Ávila: murallas legendarias, páginas de piedra

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Desde el Teso del Carmen, el lienzo norte de la muralla de Ávila tiene un aspecto agreste, de praderas de correrías infantiles y senderos de paseos otoñales. Los meticulosos trabajos de restauración han sacado brillo a la piedra, que ahora asoma demasiado esbelta, demasiado perfecta. Frente a semejantes alardes estéticos, siempre me seduce el contrapunto de la imperfección. Por eso esta parte de la muralla es, sin duda, mi preferida. Casi en las antípodas de la popular Puerta del Alcázar, la del Carmen se asoma al río Adaja junto a una presencia mermada: la única pared que continúa en pie del desaparecido convento del Carmen. La espadaña se levanta, solitaria y nostálgica, por encima de la fortificación, como resistiéndose a que la memoria de lo que fue desaparezca del todo. Sus campanas dejaron de tañir hace siglos, pero en esa fachada siguen volteando los ecos de la historia.

Sucede lo mismo con los dos kilómetros y medio de muralla, que dan cuenta de la historia de Ávila incluso anterior a la construcción del perímetro defensivo, que pasa por ser (trabajos de restauración al margen) el único recinto militar cristiano de Europa que se conserva tal y como fue construido. Entre sus muros de mampostería hay restos de una necrópolis romana e incluso vestigios de los anteriores moradores de origen celta, los vetones. Más que una muralla, se trata de un auténtico libro abierto, un libro de páginas de piedra.

Más que una muralla, se trata de un auténtico libro abierto, un libro de páginas de piedra

Desde la Puerta del Carmen (otra ventaja de empezar aquí el recorrido es que resulta más fácil aparcar en la cuesta de la cercana carretera de la ronda vieja), podemos empezar a circunvalar las murallas por el paseo, pasando sucesivamente por las puertas del Mariscal y San Vicente, o callejear en dirección a la catedral y a la contigua Puerta de Carnicerías, en el lienzo este de la fortificación. Esta última elección nos llevará a la Plaza del Mercado Chico, donde los alcabaleros cobraban a los forasteros el tributo por vender sus mercancías dentro del recinto. No hay que olvidar que, pese a que las murallas se levantaron por orden de Alfonso VI tras sucesivas conquistas y reconquistas, también tenía la función de proteger a la ciudad de epidemias y regular la entrada de mercancías.

Junto a la Puerta de Carnicerías se encuentra el centro de visitantes, donde se pueden comprar las entradas para recorrer un tramo del aldarve de la muralla, sintiéndose centinela por unos minutos y disfrutando de unas estupendas panorámicas de la ciudad. Un poco más abajo, tras la ringlera de restaurantes y pastelerías (no olvidar hace una parada para degustar las populares yemas de Santa Teresa), el punto más concurrido de la muralla, la Puerta del Alcázar. Frente a ella, al otro lado de la plaza del Mercado Grande, la iglesia de San Pedro, primera parroquia de Ávila. Y a sólo unos pasos, la escultura de Santa Teresa, como queriendo apaciguar con su misticismo el vaivén mundano de la ciudad.

Caminamos por el peatonal Paseo del Rastro, donde la muralla emerge de la misma roca donde los niños juegan encaramándose a los pedruscos

La muralla custodia sus propias historias. Cuentan que en el siglo XII, ausente la guarnición que defendía Ávila por una escaramuza en el puerto de Menga, fue elegida gobernadora la mujer del alcalde, Jimena Blázquez. Los musulmanes aprovecharon la coyuntura para atacar la ciudad. El auxilio no podía llegar a tiempo y la nueva regidora ordenó a las mujeres que se vistiesen con ropajes de los soldados y se distribuyesen, tea en mano, por las almenas  haciendo sonar las trompetas y prodigándose en alaridos. Las tropas atacantes se lo pensaron mejor y desistieron de asediar la ciudad. Desde entonces, a las abulenses se les permitió participar en los concejos municipales.

Siguiendo en dirección este, con la inconfundible silueta del monasterio de Nuestra Señora de Gracia y, un poco más allá, de la iglesia de Santiago, caminamos por el peatonal Paseo del Rastro, donde la muralla emerge de la misma roca donde los niños juegan encaramándose a los pedruscos como seguramente hicieron sus padres y los padres de sus padres. La empalizada de piedra demuestra en este tramo su perfecta simbiosis con el terreno. Aquí no es tan alta. No lo necesita, al beneficiarse de la escarpadura. Al final del paseo, donde se celebra un mercadillo semanal, se encontraba el antiguo matadero, desde donde se cargaba la carne para distribuirla en la Puerta de Carnicerías. El viajero puede imaginarse el esfuerzo de los mozos, costillares a la espalda, acarreando la carne cuesta arriba con la muralla como mudo testigo.

Al otro lado del río se encuentra uno de los privilegiados miradores de la ciudad, el de los cuatro postes, antiguo humilladero

Llegados a la Puerta del Rastro, acérquese al mirador y a los jardines situados enfrente para reposar la caminata antes de, paseo abajo, alcanzar la Puerta de Santa Teresa, donde se encuentra el convento de la universal mística, de visita ineludible. De nuevo extramuros, se recorre el lienzo sur de la muralla, donde la Puerta de la Malaventura, por donde fueron expulsados los judíos, es una metáfora sobre la España de la época.

El sendero desciende ahora de forma cada vez más pronunciada en dirección al río Aldaja y su puente romano. Un tramo de escaleras acomoda el paso. Ésta es, sin duda, la zona menos concurrida. Al otro lado del río se encuentra uno de los privilegiados miradores de la ciudad, el de los cuatro postes, antiguo humilladero. En Ávila, la devoción y la contemplación van de la mano.

Con la espadaña del convento del Carmen de nuevo a la vista, toca repechar por el teso del Carmen abandonando la comodidad de la acera. A la izquierda, el nuevo Palacio de Congresos parece desafiar, con su moderno diseño, la sobriedad de las murallas, sobre las que ahora se detiene la luz de atardecer. Ávila parece ahora más Ávila de los Caballeros que nunca. Queda pendiente el recorrido nocturno, con la muralla iluminada. En otra ocasión será.

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Comentarios (1)

  • mayte

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    Interesante! produce deseos de ir a pasear entre sus calles, y perderse por sus senderos, escaleras, miradores…

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