Las casas encaladas eran amplias. Las puertas estaban decoradas con dibujos de colores. Una anciana daba vueltas a un cilindro enorme, forjado para la oración en la cultura budista tibetana.
La plaza principal, que hace cientos de años servía de posada a viajeros, estaba ahora plagada de discotecas donde la música se estrellaba con nuestras ganas de paz.