Fui en busca de fósiles marinos que sabía se encontraban en medio de los Andes. Eran tres horas de navegación por el Lago Argentino, uno de los más increíbles del mundo. ¿Porqué? Porque parece un calamar, con su cuerpo ovalado apoyado en la desértica estepa patagónica y sus tentáculos internándose en el corazón de los Andes para terminar en fabulosos glaciares.
El barco pasó por la angostura llamada Garganta del Diablo, el portal que marca el ingreso a los fiordos montañosos. Un viento de furia interminable nos recordó el porqué de ese nombre tan poco auspicioso.
La navegación nos llevó por entre enormes témpanos provenientes del glaciar Upsala, uno de los que más sufren el calentamiento global. Pero ese tema lo tocaré más adelante en este blog.
Atracamos. “Bienvenidos a Estancia Cristina”, nos dijeron los guías de este campo que ahora forma parte del Parque Nacional de los Glaciares. Rápidamente me subieron a una camioneta todo terreno para llevarme a ver esos fósiles que hablaban de una época en que esas montañas y campos de hielo eran el fondo del mar hasta que, cien millones de años atrás, el suelo se empezó a levantar, como arrugándose por la lenta deriva del continente sudamericano hacia el oeste.
Parecía como si una catástrofe hubiera sorprendido a estas especies, casi como si se tratara de una Pompeya antediluviana.
Los fósiles estaban ahí frente a mis ojos. Improntas de caracoles y belemnites (parientes antiguos de los calamares). Decenas… Parecía como si una catástrofe hubiera sorprendido a estas especies, casi como si se tratara de una Pompeya antediluviana.
En la estancia había demasiado para ver en un sólo día, así que mi mujer, bióloga, continuó la caminata por el valle de los fósiles mientras a mí me llevaban a conocer el pasado de los pioneros que fundaron la Estancia Cristina; pero antes subí al mirador para tomarme unos minutos admirando los campos de hielo que separan la Argentina de Chile.
Jopseph Percival Masters era un hombre audaz que, a principios del siglo XX, se llevó a su familia desde Inglaterra a la lejana Patagonia para probar suerte. Se instaló en el puerto de Río Gallegos. Las cosas no le fueron bien allí pero, de alguna manera, se enteró de que el Gobierno Argentino daba enormes beneficios a los pioneros que se animaran a poblar, tierra adentro, la recién conquistada Patagonia. No dudó, se llevó a los suyos a un rincón, cercado por montañas, hielos y las aguas del lago; a días de cualquier otro punto habitado. La estancia de 22.000l hectáreas fue bautizada “Cristina”, el nombre de su hija.
La estancia prosperó por los buenos precios que Inglaterra pagaba por la lana patagónica. Con el paso de los años Joseph, su mujer y Cristina murieron. Quedó con vida el hijo varón, Joseph Herbert. Los guías me llevaron a conocer su pertenencia más preciada: la radio. Herbert era radioaficionado y desde su esquina del mundo se contactaba con gente de todos los continentes como los atestiguaban las tarjetas clavadas en la pared. También estaba su colección de revistas inglesas y norteamericanas que eran traídas una vez por año, por el mismo barco que cargaba su preciada producción de lana.
Al capataz le llevó varias horas poder mandar un mensaje de auxilio y así la ayuda de un helicóptero llegó demasiado tarde para salvarle la vida.
Por la tarde, mientras compartíamos un mate alrededor de un fogón, los guías me contaron el final de la historia. Hacia la década del 80, la edad y la lejanía le jugaron una mala pasada al ya anciano Herbert. Sintió un terrible dolor en el pecho, un infarto. Precisaba un médico… el más cercano estaba en el pueblo de Calafate pero nadie en la estancia sabía manejar la radio de Herbert. El, como buen radioaficionado, nunca había dejado que nadie tocara su equipo de comunicaciones. Al capataz le llevó varias horas poder mandar un mensaje de auxilio y así la ayuda de un helicóptero llegó demasiado tarde para salvarle la vida.
Mi mujer ya estaba de vuelta de su larga caminata, la tarde avanzaba, se acercaba la hora de volver a El Calafate… la visita terminaba. Cuando faltaba poco para la despedida, casi al pasar, uno de los guías me mencionó lo del ganado. “¿Cimarrón?”, pregunté yo. En los valles lejanos de la estancia se encuentra ganado, pero no cualquier ganado. La lejanía de todo permitió que, aisladas de cualquier mezcla, sobrevivieran cabezas del antiguo ganado criollo, descendiente directo del primero que llegó al Río de la Plata en tiempos de la colonia. Una foto de esos toros de largos cuernos era algo que yo no me podía perder, pero… “Son más de tres horas de cabalgata”, dijo el guía sentenciando que me perdería esa imagen.
El barco esperaba. Estaba claro que eran demasiadas cosas para un día. Tendré que volver a Estancia Cristina. Para los que sienten nostalgia de los lugares que no han visitado, ahí van las coordenadas de Estancia Cristina, por si desean dar con este paraje de soledad en Google Earth:
> S 49gr 57min 49seg
> O 73gr 7min 37seg
Contacto@GerardoBartolome.com
Gerardo Bartolomé es viajero y escritor. Para conocer más de él y su trabajo ingrese a www.GerardoBartolome.com



