Al Himalaya en bicicleta o cómo diluir la autoestima en un nanosegundo

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Nos lo encontramos por casualidad en las calles de Lhasa horas antes de poner rumbo al campamento base del Everest. Es Richard, un bombero de Vitoria que viaja solo. Va a hacer nuestra misma ruta, los 1.100 kilómetros que separan la capital del Tibet de Katmandú, pero en bicicleta. De camino, se desviará a saludar a unos amigos al Sishapagma. Hoy me voy a dormir sintiéndome muy pequeño. Hay gente que tiene unos cataplines como ochomiles.

El zipizape organizado por el Gobierno chino en Lhasa sigue viviendo momentos álgidos. El Potala continúa cerrado y ahora, para mas inri, le han colgado dos espantosas cintas gigantes como si fuese una monumental tarta de la que fuese a salir el mismísimo Mao redivivo en plan “pop-up”. Las calles adyacentes están cortadas al tráfico (todavía un concepto relativo en Lhasa) y hay que moverse andando. Pues eso, que vamos a intentar por segunda vez entrar al Jokhang, atestado de peregrinos que se postran una y otra vez ante sus puertas. En los alrededores, jalonados de puestos ambulantes donde se pueden comprar los mejores souvenirs de la ciudad (banderolas de oración, pergaminos con plegarias en tibetano, molinillos, rosarios budistas, a elegir), unos monjes alargan la mano pidiendo una limosna mientras su compañero habla por el móvil. Es una foto que se escapa, como tantas otras, pero puestos a elegir entre observar la realidad o verla a través de un objetivo siempre he preferido lo primero. La segunda opción puede llegar a resultar obsesiva, hasta el punto de que un mal encuadre o una foto movida puede amargar un día de viaje. Demasiado peaje.

En el interior del Barkhor se respira la misma atmósfera opresiva que en otros lugares de culto del budismo tibetano: la penumbra impregnada del “perfume” a mantequilla rancia de yak, ese animal de las alturas que podría rivalizar con el cerdo en rentabilidad por centímetro cuadrado: se aprovecha todo. Los fieles recorren una a una sus estrechas capillas, donde el visitante toma conciencia de que, pese a su respeto y simpatía por la cultura tibetana, sólo es un cuerpo extraño. La misión es, por tanto, molestar lo menos posible, aunque casi siempre el esfuerzo es baldío.

Unos monjes alargan la mano pidiendo una limosna mientras su compañero habla por el móvil.

Aquí también hay monjes en cuclillas contando billetes. En una sala, varios están viendo por televisión el discurso del presidente chino para conmemorar el aniversario de la incorporación del Tibet a la República Popular. Sí, en el centro espiritual del budismo tibetano hay televisiones y móviles. La globalización también se cuela en las rendijas de la fe.

Una conversación con un vecino de Lhasa cuyo nombre prefiero omitir. Estuvo estudiando ocho años en la India gracias a una beca del Gobierno chino. Ahora, le gustaría irse con su familia a la India, “Eldorado” para muchos tibetanos. Pero es una decisión que no depende de él. Pekín le niega el permiso porque el régimen comunista tiene que rentabilizar su inversión educativa. Está condenado a seguir viviendo en Lhasa, en una vivienda oficial y con un sueldo de 800 yuanes al mes (menos de 90 euros).

De vuelta al hotel, todavía sigo sorprendido por el arrojo del “ironman” sobre ruedas, uno de esos encuentros capaces de diluir tu mermada autoestima aventurera en un nanosegundo.

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