Va canviar Bangkok o canviem nosaltres?

Per: Javier Brandoli
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Bajamos del avión. Nueva casa. Hace calor y amenaza lluvia. El monzón es inclemente y coloca ladrillos por nubes en esta época del año. Tomamos un taxi en el aeropuerto y volvemos a la calle Langsuan Road donde vivían nuestros amigos Araya y Andrea. Esa calle fue nuestra morada en los varios días que pasamos aquí en 2014. Nos alojamos aquí siempre con ellos, salvo varias noches de intervalo en el garrafón turístico de los alrededores de Khaosan Road, al entender que nos enseñaban una ciudad más interesante que la de las chanclas, Ipads, prostitutas y alacranes. Él llevaba en Bangkok cuatro años y ella es thai y eso nos abría la puerta a ciertas conversaciones y rutinas incomprensibles para nosotros. Regresamos ahora para comprobar si aquella ciudad de un viaje puede ser la ciudad de un habitante. ¿Puede?

Hemos elegido quedarnos, hasta encontrar apartamento, en el Cape House, un hotel calidad/precio fabuloso. Dejamos las bolsas, tomamos una ducha, y salimos a la calle. Descubrimos que Bangkok es algo distinta. No ha cambiado apenas nada alrededor salvo una nueva zona de bares y restaurantes que levantaron al final de la calle. Todo reconocible, casi igual, y sin embargo algo parece diferente.

Huele fuerte como siempre. A cañerías, humo y aceite. Los mismos puestos de comida callejera y los mismos centros de masajes con final indeciso. Torres altas, callejones estrechos. Todo vibrante, veloç, viure. Europa no tiene esa energía. Tiene otras cosas, buenas y malas, pero en Europa no sientes esa sensación de que todo lo que no es nuevo es viejo. “Esta casa que veremos ahora es vieja”, nos dijo días después una agente inmobiliaria. ¿Cuántos años tiene?, preguntem. “Más de 20”, se excusó. Y nosotros nos reímos recordando nuestra casa de casi 100 años de Roma y su ascensor mínimo de puerta corrediza enrejada que tardaba una eternidad en subir cuatro pisos.

El parque Lumphini sigue ahí, agradable, tropical, con sus tamarindos en apnea

El parque Lumphini sigue ahí, agradable, tropical, con sus tamarindos en apnea. Y el preciso Sky Train sobrevuela la ciudad. Y los grandes centros comerciales están llenos de adolescentes que escuchan tocar a grupos de música con flequillo y luego, eufòric, se atiborran de pasteles japoneses. Y pasamos por el templo hindú de Erawan con sus bailarinas que danzan con el equilibrio de las marionetas mientras bendicen parejas. Allà, i 2015, una bomba mató a 20 personas e hirió a más de cien. Pero no hay nada que recuerde tanto horror porque, sospito, Tailandia cura sus cicatrices aplicando amnesia.

La ciudad sigue creciendo, como hace ocho años, hacia arriba. Hay obras de grandes rascacielos por todas partes. Bangkok es una de esas urbes del planeta que no busca redimirse. Bangkok se trabaja, se sufre, y entonces se disfruta. Nada es fácil pero todo es posible. Bangkok requiere contradecirse todo el rato.

Nos gustan más los supermercados y tiendas de antigüedades que los mercadillos de pulseras y tatuajes. Nos gusta el punto hedónico de sus masajes tradicionales, el ir y venir de barcas en las aguas espesas del río Chao Phraya, sus viejas casas de madera, su comida sabrosa y ligeramente picante, los muebles chinos, lo barato que es divertirse, su vanguardia tecnológica, que sepa igual el pollo del Polo Fried Chicken, sus tradiciones sin imposiciones, su bienvenida constante, la sensació de llibertat, la sensualidad, el respeto, sus gentes tranquilas, cálidas, raras en sus gustos, vestimentasRaras para nosotros, para nuestras ganas de sentir desconcierto en los ojos.

No hay nombres, no hay preguntas. Hay pocas carcajadas en esta parte del mundo

Y nos gusta menos una cierta distancia humana, siempre la he sentido en el sudeste de Asia, en la que la cordialidad y timidez roza la apatía. No hay nombres, no hay preguntas. Hay pocas carcajadas en esta parte del mundo. O al menos las hay menos que en otras partes donde he vivido como el sur de África o México. Y hay pocas aceras anchas y en las que hay se camina junto a miles de vehículos. De vegades, fins i tot, andas por la calzada porque no hay espacio para los peatones. “No lleves bicicleta. Creerán que eres pobre y los coches no te respetarán. Encima tienes el pelo negro y pensarán que eres de aquí y te respetarán menos”, nos dijo Khun, una tailandesa, cuando recién llegados le dijo Francesca que pensaba comprarse quizá una bici eléctrica para ir al trabajo. Y todo eso, lo de no caminar y no pedalear, lo pusimos en la parte del debe. Y nada de eso fue algo que nos preguntamos hace ocho años porque hace ocho años nos importaba un carajo preguntarnos cómo entre tanto calor y coche se iba al trabajo.

Y hay un sexo burdo, poco erótico, en venta a granel, que se simbolizaba en esos vendedores ambulantes que venden consoladores junto a gominolas. Bangkok cruza la línea de lo excesivo en ocasiones y convierte una tapa en una hamburguesa. El tabú es menos tabú en un escaparate.

Hay un sexo burdo, poco erótico, en venta a granel, que se simbolizaba en esos vendedores ambulantes que venden consoladores junto a gominolas

Y hay un atasco perenne. Y gente. Molta. Yo pensé que no me gustaban las grandes ciudades, soñaba con ser uno de esos tipos que eligen vivir en aldeas perdidas e islas desiertas. Son más interesantes esos tipos, pero no soy yo. Al menos hoy, quizá mañana pueda serlo como tantas cosas que soy ahora y nunca imaginé. Me encantó vivir seis meses en Vilankulos, una aldea perdida de Mozambique, pero resulta que me apasionaron los cuatro años de Ciudad de México, y creo que me encantará Bangkok, como me entusiasmó perderme por Tokio, Nova Delhi, Estambul y hasta Los Ángeles. En Bangkok hay 10,8 millones de habitantes con los que compartir las no aceras. Pero eso es extraño porque uno se siente casi siempre cómodamente solo teniendo personas alrededor por todas partes. Así que eso, como tantas cosas, nos parece bueno y malo a la vez.

Y casi todo eso ya lo sabíamos. Porque ya lo intuimos o nos lo contaron en 2014. Vimos todas sus virtudes y defectos, muy evidentes, e hicimos nuestras sumas y restas. Entendimos entonces que quizá este era un buen sitio para poder vivir en el futuro y aquí estamos en el presente. Esta Asia, intuyo sin certeza y con el deseo de equivocarme, no es mi lugar en el mundo, nombre de este blog e inscripción en mi anillo de boda, pero me encanta la idea de poder comprobarlo. No busco lo perfecto ni lo tranquilo, busco lo diverso. Aquí vivimos ahora, apasionados por el reto, con ganas de exprimirlo, felices habitantes entre tantas dudas por resolver. ¿Cambió la ciudad o cambiamos nosotros? Potser no va canviar ningú. Potser només ens vam moure, la ciutat i nosaltres, i confonem estar en un altre lloc amb estar al mateix lloc sent un altre. Ese Bangkok ya no existe y ese Javier tampoco. Existen estos, los de ahora, porque todo lo que no es presente no es.

31 d'agost de 2022. Hace casi un mes que vivo en Bangkok.

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