Masai: el mito desvanecido por el turismo

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Viajé a África por primera vez en 2004 con la obligada ración de mitos a cuestas. Entre ellos no era el menor la fascinación que sentía por el pueblo masai, la belicosa tribu que había mantenido a raya al hombre blanco en las sabanas orientales del continente hasta finales del siglo XIX. Su ferocidad era legendaria y ni siquiera el implacable Stanley se atrevió a atravesar sus dominios cuando la Royal Geographical Society le propuso encabezar una expedición desde Mombasa al lago Victoria para inspeccionar sobre el terreno las posibilidades de llevar a la práctica el sueño británico de tender una línea férrea por el corazón oriental de África hasta la región de los grandes lagos. Stanley, fiel a su estilo, reclamó un auténtico ejército para ponerse en marcha. Salía muy caro. Muerto Livingstone, la Royal Geographical Society reparó en Joseph Thomson.

El escocés era la antítesis de Stanley. Nunca se vio como un explorador, sino como un simple vagabundo. Sin pegar un solo tiro, se convertiría en el primer hombre blanco en atravesar el Masailand, una gesta que la posteridad, siempre ingrata con los humildes, le pagó con el más absoluto olvido. En diciembre de 1883 alcanzó por fin las orillas del lago Victoria. No disparó al aire con vehemencia ni se bañó desnudo en sus aguas, sólo se vistió una falda escocesa y bailó en memoria de sus antepasados.

Me pusieron todos los impedimentos posibles, porque no había nadie más interesado en caminar durante dos o tres horas la sabana masai

Por si acaso no regresaba a África (entonces no sabía que resulta imposible no regresar), quería ir al Masai Mara, en Kenia, a toda costa y, en la medida de lo posible, asomarme fugazmente a un poblado masai. No se me ocurrió mejor forma de hacerlo que con un safari a pie. Me pusieron todos los impedimentos posibles, porque no había nadie más interesado en caminar durante dos o tres horas la sabana masai. Un ranger armado debía acompañarnos, nos avisaron, para prevenir posibles encontronazos con la fauna salvaje. A Belén no le hacía ninguna gracia el paseo, y menos cuando, a primera hora de la mañana, nos hicieron firmar un documento en el que eximíamos a todo bicho viviente de cualquier responsabilidad ante un accidente (supongo que eso incluía desde una inoportuna torcedura hasta que nos devorase una manada de leones hambrientos).

El primer mito, el de un continente achicharrado permanentemente de norte a sur y de este a oeste, se esfumó bien pronto. Eran las seis y media de la mañana y, en aquella sabana donde cualquier crujido de un arbusto era un sobresalto, hacía un frío de cuidado. El forro polar no sobraba en absoluto. Hemos quedado con el ranger junto a un poblado que luego visitaremos. En su lugar aparecen dos jóvenes masai, Karo y Kurewal, con sus lanzas y sus rojas vestimentas. Cuando comprendemos que el ranger nunca vendrá (una comitiva de dos turistas no anticipa un copioso botín de propinas), el guía troncha una rama con el pie y, esgrimiéndola como arma defensiva, grita: “¡Vámonos! La cara de Belén es todo un poema. Creo que es lo más cerca que he estado nunca del divorcio.

Yo, la verdad, tenía en mente unas credenciales mucho más épicas que un puñado de hierbajos para combatir el estreñimiento

Así, con los dos masai adelantados medio centenar de metros para vigilar el terreno, con el guía escrutando el horizonte con unos prismáticos y el ranger durmiendo la borrachera quién sabe dónde, caminamos entre matorrales y excrementos de elefantes e hipopótamos, escuchando variopintas explicaciones sobre el uso que dan los masai a diferentes plantas medicinales. Yo, la verdad, tenía en mente unas credenciales mucho más épicas que un puñado de hierbajos para combatir el estreñimiento: los jóvenes obligados a matar un león para integrarse en la tribu, los desayunos a base de leche y sangre de vaca que para sí quisiera Panorámix, el druida de Asterix. Al otro lado de una vaguada, una manada de ñus levanta el polvo de la sabana, mientras los masai rastrean huellas y desgranan confidencias.

Nos acercamos de nuevo al poblado tras más de dos horas de caminata. Uno de los masai nos detiene en seco. Ha visto algo entre la maleza, a unos 300 metros. Miro alrededor buscando el lugar más adecuado para salir corriendo. No estoy para heroicidades. De pronto, escucho unas risas. Karo y Kurewal se están partiendo el eje. Lo que se mueve entre los matorrales son los blancos culos de dos turistas acuclilladas en busca de un poco de intimidad antes de visitar el poblado. Hay un grupo más numeroso junto a la empalizada que protege las chozas. Cuando llegamos hasta allí, una decena de guerreros masai están dando saltos, lanza en ristre, para deleite de los visitantes. Algunos se animan a imitarlos con resultados patéticos. Nada es gratis. Cada uno ha tenido que desembolsar al jefe del poblado veinte dólares por la entrada (nosotros también, al cacique no se le escapa una). Me abochorna el espectáculo, quizá porque anticipa la disolución del mito que me ha traído hasta aquí, y me alejo unos metros buscando la compañía de unos niños debajo de una acacia. Su escuela, un barracón, está unos metros más abajo.

Las chancletas de algunas turistas, equipadas con atuendos playeros, se hunden en el lodazal hasta llenar sus dedos de mierda

Entramos en el poblado y un enorme barrizal de excrementos de vaca se interpone entre nosotros y las chozas. Las chancletas de algunas turistas, equipadas con atuendos playeros, se hunden en el lodazal hasta llenar sus dedos de mierda. Aunque parecen más preocupadas de comprobar si su videocámara está grabando, no pueden evitar un gesto de repugnancia, pero no hay otra manera de llegar a las viviendas, construidas también con excrementos amasados con arcilla.

La mayoría de las chozas tienen dos pequeñas estancias y una principal donde se cocina en una fogata. Apenas hay luz, porque sólo unos diminutos ventanucos se abren en las paredes. Hay que caminar encorvado sobre el suelo alfombrado de pieles de cabra. Las moscas se cuentan por decenas y el olor es bastante repulsivo.

Esa imagen adocenada de tan aguerrida tribu me causó cierta desazón

Fuera, dos jóvenes se afanan en encender fuego con varas que frotan sobre la hoja de un cuchillo en busca de la chispa que alumbra la vida. Un poco más allá, las mujeres del poblado han montado un mercadillo de souvenirs. Los masai han sacrificado su intimidad, y quizá el orgullo de su estirpe, al becerro de oro del turimo y, seguramente, no haya nada que reprocharles. Es mucho el dinero que dejan los safaris en el Masai Mara y es justo que una pequeña parte pueda beneficiar a los poblados masai. Al fin y al cabo se trata de su tierra. Pero criterios de equidad al margen, a mí esa imagen adocenada de tan aguerrida tribu me causó cierta desazón, que incluso se acrecentó cuando, por la noche, un grupo de mujeres masai se acercó al hotel para obsequiar a los clientes con sus danzas tribales.

Pero al fin y al cabo, pensé después con la clarividencia que dan unas cuantas Tusker, nada ha cambiado. Thomson pudo adentrarse en el país masai sin recurrir a la violencia gracias a que iba cargado de baratijas que fue pagando como peaje a los caciques locales. Más de un siglo después, nuestras baratijas son los billetes del Tío Sam. Todo lo demás forma parte del espectáculo.

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Comentarios (7)

  • marta

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    No puedo estar más de acuerdo, excepto en lo de la caminata, que la intente hacer, pero un ranger no me dejo andar más que cien metros, es como si estuvieras describiendo mi propia experiencia en un poblado massai, por no decir que mientras estaban intentando hacer fuego con varas a un muchacho massai se le cayo el móvil al suelo, surrealista total, incluso tengo serias dudas de que vivieran en el poblado

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  • ricardo

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    Asi es. En mi caso pusieron todos los impedimentos para que evitarse la caminata y la forma en la que vendían su intimidad me pareció obscena. A mi tambien me dio la impresion de que ni siquiera vivian ahí. Desde luego, a mi me pareció todo surrealista y, mas allá de los mitos (que mitos son, nada mas y nada menos) me apenó, la verdad, dicho con todo el respeto.

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  • La aventura de África

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    Me ha encantado tu relato. Coincido contigo en todo lo que dices. Es una pena que despues de un viaje tan largo acabe uno sintiendo que está más ante una representación teatral que otra cosa.
    Nosotros tuvimos la suerte en Ruaha en el sur de Tanzania, de compartir una noche con los masais que cuidaban de nuestro campamento. Todo fue improvisado y muy natural. Las cosas fueron surgiendo solas y acabamos bailando y cantando con los masais que se animaron a tocar una turutas (ese instrumento tan típico del carnaval), meandose literalmente de risa con nosotros y nuestros inventos. A todo esto, un león rugía cerca del campamento y el dueño miraba a los masais con cara de pocos amigos, porque estos no estaban pendientes de nuestra seguridad. El relato lo tienes en mi web, por si te interesa. Se llama el leon de ruaha y el mzungu masai (no es que quiero hacerme publicidad, es puro interes en compartir experiencias). Por suerte, aun quedan sitios donde conocer a los masais un poco más reales. Un saludo y enhorabuena por tu relato.

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  • Ricardo Coarasa

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    En Tanzania todo es mas caótico pero el resultado siempre termina por ser fascinante. ¡Menudo país! Me ha encantado tu reportaje, y espectacular la foto del león saltando. La verdad es que estas experiencias dejan huella. Hace unos meses, en la frontera de Uganda y el Congo, nos ofrecieron acercarnos a ver a una comunidad de pigmeos. Hasta nos sacaron el folleto. Un vistazo a las fotos y al precio nos bastó para decidirnos a no ir. Nos pareció una pamema (y eso que nos apetecia mucho conocer de cerca una comunidad de pigmeos). Me acordé entonces de los masai (esto era mucho más caro) y no quise repetir el error.

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  • mayte

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    La belleza que se lee en las lineas de mi admirada Karen Blixen, se han quedado en el pasado. La nostalgia de lo que realmente debió ser aquella vida hermosa junto a los masai en el valle del Ngong, los bailes ofrecidos frente a su casa, la pulcritud en el espíritu de los nativos mucho antes de que llegase el turismo y lo contaminase, donde hacía falta aprender el arte de las pausas para comunicarse con seres que hoy viven tan apresurados como los occidentales, cargando teléfonos moviles y siempre en busca de la moneda del turista… como me gustaría poder retroceder 60 años en el tiempo y sobrevolar el paisaje con un Denys Finch Hatton…

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  • ricardo

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    Tuve la oportunidad de visitar la casa de Blixen, en el barrio de Karen (al que ha dado nombre) y me llevo el recuerdo de sentarme en el porche con las colinas de Ngong a lo lejos. Ese momento resultó especial. Blixen convivió, sobre todo, con los kikuyu, la etnia dominante en Kenia durante siglos (pese a no ser la más numerosa). Creo que a muchos nos marco ese libro y esa pelicula, aunque contribuyese tb a difundir un Africa, en cierta medida, estereotipada.

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  • mayte

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    Gracias por tu escrito Ricardo, esteriotipada o no, es el Africa de los espirítus viajeros y nostálgicos, esa Africa salvaje y tierna a la vez de espacios abiertos y parajes impenetrables que tantos buscamos ahora en nuestros viajes. Por suerte a veces lo encontramos, otras no y quizás por eso no paramos de seguir buscando y viajando. Por cierto, en unos días viajo a Marrakech, ya estuve hace 20 años, habrá cambiado mucho, alguien me recomienda algún lugar especial, aparte de la plaza Jemma El f´enna?

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