodoxos y fieles encendiendo cirios. He llegado a la conclusión de que en el interior de los templos, el viajero consigue escapar de la imagen de postal y descubre la esencia íntima de un lugar. La devoción no puede comercializarse. Las oraciones no se venden.

Como la ciudad se nos acababa en cada paseo, decidimos alquilar unas bicicletas para bordear la costa. Los caminos verdes acompañan a un paseo marítimo al que le sobran gaviotas y le faltan playas. Desde la distancia, Tallin lucía sus agujas junto al puerto donde atracan los cruceros. Es el verano del Mar Bático, la cara alegre y los pantalones cortos. En invierno imagino otro semblante. Dejamos la ciudad en autobús, como quien termina un cuento.

Riga

Bastaron diez minutos para entender que Riga tiene algo más de realidad. Es la mayor de las capitales bálticas y aquí hay semáforos que ordenan las grandes avenidas. Necesitamos un callejero para orientarnos por el casco antiguo, que no está tan definido como el de Tallin. Su arquitectura concentra toda una colección de edificios de Art Nuveau, las plazas son más anchas y las calles son más rectas que en Estonia.

 Las mujeres letonas conseguían despistar miradas y las fachadas perdían la batalla por ganarse el interés de los turistas.

Decidimos subir a lo alto de la Torre de San Pedro, porque el vértigo combina bien con la perspectiva. Desde allí observamos una capital que alterna iglesias de piedra, algunos rascacielos de cristal y puentes solemnes que cruzan el río Daugava. Las plazas estaban llenas de gente. Las mujeres letonas conseguían despistar miradas y las fachadas perdían la batalla por ganarse el interés de los turistas. Las melenas rubias y los ojos claros alborotan las plazas y nadie recuerda ya que Letonia fue asediada por los comunistas y castigada por los nazis, en un juego macabro por someter la belleza de plazas y gentes.

No quise perderme la noche de Riga y me encontré con una noche ya inventada. Hay música en vivo como en Dublín, alcohol en las terrazas y reclamos sexuales. La noche convierte a Riga en un lugar europeo sin más, que apaga su Historia y su porte altivo, tan báltico.

 En el interior me sentí un intruso, perplejo y emocionado polizón en el barco del tiempo.

La resaca me llevo al día siguiente a un parque lleno de gente. En todas partes había señoras vestidas con los trajes tradicionales, vestidos blancos y pañuelos cubriendo el pelo plateado. Pero no había extranjeros allí. La música me llevó de forma hipnótica hasta un cobertizo. En el interior me sentí un intruso, perplejo y emocionado polizón en el barco del tiempo. Un centenar de personas, de todas las edades, bailaban al son de viejas canciones. Los hombres tocaban tambores, las mujeres instrumentos que no había visto jamás. Una especie de arpa sobre una tabla de madera. Los jóvenes buscaban su pareja de baile. Ellas correspondían con un gesto y entonces todos compartían la pista con una solemnidad que me pareció mucho más medieval que todas las iglesias medievales de Letonia. Luego pensé en las discotecas de la noche anterior con sus gogós de tacones de aguja y me pareció imposible estar en la misma ciudad.

De camino a la estación de autobuses me alegré de haber paseado aquel parque. No estaba seguro de lo que había presenciado pero sabía que era algo genuino y durante el viaje a Lituania, pensé -o soñé- con aquellos acordes y aquellos bailes y aquellos gestos.

Vilna

… y llegamos a Vilnius, que dicen allí. Y hacía mucho calor. Las calles donde el hielo se instala en invierno estaban ahora cuajadas de terrazas donde los visitantes buscaban el refugio de las sombras. La catedral enorme y blanquísima apenas podía contemplarse sin gafas de sol y una   plaza, un grupo de adolescentes participaban en una batalla acuática en una fuente. Vilna me pareció una ciudad apacible, sin el tumulto de turistas, jovial, pero sin excesos y hermosa, con el desorden de las iglesias de diferentes credos, las colinas rompiendo simetrías, el pavimento empedrado anunciando el paso de una mujer con tacones.

Vilna me pareció una ciudad apacible, sin el tumulto de turistas, jovial, pero sin excesos y hermosa, con el desorden de las iglesias de diferentes credos

Lituania conserva algún rasgo más de su pasado soviético, pero al igual que Tallin o Riga, se ha empeñado en mirarse en el espejo de Europa. A media hora de la ciudad otro autobús nos dejó a un paseo del Castillo de Trakai, cuye interés reside en su entorno, en medio de un lago donde las familias rubísimas se bañan los domingos. Hay barquitos y restaurantes, hay embarcaderos y bikinis, y puestos de helados y chanclas y sonrisas. Pero también hay un pasado atroz. Nadie se atreve a recordar que el Lituania, los nazis exterminaron a cientos de miles de judíos. Aún no había campos de concentración cuando los asesinos entraron el Lituania para eliminar a una de las mayores comunidades de judíos del mundo.

Tal vez Vilna trate de desempolvar horrores en las placitas alegres de color pastel, vendiendo ambar, postales y un futuro prometedor a sus habitantes.

Tal vez Vilna trate de desempolvar horrores en las placitas alegres de color pastel, vendiendo ambar, postales y un futuro prometedor a sus habitantes. Y eso es lo que hoy vemos nosotros: calles recién pintadas que cubren las heridas del pasado.

Europa no se recorre, se pasea. Nosotros viajamos de una ciudad a otra, sin diseñar rutas, con la intención de detenernos sólo en sus cascos viejos, para absorber las escenas más amables que nos quieren contar. Aceptamos el trato, nos dejamos llevar de café en café, de plaza en plaza, porque este continente se disfruta por sus plazas. Pero seguro que cuando llega el invierno, cuando ya no quedan turistas a 30 grados bajo cero, los lituanos vuelven a mirar las fotos en blanco y negro, para recordar su Historia, y en el interior de las iglesias se encienden velas por sus muertos.

 

 

 

 

 

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