Lausana: de Zeus al Dream Team

Las zapatillas con las que Jesse Owen humilló a Hitler; revivir la final de baloncesto de Los Ángeles 84; el bañador de Éric Moussambani… Toda la apasionante historia del deporte, desde la Grecia clásica, está en el museo olímpico de Lausana.
Vitrina Barcelona 92

El viaje

Es imposible para un amante del deporte no sentir algo especial cuando se visita el museo olímpico de Lausanne, en Suiza. A las orillas del Lago Lehman o Ginebra (allí se le conoce por ese nombre), rodeado de hoteles de lujo y con unas vistas maravillosas de agua y montañas nevadas (los Alpes), está condensada toda la historia del deporte universal: desde la antigua Grecia hasta los Juegos de Pekín.

Es probable que el deporte sea el acto colectivo más importante del siglo XX y que lo sea también del siglo XXI. Las vitrinas del esplendoroso museo de Lausana enseñan paso a paso, de forma muy didáctica, cada evento olímpico realizado. Cojan su autoguía y escuchen durante más de dos horas todo lo que las olimpiadas han significado en la historia de la humanidad. ¿Se podrá entender esta era sin entender lo que ha significado el deporte? Al menos, seguro, sólo con los Juegos Olímpicos se puede comprender nuestro más inmediato pasado. Política y deporte van siempre de la mano.

Se comienza el recorrido del museo con los símbolos del movimiento olímpico y su esencia (bella teoría, tantas veces denostada por la realidad, de lo que significa el deporte). Luego, se exponen todas las antorchas que ha habido en los Juegos de verano e invierno: la futurista antorcha de Turín 2006, creada por el diseñador de Ferrari, o la significativa antorcha de Seul 1988, en la que hay dos dragones que se miran (curiosa metáfora de la división del país, hoy de tan rabiosa actualidad) son algunos ejemplos significativos.

Se exponen todas las antorchas que ha habido en los Juegos de verano e invierno: la futurista antorcha de Turín 2006, o la significativa antorcha de Seul 1988, en la que hay dos dragones que se miran

Luego, se llega a la sala de exposiciones de los Juegos Antiguos. Hay una apabullante colección de piezas de la Grecia Clásica y una detallada clase de historia y significado del deporte helénico. La estatua de Hércules, creador de los Juegos, o los enseres con los que los atletas se untaban el aceite de oliva por todo el cuerpo para competir, que luego se quitaban con un cepillo metálico, son algunas de las muchas obras expuestas. Se narra a la perfección, siguiendo cada pieza, el cómo, cuándo, dónde, quién y por qué de los Juegos, así como su relación con la mitología griega.

Tras el paseo por la antigüedad se da un salto temporal que nos lleva hasta el Barón de Coubertin, impulsor de los Juegos modernos. Es curioso ver como en Estocolmo 1912, el idealista francés Pierre de Coubertin afirmaba que “las mujeres no deben participar en el evento y deben limitarse a dar las medallas como hacían en la antigüedad”. Será en los Juegos de Ámsterdam 1928 cuando las mujeres tengan por primera vez una representación algo más que testimonial. Este es sólo un ejemplo más de la fusión entre los Juegos y la política y sociedad. Ya digo que uno puede entender todo el siglo XX en aquellas vitrinas que explican cada olimpiada. Desde la conquista de los derechos de la mujer, la Segunda Guerra Mundial, el racismo, la Guerra fría, la revolución de las comunicaciones, el capitalismo…

Parada obligada es desde luego la vitrina de Berlin. Se puede leer esta irónica frase del mítico corredor negro de EE UU, Jesse Owen, que descuartizó la idea de la superioridad de la raza aria tras vapulear a todos los atletas germanos en su propia casa: “Éramos el ayudante negro del equipo americano”, dijo Hitler. Hay también una foto con su principal competidor alemán, del que se haría buen amigo.

Otra importante parada es en Munich 1972. Bajo la foto de un terrorista encapuchado palestino se lee la famosa frase: “Los juegos deben continuar”, pronunciada por el entonces presidente del COI, Avery Brundage. La famosa sentencia se hizo tras la muerte de once atletas de Israel, secuestrados por un comando palestino de ocho miembros llamado Septiembre Negro, que acabó con un asalto de la policía germana, retransmitido en directo, en el que murieron también cinco palestinos y un  policía. La política no era capaz de parar al deporte, era el mensaje que lanzó Brundage.

Quizá, para los españoles sea especialmente significativa la vitrina de Barcelona 92. Allí se puede contemplar un balón de baloncesto firmado por el que fue y será probablemente el mejor equipo de Baloncesto de la historia: el Dream Team de los Magic, Jordan, Bird… Se iniciaba así la época del profesionalismo en los Juegos. Lo cierto es que a la espalda de esta zona hay una importante y cuidada área en la que figuran los patrocinadores actuales de los Juegos (ni Coubertin ni el propio Zeus entendieron el negocio millonario que hoy supone el encuentro).
Luego, en la planta de arriba hay una completo y curioso relicario deportivo. Se exponen, por ejemplo, las zapatillas de Jesse Owen (1936); Emil Zatopek (1952) o Carl Lewis (1984). Hay decenas de objetos, pero yo me quedo con el bañador dedicado de Éric Moussambani, aquel nadador de Guinea Ecuatorial que participó en Sidney 2000 en la prueba de natación de los 100 metros con una “inigualable” marca de 1,52 segundos (más del doble que sus competidores). Apenas sabía nadar y le costaba casi mantenerse a flote, lo que provocó el delirio del público y la fama internacional. El representa mejor que nadie el espíritu olímpico: “Lo importante no es vencer, sino luchar bien”, que dijo Coubertin.

Por último, hay una sala de video en la que se puede ver cualquier prueba olímpica que se quiera recordar. Por ejemplo, aquel salto de altura del norteamericano Dick Fosbury en México 1968 que cambió para siempre esta prueba. “La popularidad actual de mi estilo es un premio maravilloso a cuanto tuve que aguantar al principio con un estilo que no gustaba a nadie. El salto de espaldas ya lo practicaba en el instituto y todos se reían de mí, considerándome un chiflado y algunos como un  snob por salirme de las normas conocidas. Hasta que gané en México 1968 pasando a la categoría de héroe«, dijo el atleta. ¡Qué grande es el deporte!

El camino

Easyjet tiene vuelos directos a Ginebra desde España. También Swiss air hace la misma ruta. Desde Ginebra hay 60 kilómetros de autovía hasta Lausana.

Una cabezada

Para dormir, Hotel Beau Rivage Palace. Muy caro pero pegado al museo. Muy buen servicio de comidas. Tiene Spa también. Un lujo. www.brp.ch

Hotel de City, es una opción más barata. Está en el centro de la vieja ciudad y tiene vistas a la catedral. Junto al Ibis Hotel, es la oferta más económica. Buena comunicación por metro y autobús.

A mesa puesta

La Croix d Ouchy: espectacular restaurante. La comida es deliciosa y sirven dos raciones del plato principal, lo que permite compartir si se va en pareja. Los arroces y pastas son deliciosos; la carne de primera. No lo duden, vayan a este restaurante si pasan por Lausana. El precio, eso sí, ronda los 90 euros por persona. (Es lo que tiene ir invitado).

Bleu Lezard: restaurante económico y de ambiente juvenil. Música y comida buena sin pretensiones. Merece la pena para pasar un buen rato y huir de los exclusivos locales suizos.

Muy recomendable

Visitar la ciudad vieja y sus bellas calles del casco histórico. Desde la catedral hay unas vistas preciosas de la ciudad.

Probar los deliciosos chocolates suizos. Recomedamos ir a la tienda Chocolats Blondel, abierta desde 1850, donde los fanáticos de este dulce pueden entrar en un peligroso estado de «colapso por compras». www.chocolatsblondel.ch

Para tomar unas copas hay que ir a Mad. Una discoteca de cuatro plantas, con ambientes tranquilos y enloquecidos, en los que va todo Lausana. El ambiente es mixto y la noche, para los más lanzados, termina de madrugada.

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