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Al Himalaya en bicicleta o cómo diluir la autoestima en un nanosegundo

Nos lo encontramos por casualidad en las calles de Lhasa horas antes de poner rumbo al campamento base del Everest. Es Richard, un bombero de Vitoria que viaja solo. Va a hacer nuestra misma ruta, los 1.100 kilómetros que separan la capital del Tibet de Katmandú, pero en bicicleta. De camino, se desviará a saludar a unos amigos al Sishapagma. Hoy me voy a dormir sintiéndome muy pequeño. Hay gente que tiene unos cataplines como ochomiles.

La odisea de ir al baño en Lhasa

A simple vista, lo primero que sorprende es que el kora del Barkhor es, a la vez que recorrido espiritual, una sucesión de tenderetes callejeros, algo así como “la milla de oro” de Lhasa. A unos metros de los peregrinos que desgastan sus rosarios de cuentas, de los monjes que se arrodillan extendiendo sus brazos sobre el suelo desnudo, los comerciantes negocian con los turistas el precio de los souvenirs.

Lhasa: la antigua ciudad prohibida del Tíbet

“Tengo por los más felices que haya vivido nunca los días en que, con mi miserable hatillo al hombro, vagabundeaba por montes y valles en el maravilloso país de las nieves”. A veces, una simple frase es suficiente para cruzarse medio mundo en busca de unos paisajes soñados. El viajero, mientras vuela de Katmandú a Lhasa, la capital del Tíbet, no deja de dar vueltas a esas palabras de Alexandra David-Néel, la primera mujer europea que consiguió entrar en la ciudad prohibida, disfrazada de mendiga, en el ya lejano 1924.
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