Llegó el frío de pronto. Fue el pasado martes 11 de noviembre. Me levanté como siempre temprano, sobre las 6.45 de la mañana, y vi tras la ventana caer unos minúsculos copos de nieve. Lo esperaba con temor desde hace semanas. Una amiga nos advirtió que nevaría el fin de semana anterior. No lo hizo. Nevó entonces, justo en esas primeras semanas donde la noche te cae encima como si de pronto se desplomara el ascensor. Se acabó el verano tardío, el que se agarra a octubre y permite pasear con las prendas del armario delgado hasta los primeros estornudos. Empieza ese periodo de Nueva York donde el viento te azota la cara y te cuartea los labios. Llegó el frío, y la ciudad se reconoce. Nueva York es fría, por carácter.
Este es un periodo extraño, el que va desde Halloween a Acción de Gracias, justo antes de las Navidades en celuloide, donde la urbe muta y enseña su esencia. Es divertido pasear por las calles y encontrar tantas gentes que ya a cero grados siguen yendo con sus pantalones cortos y sus calcetines largos. Como si el frío no fuera suficiente para amedrentarlos y, con esa chulería tan neoyorquina, sus habitantes mostraran que las estaciones las marcan ellos con sus piernas al desamparo. Los ves pasar, junto a los que llevan ya las bufandas subidas hasta las cejas, con sus mofletes rojos y hervidos.
El famoso hotel Standard en el High Line ha sido varias veces denunciado porque las mejores vistas las tienen los que están fuera de sus habitaciones
Nueva York se prepara para la embestida del invierno festejando. Halloween tiene algo de carnaval pornográfico en una ciudad adicta al exhibicionismo. Al neoyorquino le importa un carajo que le miren. Muchos apartamentos carecen de cortinas. Mi mujer, hace años, se alojó con dos amigas en un hotel en Nueva York en el que no había telas en las ventanas. Pensaron que el cristal era opaco. Mirando desde la calle de noche, cuando una de ellas estaba dentro, entendieron que no. El famoso hotel Standard en el High Line ha sido varias veces denunciado porque las mejores vistas las tienen los que están fuera de sus habitaciones. Al Public Hotel, en el Lower East Side de Manhattan, le ocurrió lo mismo. A varios de mis vecinos, también.
Central Park es el corazón de Manhattan. O quizá es el corazón de mi Manhattan, por puntualizar, que los órganos de hormigón los tenemos todos en diferentes sitios. Fui el domingo 16 de noviembre a visitarlo. Llevaba semanas sin ir. Me perdí el foliage, cuando los árboles se tiñen de ocres y rojos, y me encontré un otoño ya agonizante, con su pista de hielo llena, y sus árboles perdiendo pelo. Detesto los bosques pelados de ese duro inverno que se me está echando encima sin saber cómo evitarlo. Se acaban las calles y empieza el Nueva York bajo techo, al resguardo.

El metro ha mutado. Ahora empezó a ser refugio. La tropa de mendigos que habita la ciudad tocó arrebato. Disfrutar del frío es un lujo de los ricos, a los pobres el frío les despelleja las manos. Y Nueva York está llena de pobres que ahora se introducen en las entrañas huyendo de las hostias que pega el hielo. Ayer en la estación de la 14St había un tipo tirado en el suelo. Tenía un recipiente de plástico con comida. Sus pantalones estaban rotos, como sus ojos, y él comía unos tallarines chinos sobre un “mantel”. Había colocado un trozo de cartón bajo la bandeja. Comía con las manos. Le miré y me miró con rabia. Y me fui, y le dejé allí solo muriéndose los inviernos que le resista el cuerpo. A mí me molesta el invierno porque me gusta tomar spritz en el balcón, a él porque le cuesta meterse los noodles en la boca con los dedos gélidos.
El frío anuncia también un cambio de paradigma. He de descubrir ya no por vicio sino por necesidad el Nueva York de los adentros. Ayer fui a un teatro muy especial que llevaba tiempo queriendo entrar: el Cherry Lane Theatre. Pasé allí por casualidad en abril y me gustó su aire bohemio y pequeño. Resultó que iba a volver a abrir, tras varios años de reforma, y compramos dos tickets para ver la obra “Weer”. Es el teatro de actividad continuada más antiguo de la urbe fuera de Broadway. Es un viejo edificio de 1817, que en 1924 se convirtió en casa de actores y dramaturgos por el que han pasado artistas de la talla de Scott Fitzgerald, John Dos Pasos, T S. Eliot, Barbara Streisand, Sam Shepard, Bob Dylan, Geraldine Fitzgerald, Samuel Beckett, John Malkovich…
Weer es descarada, hilarante, macarra, irreverente, satírica, mordaz…
Hacía mucho frío fuera, y se estaba muy caliente dentro mientras disfrutábamos de una divertidísima obra que interpreta en solitario la actriz Natalie Palamides sobre una pareja. Weer es descarada, hilarante, macarra, irreverente, satírica, mordaz… Cuando abrieron las puertas de la sala, nos sacudió el aire del norte la cara y corrimos a un local, Bar V, a sentir la casa de las tabernas. La voz es alta, la luz tenue, tienen perchero y un radiador.
A mí lado charlaban en la barra dos neoyorquinos de política. El nuevo alcalde, Zohran Mamdani se convirtió en la esperanza de una izquierda muerta, sin relato, a la que el populismo conservador de Trump le robó las clases sociales y le dejó con la batalla de los pronombres y los geranios. Los demócratas se contentan con haber recuperado la voz, aunque muchos no reconozcan el mensaje. Hablaban de eso ambos, sin llegar a un acuerdo, y yo meditaba que esta es una ciudad rebelde en la que miran llegar el invierno sin necesidad de esperar el verano. Por chulos. No es pose.

Y recordé entonces una anécdota que cuenta la escritora neoyorquina, Franz Lebovitz, a Martin Scorsese en su documental “Supongamos que Nueva York es una ciudad”. La autora, famosa por ser famosa, herencia de Warhol, le cuenta al cineasta: “Un neoyorquino es una persona que se opone a todo lo que promueven los que dirigen Nueva York. En los años 80 querían derribar Lever House y yo estaba en un restaurante sentada con Jerry Robbins cuando vino un tipo para que firmásemos una petición para que no se demoliese. Yo lo hice, él también y cuando se fue el hombre, Jerry me dijo: ‘¿Sabes? Estoy casi seguro de que hace años firmé una petición para que no construyeran Lever House‘. Para mí esa es la historia de la Nueva York”.
El sábado 15 de noviembre pasé por Washington Square. Un tipo despotricaba contra Trump. Otro escribía poemas a los transeúntes en una máquina de escribir. Un vagabundo daba alaridos y lloraba, entre risas forzadas, tirado en el suelo. Un grupo de personas vestidos todos con atuendos estrafalarios se habían juntado en unos bancos y charlaban acaloradamente. Y un pianista tocaba música mientras una pareja mayor bailaba frente a él. Y tuve la convicción de que esa escena podría repetirse aunque estuviera nevando.
Llegó el inicio del frío a Nueva York, pero el invierno aún no ha llegado.
