París: hombre rico, hombre pobre

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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He estado varias veces en París, esa ciudad a orillas del Sena donde a veces dicen que brilla el sol. La primera llegué desde Portsmouth, donde pasé unos meses destrozando el idioma y bebiendo todas las pintas que pude, tras un largo viaje en ferry y autobús. Antes de regresar a España, decidí acercarme a conocer la ciudad de la luz y regresar de nuevo a las islas, un viaje de varios días donde lo único seguro era que no había nada seguro.

Me acompañaba Luis, un joven madrileño que vivía en Portsmouth desde hacía unos años. Trabajaba en una residencia de ancianos y lo primero que me preguntó cuando nos conocimos era qué tal estaban jugando Juanito y Santillana en el Real Madrid. Los dos llevaban ya varios años retirados.

Llegué por primera vez a París desde Portsmouth tras un largo viaje en ferry y autobús

Nos plantamos en París con las articulaciones a punto de ir a la huelga y sin un lugar para pasar la noche, los bolsillos agujereados y una mochila llena de sandwiches que habíamos preparado minuciosamente en Portsmouth para no tener que comprar comida en cinco días. Éramos lo que ahora se llama un turismo de calidad.

Mi madre me había hablado maravillas de los albergues parisinos. Habían pasado treinta años de su visita a París, pero entonces internet ni siquiera había sido concebido y un consejo de un madre es un consejo de una madre. Caminamos hasta un albergue. Estaba lleno y nos dibujaron, con esa simpatía natural tan parisina, un panorama sombrío. Probablemente no encontráramos plazas libres si no habíamos reservado y, aun en el caso de que las hubiere, deberíamos acreditarnos con el carnet joven. Yo no sabía ni lo que era eso.

El albergue estaba lleno y nos dibujaron, con esa simpatía natural tan parisina, un panorama sombrío

Seguimos caminando la ciudad bajo un cielo plomizo, que entonces imaginaba pasajero. Ya no buscábamos albergues, sino algún hostal barato con una habitación libre. Cerca del barrio latino, creo recordar, nos topamos con el hotel Nuevo Mundo cuando nuestros pies empezaban a fundirse con el cuero de los zapatos. El precio nos pareció razonable y decidimos reservar una noche. La habitación era diminuta, apenas cuatro metros de lado a lado, pero al menos había dos camas.

El alojamiento se había solucionado y dedicamos el resto del día a recorrer la ciudad. Cenamos en un Mc Donalds. Tenían una propaganda con una decena de recorridos a pie por París con unos rudimentarios mapas. Nos la llevamos. Durante los días siguientes los hicimos todos, aunque Luis estuvo a punto varias veces de volverse a Portsmouth con tal de perderme de vista.

Llegamos de madrugada a la habitación y nos encontramos a un tipo durmiendo en una de las camas

Nuestra primera noche en el Nuevo Mundo fue inolvidable. Llegamos de madrugada y al entrar en la habitación nos encontramos a un tipo durmiendo en una de las dos camas. Lo despertamos de malos modos. Era un joven neoyorquino (entonces todos éramos jóvenes) y no parecía muy dispuesto a dejar la cama libre. Él había pagado como nosotros (supongo que a sabiendas de que la habitación era compartida) y nos remitió al recepcionista. No era momento de broncas. Quedaba una cama y dos cuerpos cansados suspirando por ella. Saqué una moneda y lo echamos a suertes. Me salió cara. A Luis le tocó dormir en el suelo.

Al día siguiente el recepcionista tuvo que escuchar toda nuestra sarta de improperios. Ni se inmutó. Con nuestra mochila a cuestas volvimos a la calle, de nuevo sin alojamiento a la vista. Por casualidad nos topamos con una pensión con precios asequibles. Luego lo entendimos todo. En nuestra habitación había seis literas. Compartiríamos sueños con otras diez personas. Echamos una ojeada al baño del pasillo. Estaba limpio. Decidimos quedarnos.

Caminamos París a conciencia con el estómago estucado de rodajas de bimbo

Entre bocadillo y bocadillo, caminamos París a conciencia, manoseando una y otra vez el mapa de itinerarios de Mc Donalds, hasta que casi se me deshacía entre los dedos. Cuando el estómago estaba ya estucado de rodajas de bimbo, hacíamos un alto donde se nos antojaba y después seguíamos ruta. Subimos a la Torre Eiffel a pie hasta que los escalones nos salían por la boca, recorrimos las orillas del Sena una y otra vez, hicimos lo que se espera de cualquier turista en una primera visita a París, pero siempre a pie. Nuestra habitación multicompartida nos parecía un palacio cuando regresábamos por las noches.

De vuelta a Portsmouth, todavía con algún que otro sandwich en la recámara, pensé que nunca volvería a París. Y vaya si lo hice. En los próximos años regresé varias veces, ya desde España, pero entonces de forma radicalmente distinta. Había sido hombre pobre en París y ahora me tocaba ejercer de hombre rico.

Había sido hombre pobre en París y ahora me tocaba ejercer de hombre rico

Invitado por diversos laboratorios médicos a presentaciones de fármacos o a “congresos express”, me vi de repente comiendo en un bistro con encanto; cenando en restaurantes caros de estancias versallescas, altos techos y palabras amables; durmiendo en hoteles con empleados con librea; moviéndome por la ciudad cómodamente en taxi; subiendo en ascensor a la Torre Eiffel; navegando el Sena sin pensar dónde pasar la noche… Noté, incluso, que me sonreían más aunque, a veces, no podía evitar echarme la mano a la espalda buscando el paquete de sandwiches.

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Comentarios (2)

  • juancho

    |

    Jajaja… Gran relato, richi. Muy bueno lo de santillana y juanito!

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  • Elena

    |

    Tu viaje a Paris genial , no sabes lo que me he reido, ese viaje no lo vas a olvidar jamas, es irrepetible ,seguro que Luis no te acompaña.No se a quien te pareces eres un aventurero. Gracias por ser tu madre.

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