Royal Zambezi Lodge: ¿el mejor hotel de mi vida?

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De las noches en una habitación sin agua al encanto de un hotel único. En el Bajo Zambeze disfruté como nunca de la exuberante naturaleza africana.

A las siete de la mañana me esperaba una avioneta de cuatro plazas de la compañía Proflight Zambia para llevarme al Royal Zambezi Lodge. El hotel me lo había recomendado un amigo, Daniel Landa, pelín viajado, que tras dar la vuelta al mundo durante dos años de nada me dijo: “Es el mejor hotel en el que he estado en mi vida”.Desde luego, hay muchos lugares especiales en el mundo, cada uno ha tropezado con los suyos, pero suscribo sus palabras: “Es probable que sea el mejor hotel en el que he estado nunca”.

El piloto me tranquilizó nada más subir a la avioneta y explicarme que la hélice de la derecha no funcionaba demasiado bien. Sólo costó tres minutos arrancarla. Luego, el tipo me preguntó:“¿Estás preparado?”. “Espero que el que esté preparado seas tu”, contesté. Sobrevolamos las inmediaciones de Lusaka y, de repente, apareció una enorme masa de agua a mis pies. Al fondo, una estrecha pista de aterrizaje de arena donde me esperaba un coche. El vuelo fue perfecto, esta vez sin que el oído me jugara una mala pasada.

En una ocasión, saliendo de tomar fotos del jacuzzi, tuve que cambiar la ruta por el pequeño inconveniente de que había un elefante en el camino, dentro del hotel

El Royal Zambezi es un hotel hecho de madera, integrado en el gran caudal. Mi habitación, me habían reservado una de las suite, tenía piscina privada y una cama fuera de dos metros donde he tomado las mejores siestas de mi vida. No hace falta moverse del sitio para ver animales. Junto a la ducha, que también es al aire libre, había excrementos de hipopótamos. Los animales están ahí, en frente, casi se pueden tocar. En una ocasión, saliendo de tomar fotos del jacuzzi, tuve que cambiar la ruta por el pequeño inconveniente de que había un elefante en el camino, dentro del hotel. Vamos, la típica historia de un elefante que no te deja pasar cuando quieres ir a tu habitación. Realmente hay ocasiones en África en las que te tienes que parar un segundo y recordar que no es muy normal lo que ven tus ojos.

Todo el complejo es una explosión de naturaleza, donde te entretienes mirando como pesca un martín pescador o se camufla entre la maleza un varano. Luego, fuera, se visita el Parque del Bajo Zambeze. He hecho ya unos cuantos safaris por estas tierras y este ha sido el que más me ha gustado. Quizá porque no vi ni un solo coche haciendo cola ante el animal de turno. En otros parques llega a haber tráfico, hasta con sus pequeños atascos, por los miles de turistas que se aglomeran frente a las fieras.

Un hipopótamo muerto flotaba en el río, hinchado como un globo, y un león hacía ejercicios de malabarismo sobre él para intentar comérselo

En el Lower Zambeze el paisaje se baña de verde siguiendo el curso de un río que pinta la naturaleza a su antojo. Vi más leones que en ninguno de los parques anteriores y, por diez minutos, no vi una escena única de la que me enseñaron las fotos. Un hipopótamo muerto flotaba en el río, hinchado como un globo, y un león hacía ejercicios de malabarismo sobre él para intentar comérselo. Tras caer dos veces al agua apareció un cocodrilo que intentó atacar al felino, que tuvo que salir huyendo al no estar en su terreno (las fotos me las enseñó Natalie, la manager del Lodge, que se tropezó con una escena irrepetible). Así con los safaris, se puede uno asombrar con todo o literalmente no ver un bicho. Esa es la magia de la real vida salvaje.

Pero además, el lugar cuenta con el brutal encanto del cauce. Hice un paseo en canoa de más de tres horas por un canal del Zambezi que parecía irreal. Por debajo se escurrían los cocodrilos, en las laderas te observaban los leones, en el cielo revoleteaban águilas pescadoras. La vuelta, en barca rápida, me dejó un atardecer teñido de rojo a las espaldas que no quise fotografiar para disfrutarlo, por una vez, con los ojos y no a través de un objetivo.

Fueron tres noches magníficas, que acababan con una copa en mi balcón al agua, en las que tuve conversaciones simpáticas. Allí me esperaba Bryan, un tipo encantador, que estudiaba libros de animales para llegar a ser guía (se cobra más). Además, la mayoría de las salidas las hice con un matrimonio, mayor, de Londres, que desprendía ternura: él la abrazaba en las puestas de sol, la cuidaba para que estuviera a la sombra o la aplaudía cuando pescaba un pequeño barbo en el río. Luego supe que ella tenía cáncer. Todo en el Zambezi Lodge fue sencillamente perfecto, tranquilo, sereno… Todo lo tranquilo y sereno que puede ser un lugar donde saludas elefantes en los pasillos.

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Comentarios (4)

  • todo está ok

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    Muy bueno el artículo, especialmente emocionante el final. Pero me parece que te estás aburguesando un poco. Un abrazo.

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  • javier

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    Quieres decir trabajando, que allí, aunque no lo parezca, fui a currar. Tendrás tu queja de la silla en la que te sientas cada mañana!!! Un abrazo
    P.D. ¿Cómo van mis clases? ¿Vuelvo a ser teacher? Puedo hacerlo en distancia

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  • Gary

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    Amazing hotel. Looks very pleasent. It´s very expensive I suposse, isen´t it?

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  • Juancho

    |

    Javier, me troncho… La típica historia del elefante!!!

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