Acaba el viaje. Dejas a la gente en el aeropuerto. Han sido 17 días conviviendo a todas horas. Hemos hecho casi 6000 kilómetros de carreteras de Namibia. Algunos cientos también por el norte de Sudáfrica. Recuerdas cuando los saludaste allí mismo casi tres semanas atrás. Entonces había por delante un viaje en interrogante: ¿saldrá todo bien? Se subieron a los dos coches con prisas por conocer. Éramos búhos, catalejo y bitácora. Nada más, nada menos. Manuel, un tipazo, es el único que se quedó aún con Dani y conmigo un día más en Windhoek. Decidió salir un día después. Manuel es de esperar, de dejar que las cosas pasen sin pasar por delante de las cosas. Viaja en grupo mientras viaja solo. Es culto, es listo, pero no reclama espacio para demostrarlo. He aprendido eso conviviendo con él. Porque eso hemos hecho. Hemos convivido y aprendido unos de los otros. Diez extraños como grupo, que como tal se han conocido en la estrecha sala de llegadas de un aeródromo en medio de un desierto. De eso va esto, de convivir, entre nosotros y con los otros. Todos son otros, y todos eres tú. Salió bien, muy bien. Respiré al subirme al coche de vuelta al hotel. Puse música a todo volumen. Sing, de Travis, mi canción fetiche.

Acaba el viaje. Queda un chat de Whatsapp con bromas. Aún lo usamos. Buena señal. Era una medio para recordar cosas antes del viaje; se ha convertido en un medio para no olvidarnos después de él. Quizá pasará lo segundo, poco a poco. Quedará ese chat para felicitar alguna fiesta, quizá para mandar de pronto una foto, y después alguna broma. Y luego callará, sin ganas de que pase sino porque la vorágine de la actualidad apaga todo. Yo llevo ya casi 16 años viviendo fuera de casa. Te callas y se callan sin que nadie quiera callarse. Reflexioné hace poco sobre eso. Pero nos queda Luis. Luis siempre dice algo. Y ríe fuerte, muy fuerte. Hay gentes que alegran a los demás. Siempre quieres tener un Luis al lado en una ruta. Conducir muchas horas todos los días no es fácil. Tienes sueño, has dormido regular, y delante te quedan 600 kilómetros de polvo y golpes. Y aprendí que con Luis es menos humo, son menos baches, y son más risas con las que despertarte. Luis es cafeína, y buen rollo, y generosidad desmedida. “¡Esto es la rehostia!”, soltaba una y otra vez. Y por ósmosis contagia su entusiasmo. Te paga bostezos y cansancio, almanaques y deudas.

Acaba el viaje. Nunca hice tan pocas fotos en una ruta. Raro que me pase en Namibia, el paisaje más bello que yo he visto. Lo he fotografiado muchas veces, con cierta impaciencia alguna de las veces anteriores que lo recorrí. Yo veía torres de adobe seco que inmortalizar y en mis fotos salían después dos ciempiés. Una vez fotografié un reloj. Estaba muerto. Le pregunté por el tiempo a un anciano que lo sujetaba y me miró con desprecio. No hay tiempo en Namibia, me dijo, y vi a un himba reír a carcajadas de mi estupidez. Esta vez decidí no traer la cámara. Fue una decisión sensata. Yo aquí era el guía, las fotos las hacían otros, y no mirar encuadres me permitía vigilar mejor los suyos. Y ahí estaba Isabel. Fotografía el mundo con el alma. Enfoca con la boca, encuadra con las manos, dispara con el estómago. Estábamos sentados en un bar, ya atardeciendo, y escuchaba su voz diciendo “brutal”. Le parecían “brutales” especialmente las fotos de los demás. Disfrutaba viendo instantáneas como una niña desenvuelve regalos. Sabía dejar espacio a los encuadres del resto. No es poco, he visto en viajes convertir la cámara en una trinchera. Isabel es una mujer encantadora, educada, divertida, con la esencia del buen viajero: no molesta a nadie, aunque eso implique que es ella la que se deba molestar. La mayoría de las fotos de este post son suyas.

Acaba el viaje. Escribo esto un 22 de julio de 2025. La ruta acabó el 29 de junio pasado. Han pasado, dicta mi reloj, 23 días, seis madrugadas, seis décadas y 386 nubes de polvo. Hace muchos años, en 2014, escribí que el tiempo en Namibia se medía en nubes de polvo. Y es así. Hoy decidí mandar un audio a Federico, el italiano que vino al viaje. Hasta hace poco vivíamos ambos juntos en Bangkok. Yo me mudé a Nueva York en abril. Le echo de menos a él, a la ciudad, a los cuervos que trepaban gordos y viejos a desayunar junto a mi ventana. Federico es un buen amigo. Vivir une y viajar apuntala, y viajar por un sitio especial como Namibia lo hace aún más. Ahora los dos sabemos que el salitre es pasto de focas, y que allá por donde los elefantes tuertos las ramas son lanzas. Dudé antes de empezar la ruta de cómo encajaría mi amigo italiano entre un grupo de españoles. Encajó como encajan no las nacionalidades, sino los viajeros. El viaje es un lenguaje que Federico habla a la perfección. Se habla con pies y gestos. Se puede atravesar el mundo sin conocer lenguas, pero no sin comunicarte. Regresas a casa y habrás hecho muchas millas y pocos metros. Federico no falla ahí, habla el idioma de los mapas, además de hablar español e inglés. No le hacemos falta nosotros para viajar, pero él si nos hace falta a nosotros para que el viaje salga bien.

Acaba el viaje y apunto los debes nuestros. Tengo varios. Alguna comida de pie, alguna excursión sin mañana, alguna vez que erré sin saber que erraba… Como aquel día que nos perdimos por caminos. Yo buscaba el coche extraviado de Dani y entré primero en un desvió, luego en un sendero, y acabé en un laberinto de roca. Acabamos atravesando cauces de ríos secos sobre un suelo sin reglas. Era la tierra de elefantes y mangostas. Alrededor maleza y árboles, como si nos empujaran. Lo reconozco hoy, dudaba de si había salida, e incluso de si quería salir. No olvidaré nunca, ni olvidaremos ninguno de los que íbamos en ese Toyota Fortuner, ese tramo que no sabría repetir. Pero mi mayor debe es que Ramón Costas, que aquel día me guiaba con la “brújula” de su móvil, no hubiera venido días antes a la visita a Sossusvlei. Un virus se movió por lo coches. Tocó a todos, pero a uno le tocó cuando menos debía hacerlo. Se levantó con alta fiebre, jodido, y se quedó en la cama mientras el resto disfrutaban de esa mentira que es un desierto de altas nubes rojas. Yo creo que yo a Ramón le enfermo. Le pasó lo mismo en 2014, en un viaje que también guié por Botsuana y Zimbabue junto al otro Ramón y Luis. Y ahí ves a las personas. Los hay que ante la adversidad se rinden, se derrotan. Ramón aguanta, porque él viaja por saciar su curiosidad, no su teléfono. Hace mil preguntas, quiere saber, no se conforma con las fotos, necesita entenderlas. Y a mí me gusta esa parte intelectual del viaje, la de la persona que pretende conocer el lugar donde va, y esa testarudez de un tipo empeñado a seguir viniendo a mis rutas pese a que soy como una especie de virus para él.

Acaba el viaje y pienso que haremos más rutas en 2026. Iremos a Mozambique y México, y repetiremos en Namibia, al menos. Ayer me levanté y me puse a organizar Mozambique. Viví allí, me casé allí, eso no es un país para mí, es mi vida entre postales. En ese chat de Whatsapp que aún no calla veo que Mar, la gallega, envío una foto bella de Vilanculos, costa mozambiqueña. Estuvo allí viajando en 2011. No vendrá a la ruta de 2026 porque ya se hizo entero el país entonces. La echaremos de menos. Mar es de esas personas que deja ausencia. Hace más ruido cuando se va que cuando llega. Es dura como la piedra pómez y blanda como una esponja. O eso me pareció a mí. Me gustaba su idealismo sin buenismo impostado. En estas rutas en el coche se pasan muchas horas, y es bueno contar con buenos conversadores. A Mar le gustaba además caminar. A ella le sobraban algo las ruedas y le faltaban suelas. Quería brincarse el mundo, caminarlo. Mar pide caña. Y eso motiva. Nosotros descendimos y trepamos, frenamos y aceleramos, y el gps de mi teléfono asegura que vimos un país de hierba ocre, altas dunas curvas y rocas huecas. Y ella siempre estaba ahí.

Acaba el viaje y pienso en que mi gran desafío fue el sueño. Yo compartía cuarto con Dani, mi compañero guía, y me costaba dormir algunas noches con su garganta emitiendo ruidos. Ese es uno de los desafíos de una ruta como esta en la que las habitaciones son de dos. En mi caso, tengo un sueño demasiado frágil, herencia de mi madre, que me deja noches en vela a la intemperie de estrofas y alacranes. Y entonces veía llegar a la mañana siguiente a Ramón Poza, acomodarse al final del coche, y desmayarse sin importunarle las sacudidas de los socavones de la carretera, el calor, o las conversaciones agitadas del vehículo. Dormía como si le apagaran con un interruptor. Joder, me daba una envidia insana. Y entendí que Ramón se acomoda el mundo a su antojo. No hay épica, ni selfies, ni el ego desmedido de ese viajero que viaja para que hablen de sus hazañas los otros, ni quiere que le escuchen para presumir cicatrices. Y a mí me cae bien su franqueza, pese a que él nos trajo el virus de España a los coches, y dudé de si sacrificarlo, por contagioso, dejando que se lo comieran unos leones. Y cuando meditaba de si lo dejaría cerca del campamento de Nossob o de Mata Mata, en el Kgalagadi sudafricano, me di cuenta de que no venía en el coche, que se quedó con sus toses durmiendo en el bungalow, y sentí unos celos malsanos. Se necesita un Poza en la ruta para dar espacio, para no acaparar versos, y para sentarse atrás y dejar que delante vayan otros. Generosidad.

Acaba el viaje. Lo primero que hice al llegar a España fue irme a comer unas anchoas, unos calamares y una ración de buen jamón. La comida en Namibia es siempre un reto. No se suele comer muy bien allí, y sin embargo en este viaje hemos tenido alguna pitanza memorable. Se pasa a veces algo de hambre en un viaje con tanto coche, y se pasa más hambre si viajas con José Luis, Coyote para amigos y cuadrilla. Coyote es un vasco que viaja con su sociedad gastronómica en la mochila. Su cuadrilla entendí que es tan sagrada como en los años que viví en México entendí que es sagrada la Virgen de Guadalupe. Y lo de comer bien entre ellos es un oficio, ni siquiera es un hobby. Pero José Luis es sobre todo un hombre bueno y honesto. Y esos siempre aportan en una larga ruta. Tiene algo de perro pastor. Controla al rebaño y se fija constantemente en las necesidades de los demás. Y yo me fijaba en cómo lo hacía: acompañaba al cansado desacelerando el paso, cedía el sitio en el coche a los dolientes, venía a decirme que aflojara si alguien pensaba que necesitaba reposo… Y yo me lo imagino ahora comiendo en su sociedad de Tolosa y contando que en Namibia le destrozaron un filete de springbook que le sirvieron carbonizado. Y controlando, controlando que todos a su alrededor estén bien.

Acaba el viaje. Hablo con Dani con bastante frecuencia por teléfono. Nos mandamos audios con nuestras horas de desfase con un océano de por medio. Daniel es un amigo con el que he acabado montando una empresa que va de algunas de las cosas que llevamos toda nuestra vida haciendo sin un notario de por medio: viajar, narrar, escribir… Hacemos esto por Iván, Paola, María Luisa…, y desde luego por Daniel y Javier. Somos tenaces y currantes. Nosotros hemos pasado nuestra vida contando la vida de los demás en una pantalla y un papel. Hoy la enseñamos también con un coche. En nuestra madurez nos hartamos algo de cambalaches, de remar contracorriente, y pensamos en convertir una afición en un oficio. Y en eso estamos. Cuarteando mapas, perfilando lecciones de documentales, editando libros…

Salió muy bien el viaje por Namibia me digo desde mi ordenador con vistas al edificio Chrysler en Manhattan. Disfrutamos, disfruté, el viaje con Manuel, Luis, Isabel, Federico, Ramón, Mar, Ramón, José Luis y Daniel. Por eso organizamos viajes, me digo. Intentamos no ser dos guías y ocho clientes. O sí, pero intentamos que eso sea el viaje de diez. Y lo fue. Hay que currarse la ruta antes, y hay que vivirla en el durante para transmitir emociones. Un equipo donde todos aportan, donde todos son parte de dos coches y un mapa. Aprendimos que ese mismo viaje, con otra actitud, otra gente, hubiera quizá sido otro. La ruta es fantástica, conocemos el país muy bien, Namibia es bellísima e interesante, los alojamientos tienen mucho encanto… Disfrutar así parece sencillo, y no hacerlo, créanme, también.
Pongo un punto y seguido a aquel viaje. Namibia, en septiembre de 2026, ya está en marcha. Y Mozambique 2026 en mayo o junio. Y México 2026, en noviembre. Y…
