Viajé a África por primera vez en 2004 con la obligada ración de mitos a cuestas. Entre ellos no era el menor la fascinación que sentía por el pueblo masai, la belicosa tribu que había mantenido a raya al hombre blanco en las sabanas orientales del continente hasta finales del siglo XIX. Su ferocidad era legendaria y ni siquiera el implacable Stanley se atrevió a atravesar sus dominios cuando la Royal Geographical Society le propuso encabezar una expedición desde Mombasa al lago Victoria para inspeccionar sobre el terreno las posibilidades de llevar a la práctica el sueño británico de tender una línea férrea por el corazón oriental de África hasta la región de los grandes lagos. Stanley, fiel a su estilo, reclamó un auténtico ejército para ponerse en marcha. Salía muy caro. Muerto Livingstone, la Royal Geographical Society reparó en Joseph Thomson.
El escocés era la antítesis de Stanley. Nunca se vio como un explorador, sino como un simple vagabundo. Sin pegar un solo tiro, se convertiría en el primer hombre blanco en atravesar el Masailand, una gesta que la posteridad, siempre ingrata con los humildes, le pagó con el más absoluto olvido. En diciembre de 1883 alcanzó por fin las orillas del lago Victoria. No disparó al aire con vehemencia ni se bañó desnudo en sus aguas, sólo se vistió una falda escocesa y bailó en memoria de sus antepasados.
Me pusieron todos los impedimentos posibles, porque no había nadie más interesado en caminar durante dos o tres horas la sabana masai
Por si acaso no regresaba a África (entonces no sabía que resulta imposible no regresar), quería ir al Masai Mara, en Kenia, a toda costa y, en la medida de lo posible, asomarme fugazmente a un poblado masai. No se me ocurrió mejor forma de hacerlo que con un safari a pie. Me pusieron todos los impedimentos posibles, porque no había nadie más interesado en caminar durante dos o tres horas la sabana masai. Un ranger armado debía acompañarnos, nos avisaron, para prevenir posibles encontronazos con la fauna salvaje. A Belén no le hacía ninguna gracia el paseo, y menos cuando, a primera hora de la mañana, nos hicieron firmar un documento en el que eximíamos a todo bicho viviente de cualquier responsabilidad ante un accidente (supongo que eso incluía desde una inoportuna torcedura hasta que nos devorase una manada de leones hambrientos).
El primer mito, el de un continente achicharrado permanentemente de norte a sur y de este a oeste, se esfumó bien pronto. Eran las seis y media de la mañana y, en aquella sabana donde cualquier crujido de un arbusto era un sobresalto, hacía un frío de cuidado. El forro polar no sobraba en absoluto. Hemos quedado con el ranger junto a un poblado que luego visitaremos. En su lugar aparecen dos jóvenes masai, Karo y Kurewal, con sus lanzas y sus rojas vestimentas. Cuando comprendemos que el ranger nunca vendrá (una comitiva de dos turistas no anticipa un copioso botín de propinas), el guía troncha una rama con el pie y, esgrimiéndola como arma defensiva, grita: “¡Vámonos! La cara de Belén es todo un poema. Creo que es lo más cerca que he estado nunca del divorcio.
Yo, la verdad, tenía en mente unas credenciales mucho más épicas que un puñado de hierbajos para combatir el estreñimiento
Así, con los dos masai adelantados medio centenar de metros para vigilar el terreno, con el guía escrutando el horizonte con unos prismáticos y el ranger durmiendo la borrachera quién sabe dónde, caminamos entre matorrales y excrementos de elefantes e hipopótamos, escuchando variopintas explicaciones sobre el uso que dan los masai a diferentes plantas medicinales. Yo, la verdad, tenía en mente unas credenciales mucho más épicas que un puñado de hierbajos para combatir el estreñimiento: los jóvenes obligados a matar un león para integrarse en la tribu, los desayunos a base de leche y sangre de vaca que para sí quisiera Panorámix, el druida de Asterix. Al otro lado de una vaguada, una manada de ñus levanta el polvo de la sabana, mientras los masai rastrean huellas y desgranan confidencias.
Nos acercamos de nuevo al poblado tras más de dos horas de caminata. Uno de los masai nos detiene en seco. Ha visto algo entre la maleza, a unos 300 metros. Miro alrededor buscando el lugar más adecuado para salir corriendo. No estoy para heroicidades. De pronto, escucho unas risas. Karo y Kurewal se están partiendo el eje. Lo que se mueve entre los matorrales son los blancos culos de dos turistas acuclilladas en busca de un poco de intimidad antes de visitar el poblado. Hay un grupo más numeroso junto a la empalizada que protege las chozas. Cuando llegamos hasta allí, una decena de guerreros masai están dando saltos, lanza en ristre, para deleite de los visitantes. Algunos se animan a imitarlos con resultados patéticos. Nada es gratis. Cada uno ha tenido que desembolsar al jefe del poblado veinte dólares por la entrada (nosotros también, al cacique no se le escapa una). Me abochorna el espectáculo, quizá porque anticipa la disolución del mito que me ha traído hasta aquí, y me alejo unos metros buscando la compañía de unos niños debajo de una acacia. Su escuela, un barracón, está unos metros más abajo.
Las chancletas de algunas turistas, equipadas con atuendos playeros, se hunden en el lodazal hasta llenar sus dedos de mierda
Entramos en el poblado y un enorme barrizal de excrementos de vaca se interpone entre nosotros y las chozas. Las chancletas de algunas turistas, equipadas con atuendos playeros, se hunden en el lodazal hasta llenar sus dedos de mierda. Aunque parecen más preocupadas de comprobar si su videocámara está grabando, no pueden evitar un gesto de repugnancia, pero no hay otra manera de llegar a las viviendas, construidas también con excrementos amasados con arcilla.
La mayoría de las chozas tienen dos pequeñas estancias y una principal donde se cocina en una fogata. Apenas hay luz, porque sólo unos diminutos ventanucos se abren en las paredes. Hay que caminar encorvado sobre el suelo alfombrado de pieles de cabra. Las moscas se cuentan por decenas y el olor es bastante repulsivo.
Esa imagen adocenada de tan aguerrida tribu me causó cierta desazón
Fuera, dos jóvenes se afanan en encender fuego con varas que frotan sobre la hoja de un cuchillo en busca de la chispa que alumbra la vida. Un poco más allá, las mujeres del poblado han montado un mercadillo de souvenirs. Los masai han sacrificado su intimidad, y quizá el orgullo de su estirpe, al becerro de oro del turimo y, seguramente, no haya nada que reprocharles. Es mucho el dinero que dejan los safaris en el Masai Mara y es justo que una pequeña parte pueda beneficiar a los poblados masai. Al fin y al cabo se trata de su tierra. Pero criterios de equidad al margen, a mí esa imagen adocenada de tan aguerrida tribu me causó cierta desazón, que incluso se acrecentó cuando, por la noche, un grupo de mujeres masai se acercó al hotel para obsequiar a los clientes con sus danzas tribales.
Pero al fin y al cabo, pensé después con la clarividencia que dan unas cuantas Tusker, nada ha cambiado. Thomson pudo adentrarse en el país masai sin recurrir a la violencia gracias a que iba cargado de baratijas que fue pagando como peaje a los caciques locales. Más de un siglo después, nuestras baratijas son los billetes del Tío Sam. Todo lo demás forma parte del espectáculo.




