El “Corte Inglés” de la Ciudad Prohibida

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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El alma de una ciudad se agazapa a veces de forma caprichosa. El viajero puede pasar de largo sin reparar en ella y, condenado como está a estancias fugaces, sacar conclusiones equivocadas. Lhasa, es verdad, ha ido adquiriendo a pasos agigantados, desde la irrupción china, hechuras de urbe moderna, pero el alma de la vieja ciudad prohibida del budismo todavía puede percibirse en su barrio tibetano, ése que vive apegado en torno al Jokhang, su estímulo espiritual, la joya del budismo construida en la primera mitad del siglo VII. La opción, pues, está clara. Nada más poner un pie en Lhasa nos dirigimos dando un paseo hacia Barkhor Square, la amplia plaza diseñada por las autoridades chinas en 1985 donde antes se abigarraban decenas de casas tibetanas de piedra y madera. Éste es un barrio de callejuelas laberínticas, donde la carne se amontona en la calle sobre las mesas, de olores que alborotan el estómago y en el que niños desharrapados se abrazan a nuestras piernas, no sé si suplicando limosna o intentando cobrársela por sí mismos.

En cualquier viaje, y según con quién te topes, pasas de aventurero a turista del Inserso, y a la inversa, en función de las vivencias que te cuentan.

Antes de llegar, y para dejar constancia de que el mundo es una caja de cerillas, nos encontramos con un matrimonio de madrileños que viaja con su hija. El intercambio de experiencias es inevitable. Forman parte de un grupo organizado que está terminando un tour por China. Se sorprenden de que viajemos a nuestro aire y de nuestros planes de llegar al campamento base del Everest, en Rongbuk. En cualquier viaje, y según con quién te topes, pasas de aventurero a turista del Inserso, y a la inversa, en función de las vivencias que te cuentan, que no hacen sino lustrar o empequeñecer las tuyas, según.

La plaza de Barkhor está repleta de puestos comerciales, como si esto fuese “El Corte Inglés de Lhasa”. Enfrente de nosotros, el Jokhang se yergue deslumbrante, con el aura intacta de los lugares ungidos por la llama de la espiritualidad. Ahora está cerrado y nos quedamos con las ganas de entrar a visitarlo.

El kora, circuito de oración que circunda a los lugares sagrados del budismo, es un hervidero de peregrinos que susurran sus mantras (el omnipresente “Om Mani Padme Hum”, literalmente: “La Joya que está en el Loto”) y no dejan de mover sus molinillos de oración esparciendo sus plegarias al viento. El viajero que se confunda con la riada de fieles debe tener en cuenta una primera norma sacrosanta: el kora se recorre siempre en el sentido de las agujas del reloj, de izquierda a derecha. No hay nada más chocante que ver al típico turista ensimismado en su guía o absorto en el objetivo de su cámara caminando en sentido contrario bajo la mirada inquisidora de los peregrinos. Como dice el refrán, donde fueres haz lo que vieres, claro que para eso es necesario ver, además de mirar.

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