Malta: el baluarte español en el gran asedio turco

Por: Ricardo Coarasa/Javier Brandoli (texto/fotos)
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el viaje Si lo que busca son playas paradisíacas, mejor no siga leyendo. En Malta, vaya por delante, no las encontrará. Pero si es de los que disfruta huroneando los rastros de la historia, ésta es sin duda su isla. VaP viajó hasta allí para pisar los escenarios del gran asedio turco del siglo XVI, en el que la brega de los soldados españoles fue decisiva para derrotar a la Armada turca.

No hacen falta museos ni parques temáticos para entender la magnitud del gran asedio turco a la isla de Malta. El escenario de los casi cuatro meses de sangrientos ataques, el Gran Puerto de Malta, sigue estando ahí, tan inexpugnable como en 1565, y la tribuna más privilegiada para contemplarlo son los jardines altos de Barracca, a un paso del Albergue de Castilla, en el corazón de La Valetta, la ciudad que emergió de las cenizas de la histórica contienda. Allí, apoyado sobre la baranda, el viajero contempla ensimismado las rocosas penínsulas de Birgu (rebautizada como Vittoriosa) y Senglea. En la primera todavía emerge como un coloso de piedra el castillo de San Ángel, el bastión que no pudieron rendir las tropas turcas. Del fuerte de San Miguel, donde se decidió la suerte de los combates, apenas queda rastro. A nuestra izquierda, asoman las azafranadas murallas de San Telmo, que los asaltantes consiguieron tomar al precio de 8.000 muertos.

No hacen falta museos ni parques temáticos para entender la magnitud del gran asedio turco a la isla de Malta. El escenario de los casi cuatro meses de sangrientos ataques, el Gran Puerto de Malta, sigue estando ahí, tan inexpugnable como en 1565.

Ante semejante enclave, no es difícil imaginar la entrada por la bocana de los 200 bajeles otomanos enviados por Solimán el Magnífico, ni adivinar el griterío de los 45.000 soldados dispuestos a tomar Malta a toda costa (la tropa cristiana se componía de 5.000 caballeros, cerca de un millar de mercenarios y la población civil maltesa, que ayudó en la contienda). Los cañonazos no retumban ahora como entonces, ni se ven volando por encima de las murallas las piñatas de fuego y los saquillos de pez hirviendo que arrojaban los sitiados, pero el viajero tiene muy presentes las impresiones del italiano Balbi de Correggio, el único superviviente que plasmó en un diario los pormenores del asedio: “Los turcos vinieron al asalto por todas partes, así con escalas como por la puente, con tanto estruendo e ímpetu que parecía quererse acabar el mundo”.

 

Las tumbas de los caballeros

En la defensa de Malta se dejaron la vida muchos españoles. Entre los 5.000 miembros de la Orden había casi medio millar de compatriotas; la llegada de una flota de auxilio desde Sicilia enviada por Felipe II puso en fuga a la Armada Turca, hasta el punto de que Correggio asegura que “después del omnipresente Dios”, fue el monarca español “el que ha librado a Malta, y aun a toda Italia, del soberbio poder de soldán Solimán”.

García de Toledo y Álvaro de Bazán se llevaron buena parte de la gloria, pero los verdaderos artífices fueron los que resistieron codo a codo con los caballeros de la Orden, encabezados por Jean de la Vallette, y los esforzados malteses: aragoneses como fray Hernando de Heredia y Juan de Guaras; castellanos como Pedro de Mendoza y Francisco de Medina; catalanes como Melchor de Montserrat y fray Gabriel Gort; gallegos como fray Pedro Pardo, “madrileños” como Bernardino de Cárdenas y un largo etcétera.

Los caballeros se colocaban en la muralla agrupados por países o por idiomas: ingleses, franceses, alemanes, castellanos y súbditos de la Corona de Aragón, entre ellos muchos catalanes.

Miles de soldados otomanos pretendían conquistar para el Gran Turco la última isla en la que se refugiaban los caballeros cristianos, expulsados años atrás de Rodas y, antes, de Tierra Santa. Cuando dos caballeros de la Orden de Malta fueron hechos prisioneros, ambos no dudaron: señalaron a los turcos el flanco más débil de las defensas cristianas. Pero los otomanos, cansados de un asedio que parecía fácil y comenzaba a hacerse eterno, pincharon en hueso y fueron repelidos con la decisiva participación de los castellanos. Los dos prisioneros habían engañado a los otomanos y les habían indicado el lugar donde se colocaban los defensores considerados más duros entre la tropa cristiana.

Los caballeros se colocaban en la muralla agrupados por países o por idiomas: ingleses, franceses, alemanes, castellanos y súbditos de la Corona de Aragón, entre ellos muchos catalanes. Tras la derrota turca, los dos prisioneros cristianos fueron torturados hasta la muerte. El engaño había dado resultado, la isla seguía resistiendo. El asedio seguía su curso…

De Marsaxlokk a Vittoriosa

Siguiendo el rastro de los caballeros de la Orden de Malta volvemos sobre nuestros pasos. A la izquierda del Albergue de Castilla nace Merchants Street, que nos conduce a la concatedral de San Juan el Bautista. Cuando entre en el templo, aunque la mirada se le escape hacia las cúpulas de la imponente nave central, observe el suelo que pisa. Toda la planta de la iglesia está repleta de decenas y decenas de tumbas de los defensores de la ciudad. Es el mejor homenaje a tan heróica resistencia. Entreténgase admirando los dibujos ornamentales que acompañan los epitafios en latín. Merece la pena.

Al salir de la catedral, la popularísima calle de la República, el corazón comercial de la ciudad, le llevará hasta el antiguo Palacio del Gran Maestre, actual sede del Parlamento, que alberga unos fantásticos tapices sobre el gran asedio y la liberación. Deténgase unos minutos en la apacible terraza del Café Cordina, el más antiguo de La Valetta, punto de encuentro de políticos e ilustres tertulianos.

La despedida de Malta es la cara y la cruz del asedio. El viajero pone rumbo en primer lugar a Marsaxlokk, en el sudeste de la isla, un tranquilo pueblo de pescadores que los fines de semana es uno de los destinos favoritos de los malteses. La estampa merecería un cuadro de Sorolla. El mar mece los ojos pintados en las barcas para vigilar al mar, herencia fenicia. Aquí, en un extremo de la bahía, desembarcaron los primeros 4.000 turcos en 1565. Por delante tenían una empresa más peliaguda de lo que se pensaban. Veinte mil otomanos se dejarían la vida en el asedio frente a casi 10.000 bajas cristianas.

Marsaxlokk es el comienzo y Vittoriosa es el final. Allí sigue el Fuerte de San Ángel que no pudieron rendir los invasores, el Birgu que sostuvo la tenaz resistencia del desaparecido Fuerte de San Miguel, en la vecina Senglea. El paseo marítimo, con el bastión de San Ángel como eterno vigía y La Valeta al otro lado del Gran Puerto, es tremendamente evocador. El visitante no puede abandonar Vittoriosa sin plantarse ante la bellísima iglesia de San Lorenzo, donde los caballeros celebraban las victorias contra los asaltantes colgando de su fachada los estandartes turcos arrebatados en la refriega.

el camino
El viajero no encontrará ninguna dificultad para volar a Malta desde España. Ryanair, por ejemplo, oferta varios vuelos semanales a buen precio.

a mesa puesta
En La Valetta, frente al muelle desde donde parten los ferries a Sliema, hay una terraza que vale su peso en oro, la del restaurante Cockney´s. La pasta con almejas y langostinos es muy recomendable. Unos 30 euros por persona.

una cabezada
Hotel Castille, en la plaza del mismo nombre, en La Valetta. La habitación sale por alrededor de 50 euros y su situación es inmejorable para ver amanecer en los jardines de la Barracca.

muy recomendable
-Un testimonio en primera persona, el único que se conserva, de valor incalculable: “Diario del gran asedio de Malta, 1565”, Francisco Balbi de Correggio. Fernando Villaverde Ediciones.
Un paseo por la antigua Mdina árabe, la ciudad silenciosa, donde el peso de los siglos está emboscado en cada esquina, es aconsejable para entender la ansiedad que vivieron los sitiados. Los defensores de Malta, acuciados por la falta de efectivos, vestían a los campesinos con atuendos de guerra para que los turcos pensasen que se enfrentaban a una fuerza mayor.
-Si se trata de tomar unas copas (que en Malta parecen chupitos), el viajero reconoce una debilidad: la terraza del «Paparazzi», en Spinola Bay. Buenos precios y todo un homenaje a la conversación que huye de prisas inoportunas.

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Comentarios (4)

  • Yago

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    Bonitas fotos, aunque creo que si hay alguna playa que merece la pena

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  • Yago

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    Bonitas fotos, aunque creo que si hay alguna playa que merece la pena..

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  • ricardo

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    Que nosotros sepamos, la unica cala realmente atractiva está junto a la conocida como Cueva de Calypso, pero es realmente pequeña. Lo que queremos decir es que mucha gente viaja pensando que Malta es Ibiza y, claro, se lleva una decepción cuando la isla tiene otras muchas cosas que ofrecer a los visitantes tan maravillosas como una buena playa.

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  • Javier

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    Tienen alguna playa bonita en el norte: la golden beach y algún arenal cerca de Popeye Village, pero lo que dice mi compañero Ricardo es cierto, la gente acude buscando sol y playa y es una isla que por lo que sobresale es por su grandiosa historia

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