Nueva Zelanda Sur (III y fin): un lago de harina de roca

El teatro de Tekapo, Pukaki y el Monte Cook
Monte Cook

El Lago Tekapo, el Lago Pukaki y el Parque Nacional de Monte Cook tienen algo de teatral. Es como un escenario que contemplas sin saber muy bien qué hacer. Miras lo mismo, no se mueve nada, y no puedes dejar de mirarlo. No sé cómo describirlo sin caer en el epíteto, así que teclee en el ordenador historia lago Tekapo. La IA me dijo esto: “El Lago Tekapo, cuyo nombre tradicional maorí es Takap?, significa ‘salir apresuradamente de noche`. Según la leyenda local, dos jefes se apresuraron a huir de noche, pero fueron sorprendidos por el amanecer y se convirtieron en los pilares que ahora marcan la entrada al Paso de Lindis. Geológicamente, es un lago glaciar alimentado por glaciares, cuyo color turquesa distintivo se debe a la `harina de roca’ (sedimentos de roca molida) en suspensión en el agua”.

La IA me reveló que existe la harina de roca. Y usó turquesa. A veces pienso si en el mundo que viene haremos falta, y entonces recuerdo aquellas aguas y pienso que la Inteligencia Artificial quizá pueda describirlas, pero no puede disfrutarlas. Y sin poder disfrutarlas u odiarlas o… sus crónicas serán el resultado de un algoritmo, matemáticas, y los viajes son letras.

Lago Pukaki

Nosotros andábamos con el coche inquietos. Nos alojamos en el Alps Motel en la cercana localidad de Twizel. Era un pueblito desangelado de turistas en el que los restaurantes cerraban a las 21 horas, en verano, cuando aún no anochecía. Y nosotros, incapaces de dormir al claro, nos íbamos a las orillas de los lagos y dejábamos que nos cayera la noche encima para contemplar el gaznate de la Vía Láctea.

Tekapo era el lago más famoso, porque allí es donde está el pueblo más grande, y una capilla y la estatua de un perro. “En 1855, el colono escocés James McKenzie fue capturado mientras se encontraba ‘en compañía de mil ovejas robadas’ mientras las arreaba con su perro a través de un remoto paso alpino hacia `una llanura inmensa’. Sus hazañas quedaron escritas en la leyenda, y su nombre, aunque con una ortografía modificada, se ha aplicado a estas tierras altas desde entonces. Su fiel perro pastor, ‘Friday’, está inmortalizado en un monumento a orillas del lago”, cuenta la página discovertekapo.

Estatua de «Friday», Tekapo

La estatura era simpática, la capilla una oda a los pioneros que viajaban con sus dioses a cualquier parte para sentirse protegidos de la muerte que no de la vida, pero a mí me gustaba más el lago Pukaki. Iba menos gente allí, y sencillamente, en algún montículo que servía de plataforma, aparcábamos algunas caravanas y coches que nos quedábamos callados dejando que conversaran los ojos.

Un día fuimos hasta el Monte Cook. Con truenos y nubes negras podría ser Mordor, de ese Señor de los Anillos que grabaron allí, pero con el cielo añil y nubes blancas que nosotros tuvimos era un jardín flotando. La montaña más alta del país, 3764 metros, rinde homenaje a un hombre que jamás la vio, el capitán James Cook, y tiene como toda en esta tierra una leyenda maori que asegura que aquello es Aroaki, el más alto de los tres hijos del Dios del Cielo, que cuando bajó a la tierra en su canoa se quedó allí congelado.

Decidimos hacer uno de los diversos senderos que ofrecen en torno al monte. Pasábamos junto a caudales empedrados de aguas verdes. Cruzamos algún puente colgante. Era una ruta señalizada de algo más de 15 kilómetros, ida y vuelta, que llegaba hasta un mirador junto a una laguna donde vimos flotando trozos de hielo. Era espectacular todo. Y ahí estábamos nosotros, y miles como nosotros, convirtiendo la naturaleza en un paseo por cualquier gran ciudad un domingo.

Monte Cook

Un dicho neozelandés dice que “si debes inclinar la cabeza, que sea hacia la alta montaña, Aoraki”. La primera mujer que alcanzó la cima, Freda Du Faur, en 1910, escribió en su libro de memorias “te sientes muy pequeña, muy sola y con muchas ganas de llorar”. Aquel pico se ha llevado por delante la vida de algunos de los que lo han intentado ascender. Para los alpinistas europeos fue siempre una rareza, unos Alpes que domar enclavados en el fin del mundo.

Yo no soy un hombre de montaña, me gustan los desiertos y el agua, pero admiro profundamente a aquellos que trepan hasta las cimas. Ellos escuchan arroyos; desmiembran barrancos; saben pasar frío y calambres; no andan, caminan. Nosotros andábamos.

Aquella noche cenamos muy mal en un pub en el que nos dijeron que la última mesa la reservaban a las ocho. Cerraron con tantas prisas que el postre lo terminamos de engullir frente al lago. Pero el lago, el eterno instante de contemplarlo, puede que fueran cinco minutos o cinco noches, valía aquel viaje. “Desfile nocturno de violeta y oro”, que escribiera la escritora neozelandesa Ngaio Marsh sobre esos cielos crudos.

Christchurch

Dejamos aquellos montes y lagos para acabar nuestro largo viaje por las dos islas en la ciudad de Christchurch. No hay nada mejor que tener unas expectativas muy bajas para que te guste un lugar. La ciudad tiene un aspecto victoriano en su centro, con sus jardines cuidados, sus calles con bares, y un piano de colores junto a un arco de piedra. Y no hizo falta mucho más para disfrutarla. Nos regresamos un días después a nuestra casa de Bangkok, donde entonces vivíamos.

¿Volvería a Nueva Zelanda? No. ¿Recomendaría viajar a Nueva Zelanda? Sin duda. Es bellísima. Demasiado bella, ya lo dije en alguna de las piezas anteriores, en mi opinión. Quizá porque yo prefiero la belleza sin orden ni reglas. Pero eso sólo son gustos.

Notificar nuevos comentarios
Notificar
guest

0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
Tu cesta0
Aún no agregaste productos.
Seguir navegando
0