El viaje
Recorrer el centro histórico de Palma es adentrarse en el alma de la ciudad, asomarse a sus patios señoriales de sombras detenidas, sorprenderse con las hechuras de su imponente catedral, pasear por calles intrincadas que siempre parecen volver sobre sí mismas, como esos remordimientos que zarandean las conciencias. Adentrarse en el casco antiguo es reencontrarse con olvidadas lecturas medievales, husmear en los vestigios de la Medina Mayurca árabe, sumergirse en el viejo barrio judío; perderse, en definitiva, entre piedras llenas de historia que invitan a seguir caminando.
Normalmente es el visitante el que elige la ciudad, el cómo, el dónde, el cuándo. En ocasiones excepcionales, sin embargo, la ciudad es la que te señala, la que te abre su corazón inopinadamente, cuando ni siquiera tienes tiempo para deleitarte con sus secretos, cuando quisieras perderte por sus rincones, pero no puedes. Pero cuando el viajero escucha esa llamada, nada puede detenerlo, ni los horarios estrictos de una larga jornada de trabajo ni cualquier impedimento que se ponga por delante. Me sucedió hace unos años en Jerusalén, cuando me sorprendí saliendo del hotel de madrugada en dirección al Muro de las Lamentaciones. Me volvió a ocurrir hace unas semanas en Palma de Mallorca, cuando recorrí su ciudad vieja con el alba un domingo cualquiera, una apresurada visita que no mengua un ápice mi admiración por todo lo que vi.
Son calles que miran al mar, que parecen embrujadas por el hechizo del Mediterráneo, a un paso de la Lonja
Calle abajo por el Passeig del Born, Palma se despereza con parsimonia dominical. La avenida está desierta, aseada y en perfecto estado de revista. Una indigente se lava junto a la Fuente de las Tortugas mientras, un poco más abajo, una manguera refresca el asfalto. A espaldas del paseo se desparrama una maraña de calles de raigambre medieval con rincones tan especiales como el carrer de la mar, a un paso de la colorida Plaça de la Reina, y su arco apuntado. Son calles que miran al mar, que parecen embrujadas por el hechizo del Mediterráneo, a un paso de la Lonja, que da nombre a una plaza que se asoma ya al puerto marítimo.
Al final del paseo vigilan al caminante dos esfinges enfrentadas, popularmente conocidas como “las leonas”. Pero la mirada se eleva indefectiblemente hacia el rosetón de la catedral, que pasa por ser el más grande de Europa, bañado ahora por los primeros rayos de sol. Entre el mar y La Seu, la llamada del Mediterráneo es más intensa. Busco la primera luz del día en la puerta del mirador, en las hileras de contrafuertes que desafían al Mare Nostrum, que antiguamente alcanzaba con sus aguas las mismas sombras del templo. Era de justicia que ese terreno tomado prestado al mar fuese bautizado como Parc de la Mar. Desde aquí lucen majestuosos la catedral y su vecino Palacio de la Almudaina, la antigua residencia de los reyes de Mallorca.
La estampa de la catedral es mágica. Es un templo de piedras encendidas, exultante en el esplendor del nuevo día, una de esas postales que uno recuerda durante años
Los muros de piedra de La Seu adoptan tonos cobrizos que espejean en la laguna artificial que se interpone entre sus muchos siglos de historia y los muchos más del Mediterráneo. Es un duelo de titanes que, a estas horas de la mañana, firman tablas. La estampa de la catedral es mágica. Es un templo de piedras encendidas, exultante en el esplendor del nuevo día, una de esas postales que uno recuerda durante años. El silencio de pescadores y ciclistas ocasionales hacen el momento aún más especial (la cercanía de la autovía del levante es el único elemento perturbador, pero afortunadamente ni siquiera los coches madrugan los domingos).
Volviendo sobre mis pasos, me detengo un rato en el Huerto del Rey, los jardines de La Almudaina, Definirlo como un remanso de paz en una ciudad que es, a hora tan temprana, un oasis de tranquilidad sería, además de un topicazo, demasiado redundante. Junto al estanque de murmullos árabes, un descubrimiento: un pequeño pozo en el que se mira un torreón del Palacio de la Almudaina. Un poco más adelante, saliendo de los jardines, una sucesión de escalones (Costa de la Seu) anticipan la irrupción del pórtico de la catedral, frente al que el viajero sólo echa de menos un poco más de perspectiva para admirarlo como se merece.
En el barrio judío medieval las callejuelas parece que se estrechan aún más, quizá como expresión de dolor por la expulsión de sus antiguos moradores
Las calles de La Ciutat siguen desiertas mientras los barrenderos terminan su trabajo. A espaldas del templo, la calle Palau Reial me lleva, entre casas señoriales y patios de exposición, hasta la de la Almudaina, donde un arco marca el lugar en el que estaba situada la alcazaba musulmana y, mucho antes, una de las puertas de la muralla romana. Es un rincón con mucho encanto que guía nuestros pasos bien hacia los baños árabes, bien en dirección al Call Major, el barrio judío medieval, donde las callejuelas parece que se estrechan aún más, quizá como expresión de dolor por la expulsión de sus antiguos moradores (o su conversión forzosa, que viene a ser lo mismo: cuando alguien es obligado a ser otro, deja de ser uno mismo) en el siglo XV.
Conviene abandonarse al instinto, y guardar el callejero en el bolsillo, para disfrutar de verdad de este singular enclave histórico. Quizá terminemos en los pórticos de la Plaça Major, donde la Inquisición sentó sus reales en la temida Casa Negra, en la Plaça del Mercat o de nuevo admirando el mar en el mirador que nace del Palacio Episcopal, con la bahía de Palma a nuestros pies y el castell de Bellver allá a lo lejos. En cualquier caso, seguro que habrá merecido la pena. Sobre todo, si decidimos madrugar para escuchar nuestros pasos, y nuestras dudas, entre estas calles rebosantes de historia y de magia.
A mesa puesta
–Casa Jacinto (Camí Tranvia, 37) es todo un clásico en Palma. El inconveniente es que hay que llegar en taxi, porque está algo alejado del centro. Todo lo demás son ventajas. No perderse el “tumbet” y la parrillada de carne. La relación calidad-precio es buena.
-Para el que prefiera el centro, las opciones son muy variadas. Si preferimos una cena informal el Wineing (La tapa del vino), en Apuntadores, 24, es un sitio original que ofrece una buena selección de vinos nacionales e internacionales que el cliente se sirve al gusto (cata, copa pequeña o grande) cargando cada consumición en una tarjeta. Para picar, la inevitable sobrasada con miel y las pitas (la de queso de cabra está deliciosa). La cena sale a unos 20 euros por cabeza.
-Una debilidad: el Forn de Sant Joan (Sant Joan, 4), en la Lonja. La carta no es barata, pero entre semana tiene un menú estupendo por 15 euros. La presentación es excelente. No os vayáis sin probar la lubina.
-Otro histórico de la cocina mallorquina, con más de medio siglo a sus espaldas, es el Celler Sa Premsa (plaza Obispo Berenguer de Palou, popularmente conocida como “plaza de los patines”). Ambiente muy familiar y decoración rústica. El conejo a la plancha justifica por sí solo la visita. Menús muy económicos (11,50 euros) y con gran variedad de platos.
Las mejores ensaimadas
-En Palma hay pocas probabilidades de equivocarse comprando ensaimadas. Si no quieres comprarla en el hotel (con el consiguiente recargo en el precio) o en el aeropuerto, el Antiguo Forn d´es Recó (Salas, 4), a espaldas del Passeig del Born, las hace exquisitas. Además, se pueden comprar envasadas al vacío (aguantan tres días sin resentirse la calidad).







