Los guardianes negros del Santo Sepulcro

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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el viaje
Sobre una de las cúpulas de la iglesia del Santo Sepulcro, en el tejado del templo cristiano más venerado del mundo, una pequeña comunidad de monjes etíopes se resiste a ser marginada por sus hermanos de fe. En 1808, un incendio destruyó los documentos que sustentaban sus derechos custodios y los guardianes negros de los Santos Lugares fueron confinados al techo de la basilica. Y ahí siguen.

Si hay una ciudad a la que le sobran motivos para atraer visitantes, ésa es Jerusalén. Santificada por cristianos, musulmanes y judíos, la antigua capital del Rey David es una amalgama de culturas con una historia bañada en sangre, fruto de esa violencia fanática que sólo se desata cuando se mata en nombre de Dios, Alá o Yahve. Pasear por las intrincadas callejuelas de su ciudad vieja es tropezarse una y otra vez con la historia. El viajero, en esta ocasión, acude aleccionado por el ejemplo de tenacidad de un pequeño grupo de monjes ortodoxos etíopes, empeñados en mantener su misión de custodios del Santo Sepulcro pese a que las pugnas intestinas entre confesiones les obligaran, hace dos siglos, a trasladar su monasterio al tejado de la venerada iglesia.

El viajero entra en la ciudad vieja por la Puerta de Jaffa, situada junto a la Torre de David. Por aquí huyó, el 9 de diciembre de 1917, el alcalde de la ciudad, Hussein Selim al-Husaini, disfrazado con una túnica de misionero, y rodeado de niños para no llamar la atención, ante la inminente llegada de las tropas británicas capitaneadas por el general Allenby. Dejando a un lado el barrio armenio, David Street resulta inconfundible. La calle nace justo enfrente de la Puerta de Jaffa, al otro lado de una pequeña plaza. Flanqueada a uno y otro lado por comercios, su atmósfera es un tanto opresiva, sobre todo si se recorre al caer la noche. A medida que desciendes sus escalones mientras los tenderos vocean sus ofertas, sabiendo que te separan tan solo unos metros de la iglesia del Santo Sepulcro a un lado, y del Muro de las Lamentaciones y de la mezquita de Al Aqsa al otro, tienes la creciente sensación de que emprendes un viaje interior. De la oscuridad sólo surgen de vez en cuando algún gato despistado, un rabino de paso presuroso o un grupo de jóvenes compartiendo confidencias.

Las llaves de la reina Elena

Para llegar al Santo Sepulcro hay que girar a la izquierda. Un arco que precede a un pequeño pasadizo es una buena referencia. Unos metros más adelante se encuentra la puerta que da acceso a la plaza donde se levanta el templo de los templos de la cristiandad.

En un costado, una portezuela de madera de apenas metro y medio de altura, casi siempre cerrada, permite subir al monasterio de Deir-al-Sultan, donde los monjes etíopes malviven sobre la cúpula de Santa Elena, alejados del bullicio devoto que generan, unos metros más abajo, los lugares donde fue crucificado y enterrado Jesús.

los monjes etíopes malviven sobre la cúpula de Santa Elena, alejados del bullicio devoto que generan, unos metros más abajo, los lugares donde fue crucificado y enterrado Jesús

La presencia etíope en Jerusalén se remonta al siglo IV, como atestigua en sus crónicas San Jerónimo. Cruzados y peregrinos reseñan también a lo largo de los siglos la presencia de abisinios en la ciudad santa, donde todavía conservan tres monasterios. Los monjes cuentan que fue la reina Elena quien les dio las llaves del Santo Sepulcro y, aferrados a esa convicción, se consideran los representantes de todos los africanos en Tierra Santa. Durante los tres siglos de dominación otomana, fueron los únicos religiosos que se negaron a rendir pleitesía a los sultanes, lo que abunda bien a las claras en su férrea determinación.

En 1808, un incendio devoró los documentos que plasmaban sus derechos históricos a la custodia del Santo Sepulcro. Los representantes de las otras cinco confesiones con idéntico cometido (además de los católicos, ortodoxos griegos, coptos, armenios y sirios) aprovecharon para expulsarlos de la basílica. Inasequibles a esa acometida los monjes etíopes, como pecadores expulsados del paraíso, se trasladaron al tejado. Por si fuera poco, en 1838 una epidemia de peste se llevó a la tumba a todos los monjes y los coptos se adueñaron del pasadizo que une el monasterio con la plaza donde se levanta la fachada de la iglesia del Santo Sepulcro. Así hasta abril de 1970, cuando los etíopes recuperaron ese corredor, reabriendo un litigio que, 40 años después sigue sin cerrarse y que incluso ha llevado al patriarca copto de Alejandría a prohibir a sus fieles la peregrinación a Jerusalén como medida de presión.

La “guerra” de la silla

Al final de las pronunciadas escaleras se encuentra la iglesia de San Mikael, junto a la cual se reparten las precarias viviendas de los monjes. Como es preceptivo en todas sus iglesias, hay que descalzarse antes de entrar. El interior está adornado con las tradicionales pinturas etíopes de santos y la inevitable representación del encuentro entre el rey Salomón y la reina de Saba, de quienes los emperadores de Etiopía se han declarado herederos hasta la caída del último de ellos, Haile Selassie, hace 36 años. Las condiciones son insalubres. No hay agua corriente, ni luz y la veintena de monjes se encomiendan a Dios mientras culpan a los coptos egipcios de todas sus penalidades. En la tierra donde murió el mesías del amor, sus correligionarios son incapaces de recoger ese testigo y se disputan cada centímetro de los Santos Lugares. Un simple pestañeo es suficiente para desencadenar las hostilidades. En 2002, un monje copto buscó la sombra del monasterio etíope para protegerse del asfixiante calor y desplazó unos metros su silla. Al instante se organizó una monumental trifulca con los monjes etíopes, temerosos de que un gesto tan inocuo fuese una estrategia para despojarles de sus exiguas posesiones en la santa azotea.

El interior está adornado con las tradicionales pinturas etíopes de santos y la inevitable representación del encuentro entre el rey Salomón y la reina de Saba

Al visitante que llegue hasta aquí sólo le queda abstraerse de esas pugnas intestinas que explican, en buena medida, por qué Jerusalén sigue siendo una ciudad convulsa, donde la paz es una quimera, y repartir unas monedas entre los monjes de rostros atezados.

Eternas suspicacias

La iglesia del Santo Sepulcro cierra a las siete de la tarde, una tradición que se ha convertido en un espectáculo seguido en directo por decenas de turistas que se agolpan a las puertas del templo para obtener la mejor instantánea. El viajero se acerca unos minutos antes a besar el Santo Sepulcro. Un monje apremia a entrar en la capilla funeraria a los últimos turistas. Dentro, otro religioso organiza el tráfico. “¡Quickly, quickly!”, espolea a los más despistados. Hay que entrar de uno en uno y encorvado al sepulcro, una diminuta estancia revestida de mármol donde sólo se puede permanecer unos segundos. Cualquier atisbo de recogimiento es una ilusión. Apenas da tiempo a arrodillarse para dejar entrar al siguiente. Una vez fuera, los monjes dirigen hacia la salida a los rezagados. La ceremonia no espera. Un franciscano y un monje ortodoxo presiden el rutinario cierre, vigilando sus eternas desconfianzas. Subido a una escalera, otro monje atraviesa dos maderos sobre el portón y, a continuación, devuelve la escalera al interior a través de un ventanuco. Es la liturgia de la suspicacia.

Un sabio judío dejó escrito en el Talmud que quien persigue la grandeza “ve cómo la grandeza huye de él”, mientras que quien huye de ella “ve cómo la grandeza le persigue”. Jerusalén ha pagado un alto precio por su grandeza y esa majestuosidad teñida en sangre le perseguirá hasta el último segundo de su existencia.

el camino
Las aerolíneas que ofrecen vuelos a Israel desde España son legión. Únicamente reseñar que desde Tel Aviv se tarda unos 45 minutos en llegar a Jerusalén por carretera.

una cabezada
La oferta hotelera es amplia. El viajero se alojó en el Moriah Gardens Jerusalem, a un paso del puente de Calatrava, un rascacielos entrado en años cuyas habitaciones piden a gritos una reforma del mobiliario. Llegar a la ciudad vieja cuesta entre diez y 15 minutos en taxi. Por el trayecto no deberían pagarse más de diez euros.

a mesa puesta
La mejor recomendación es dejarse guiar por la intuición y probar suerte en cualquier restaurante de los distintos barrios de la ciudad vieja. Para pasar una velada agradable, en el Jerusalén moderno, recomendamos el Papagayo (calle Yad Harutzim, 3), en el barrio de Talpiot. Buena carne a la brasa al estilo brasileño. Mejor reservar.

muy recomendable
-Conocer, aunque sea someramente, la historia de Jerusalén es casi obligado en una ciudad que abruma por su pasado. Un libro interesante es “Historia de Jerusalén”, de Karem Armstrong, editado por Paidós.
Pasear por la ciudad vieja al caer la noche es una experiencia que nada tiene que ver con un recorrido matinal zarandeado por las legiones de turistas. Lo recomendamos vívamente. No se deje intimidar por consejos excesivamente precavidos. Sea prudente y disfrute de la magia de sus calles estrechas y déjese guiar por los muchachos que irrumpen de la esquina más inesperada.
-El Sisha Bar, en una galería situada frente a la Torre de David, es un buen lugar para reposar las emociones del viaje con unas cervezas.

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Comentarios (2)

  • My way

    |

    No conocía la historia. Sorprendente tanto rifirrafe entre confesiones que deberian atenerse mas al mensaje evangélico. Felicitaciones por los reportajes

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  • Maca

    |

    Muy interesante, coarasa

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